Rutas y excursiones

Paseo por la Chana de Villaveza de Valverde

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Villaveza de Valverde - Zamora
Villaveza de Valverde es una localidad amable y grata, emplazada en la fértil hondonada recorrida por el río Castrón. Las zonas de vega que le pertenecen se benefician de un fecundo [..]

Villaveza de Valverde es una localidad amable y grata, emplazada en la fértil hondonada recorrida por el río Castrón. Las zonas de vega que le pertenecen se benefician de un fecundo regadío, con aguas traídas desde el río Tera, pues el curso fluvial natural carece de caudales en los veranos, justo en el período en los estos son más necesarios. Se origina así una planicie verde y productiva, sembrada de hortalizas y maizales, en la que se basa la riqueza local.<br /><br />
Mas, a ambos lados de esos espacios tan productivos, el término municipal se prolonga por zonas más altas, agrícolas de secano unas y forestales otras, en las que la naturaleza se presenta hosca y bravía. Los pagos situados hacia el norte reciben el nombre de La Chana, conociéndose los del otro lado con la denominación genérica de El Monte. Esta segunda parte ocupa espacios amplios y variados, extendidos a lo largo de cerca de cuatro kilómetros, tangentes con las tierras de Pueblica y de Friera. Hallaremos por allí múltiples sectores parcelados, sembrados o en barbecheras, distinguidos con calificativos diversos. Junto a ellos las áreas boscosas cuentan con encinas grandes y muy viejas, de cierta importancia botánica.<br /><br />
Ante la disyuntiva de trazar un recorrido por alguna de esas dos partes, optamos por atravesar La Chana, casi de parte a parte, pues en ella la masa vegetal se mantiene aparentemente sin alteraciones, sintiéndose la pujanza de la naturaleza en su discurrir vigoroso y libre.<br /><br />
Iniciamos la ruta desde la plaza local, partiendo hacia el norte por la calle en la que está primero el centro médico, la báscula más adelante, y ya casi a las afueras, una pista deportiva. Hemos de atravesar la carretera, esa variante moderna, trazada para sacar la circulación del centro del núcleo urbano. Pocos pasos más allá, tras cruzar un canal, llegamos al puente sobre el río Castrón. El cauce fluvial ha sufrido rectificaciones y drenajes excesivos por lo que se muestra ahora como una zanja rectilínea en la que la vegetación: chopos, sauces y cañaverales, ya va enmascarando su entraña artificial. En los inviernos discurren por allí caudales abundantes, que en tiempos de lluvias excesivas suelen anegar también los espacios ribereños. Por el contrario, en los estíos, cesa la escorrentía natural, sustituida por los sobrantes de los canales, con lo que se ofrece una engañosa apariencia de frescura y abundancia. Aguas arriba, desde aquí oculto a la vista, queda el edificio del viejo molino, inactivo desde hace mucho tiempo. Ahora se reaprovecha como vivienda.<br /><br />
Al otro lado, en plenas tierras de la vega, el camino se bifurca. De las dos direcciones posibles, tomamos la pista de la derecha, la cual fue el itinerario tradicional para acudir hasta Aguilar de Tera. Allí mismo queda un campo de fútbol bien cuidado, con césped verde, cortado con esmero. En sus lindes prosperan vigorosos sauces llorones. Aparte de su uso para eventos deportivos, el lugar es un enclave singularmente grato para el asueto y el descanso.
Hay que avanzar siempre de frente, despreciando los ramales que se presentan a ambas manos. A los lados quedan parcelas fecundas, sembradas de maíz, contiguas a otras en rastrojera o dejadas en barbechos. Alcanzamos ya la base de la cuesta que cierra el valle por el norte. A poco de iniciarse la ladera, cruza por allí otro benéfico canal, cuyas corrientes se deslizan de este a oeste, al revés que la natural escorrentía de la zona. Paralela a la citada acequia se tiende una larga hilera de pinos piñoneros, ya de considerable tamaño. Tras ellos nos enfrentamos al fuerte repecho inmediato. <br /><br />
En ese tramo hay que esquivar las torrenteras que las lluvias han formado al arrastrar la grava que constituye el firme de la pista. Para evitar excesivos desniveles, se excavó una profunda trinchera. Ya arriba del todo, nos introducimos en el espeso mundo forestal que veníamos buscando. Todos los espacios están ocupados por encinas, prosperando además un denso sotobosque de jarales. <br /><br />
El camino vuelve a ser liso y regular, de fácil tránsito. Pronto surge a mano izquierda una travesía marcada con claridad. Buen atajo supone seguirla, abreviando en gran medida el trayecto. Mas, pese a esa tentación de la comodidad, la obviamos para seguir adelante casi otro kilómetro más. Poco antes de que el camino salga del término local, cosa que se aprecia porque empeora su firme y se marcan las primeras curvas, surge, otra vez hacia la izquierda, un segundo ramal, en este caso poco definido, invadido por la hierba. Es por allí por donde vamos a continuar, para lo cual aprovechamos en un principio roderas semiborradas que después se diluyen totalmente.
