Las alas del invierno

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Villafáfila - Zamora

La migración de la grulla, un espectáculo natural que alcanza su apogeo mediado el otoño, puede disfrutarse en todo su esplendor en las lagunas zamoranas de Villafáfila

Luis Mario Arce
La migración de la grulla común y, en particular, la de las aves que siguen la ruta europea occidental, que conecta el sur de Escandinavia con Centroeuropa, la península Ibérica y el norte de África, se ha convertido en un gran atractivo turístico. Cientos de personas, aficionadas a las aves o simplemente a la naturaleza, acuden cada año a las paradas migratorias y a las zonas de invernada para presenciar el espectáculo de los bandos que salen o llegan a los dormideros, donde se reúnen miles de ejemplares, y el rico comportamiento social de esta especie, que viaja en familia y que, a finales del invierno, inicia aquí sus vistosas «danzas» de apareamiento (comunes a otras grullas e imitadas en el folkore). Todos los años se organiza en Extremadura el Festival de las grullas, a primeros de diciembre, y en las fechas clave del paso —en torno al 1 de noviembre y en las dos primeras semanas de febrero— la laguna aragonesa de Gallocanta se llena de curiosos.
Las lagunas zamoranas de Villafáfila forman parte de una ruta antiguamente muy concurrida pero hoy caída en desuso, reciben cada vez más visitantes durante la temporada de grullas, entre mediados de octubre y mediados de febrero, atraídos por los bandos de paso y por el pequeño núcleo de invernada que se ha consolidado en ellas, con censos de más de un millar de ejemplares algunas temporadas. Aguardar al ocaso la llegada de las aves al dormidero de la Laguna Salina Grande o esperar, al alba, a que se desperecen –conforme crece su agitación, se hacen más frecuentes sus característicos y evocadores graznidos, audibles a larga distancia– y partan hacia los rastrojos y dehesas donde se alimentan —una actividad que, en las fechas centrales del invierno, obliga a soportar temperaturas bajo cero: de ahí que muchas grullas, cuando alzan el vuelo, recojan las patas, en vez de llevarlas estiradas, como suelen hacer, para evitar que se congele el agua impregnada en ellas—, es una experiencia     muy intensa que no deja indiferente a nadie.
Quien quiera disfrutar de estas aves deberá desplazarse a Villafáfila o visitar los grandes centros grulleros extremeños y aragoneses.
Viaje programado
Las grullas son fieles a sus áreas de invernada, que establecen en su segundo invierno de vida (el primero acompañan a sus padres), y repiten cada año el mismo camino y las mismas paradas, con ligeras variaciones entre los viajes de ida y de vuelta. Sin embargo, las circunstancias ambientales pueden inducir modificaciones en ese esquema; así, en los últimos años se aprecia una tendencia al aumento de la invernada en regiones cada vez más septentrionales, hasta el punto de que el área de distribución en esta época se solapa ya con las zonas de cría más meridionales, en Alemania. Estos cambios, según parece, están determinados por las aves jóvenes, que detienen su viaje más cerca de sus territorios natales, favorecidas por las transformaciones del hábitat y por la suavización de los inviernos, dos factores cuyo efecto combinado ha dado lugar a una disponibilidad de alimento en lugares donde antes no lo había. De este modo, la migración de la grulla se convierte en un indicador de los efectos del cambio climático y de la profunda transformación que las nuevas prácticas agrícolas están induciendo en los campos europeos, de los que dependen esta y otras muchas especies. Las grullas invernantes en Extremadura prefieren las dehesas cultivadas, donde disponen tanto de bellotas de encina –su alimento principal– como de grano, a las naturales, que comparten con el ganado y cuyos recursos parecen ser insuficientes para sostener grandes poblaciones. La formación de nuevas áreas de invernada en España está muy ligada, precisamente, a los cultivos cerealistas. Esta asociación plantea problemas locales con los agricultores, que se reproducen en diversos puntos de Europa y que, en algunos casos, han llevado a establecer medidas compensatorias por los daños e, incluso, puntos artificiales de alimentación, como se ha hecho en Suecia y en Alemania. No obstante, los hábitos de alimentación de las grullas hacen que esos perjuicios sólo se produzcan en las zonas de uso masivo y al final de la estación, pues inicialmente se alimentan de las semillas derramadas durante las labores de siembra y de las que han quedado en la superficie, y solo cuando estas se agotan consumen la simiente enterrada.
Precisamente, la llegada de las grullas a España coincide con la siembra del cereal de invierno, aunque en realidad el movimiento migratorio está sincronizado con el ciclo de maduración de la bellota. Entran en la península por el paso de los Pirineos occidentales, entre Navarra y Aragón, que cruzan rápidamente, en apenas un mes, entre el 20 de octubre y el 10 de noviembre, con días de paso muy intenso en los que se superan las 50.000 aves. Desde ahí se dirigen a la laguna de Gallocanta, entre Zaragoza y Teruel, donde se han contabilizado hasta 62.000 ejemplares. Parte de ellos se establece aquí hasta febrero, mientras que otros siguen viaje hacia las dehesas extremeñas. Una corriente migratoria secundaria se dirige al oeste, hacia Villafáfila, donde se alcanza un pico máximo de paso en noviembre y donde, al igual que en Gallocanta, parte de los migrantes se afinca y otra parte continúa su periplo con rumbo sur. El viaje de retorno, a partir de febrero, elude las lagunas zamoranas y se canaliza en Gallocanta y en el cercano embalse de La Sotonera, en Huesca, donde se han contabilizado hasta 50.000 grullas en esas fechas.
La población de grulla invernante en España es del orden de las 150.000 aves. Más de la mitad se concentra en las dehesas extremeñas y otro 45 por ciento se reparte entre Castilla-La Mancha, Aragón y Andalucía. En estos núcleos, así como en todas las pequeñas zonas de invernada que completan ese mapa, las grullas aparecen asociadas a humedales y otros espacios muy concretos, mientras que en Extremadura se dispersan por todo el territorio. Se trata de aves procedentes principalmente de Suecia, Noruega y Alemania (el 82 por ciento de los individuos anillados vistos en España), y, secundariamente, de Finlandia, Polonia, los países bálticos y el oeste de Rusia. A principios del siglo XX, la mayoría de ellas cruzaba el Estrecho de Gibraltar para invernar en África, pero hace más de medio siglo se mudaron al suroeste de la península Ibérica, probablemente a raíz de la extensión de las prácticas agrícolas en las dehesas. La zona de invernada marroquí acoge hoy sólo a unos cientos de aves. A lo largo de las últimas décadas han ido apareciendo nuevas poblaciones invernantes hacia el este y el noreste, en Gallocanta, en las regiones francesas de Aquitania, Centro, Lorena y Champaña-Ardenas, y en Rhin-Havelluch y Diepholzer, en Alemania, además de pequeños núcleos en Bélgica y Luxemburgo. España sigue siendo su principal refugio, pero si la tendencia continúa la grulla podría acabar por retirarse de nuestro país —donde anidó hasta 1954—, como ya han hecho, por las mismas causas, los ánsares campestres de la tundra y de la taiga.

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