Quedamos inmersos entre la masa forestal, desorientados por claros generosos, con los suelos tapizados de ásperas herbizas. Casi todos los terrenos son comunales, carentes de lindes definidas. Antaño se traían aquí los rebaños del pueblo y también era intenso el aprovechamiento de leña. Ahora la vegetación crece sin obstáculos, limitada únicamente por los sobrios condicionantes ambientales. En todas direcciones se extiende un encinar de apariencia ilimitada. Innumerables son los ejemplares arbóreos, pero pocos llegan a presentarse corpulentos. De muchas de las ramas cuelgan líquenes blancuzcos con los que se originan estampas de una rara y singular belleza. El silencio absoluto hace palpar la soledad, la cual, dependiendo del estado de ánimo, resulta bálsamo o pesadumbre.
Las sendas terminan por borrarse del todo, por lo que hemos de avanzar campo a través manteniendo una dirección constante hacia el oeste. Los suelos son irregulares, prácticamente invisibles por lo tupido del herbazal. Con ello hay que avanzar con precaución para evitar tropezones y caídas. Resulta larga la caminata y en algún momento surge una sensación inquietante de pérdida y abandono. Todo es elemental. Pálpase el apartamiento de cualquier atisbo de civilización y de artificio. Sólo hay atención para el entorno inmediato, con sombras bajo matas apiñadas y generosos claros por los que el sol desciende a raudales.<br /><br />
Sorpresivamente topamos con un camino transversal bien marcado. Fue el del derrotero tradicional que desde el pueblo comunicaba con Micereces, ahora poco usado al interponerse alambradas algo más al norte. Tenemos que aprovecharlo y virar hacia la izquierda para iniciar el regreso. Resulta un alivio volver a andar por trayecto despejado, por el cual, tras una múltiple encrucijada alcanzamos el reborde del valle. En ese punto el paisaje se abre ante nosotros grandioso y pintoresco. Abajo, las cuadrículas de la fincas se presentan como un tablero multicolor, saltando de los verdes a los ocres, entre espacios de amarillo. Villaveza queda al otro lado, apaciblemente extendido sobre el llano, con su vieja iglesia por detrás, subida sobre un cerro a modo de guardiana y centinela. Atraídos por su estampa, descendemos presurosos y después de un desvío hacia la izquierda y otro hacia la derecha, llegamos al puente sobre el Castrón, por donde pasamos a la ida.<br /><br />
Ya entre las casas, de nuevo en la plaza, resulta reconfortante saciar la sed en el caño que brota desde su centro. Sale de él agua muy fina, tan apreciada que siempre suele haber allí alguna persona y coche para llevársela en garrafas. Dicen las gentes locales que su calidad se debe a ser manantial doblemente santo. En realidad tal venero no es natural, procede de un sondeo realizado hace ya medio siglo. Antes ahí se alzaba una ermita que fue derribada para construir otra más digna unos pocos pasos más allá. Asimismo, el zahorí que indicó donde había que hacer tal perforación fue un sacerdote nacido en la localidad. Por ello la indicada santidad viene dada por surgir de un terreno antaño consagrado y por haber descubierto el acuífero un ministro del Señor. <br /><br />
Si tenemos la oportunidad, conviene que visitemos ese citado oratorio contiguo. Fue construido en el año 1950, según lo indica un cartel en su fachada. Como edificio es un recinto grato y funcional pero está desprovisto de interés arquitectónico. Por contra, en su interior venérase una hermosísima imagen gótica de Cristo en la cruz, probablemente cincelada en el siglo XIV. <br /><br />
Se ha restaurado no hace mucho, habiéndose restituido la mano izquierda y un fragmento del madero que habían cortado y perdido en tiempo indeterminado. Muestra al Salvador con proporciones correctas, ya muerto, con la cabeza ladeada sobre el hombro, las piernas recruzadas y un amplio paño de pureza. El rostro ofrece una noble expresión de serenidad, la aceptación plena del suplicio y de la muerte. En conjunto y en detalles es una de las esculturas de su estilo más notables entre las diversas existentes en la provincia. <br /><br />
El otro edificio religioso del pueblo es la iglesia parroquial, emplazada sobre un cuesto, en una posición dominante. En sus formas actuales, procede de un alzado o reconstrucción total, realizado posiblemente en el siglo XVI. Por el exterior muestra una potente cabecera cuadrada, reforzada en sus esquinas por gruesos contrafuertes. Se completa con una amplia nave y lleva como reclamo una recia espadaña, alzada sobre el muro de poniente. La puerta se abre en la fachada septentrional, al resguardo de un alpende. Si penetramos en el interior quedaremos sorprendidos de la dignidad de su restauración, a sabiendas que durante bastantes años todo el recinto estuvo en un abandono destructor. La techumbre es simple de madera, pero en origen hubieron de proyectar bóveda para el presbiterio.
Unas pequeñas ménsulas esquineras indican el arranque de los supuestos nervios, sobre los que cargarían los plementos. Sus empujes serían contrarrestados con los estribos vistos por fuera. Destaca el retablo principal, barroco, límpido y reluciente en sus dorados. Integra un valioso sagrario, renacentista, con un relieve de la Oración del huerto en la superficie de su puertecilla curva. Adosado al muro lateral del mediodía se halla otro retablo, menor, ahora vacío, donde entronizaron tradicionalmente el Cristo que admiramos en la ya citada ermita de la plaza. Poco se emplea este templo en nuestros días, dada la comodidad de usar el inferior. La rampa es empinada y sus amplias dimensiones hacen muy costoso caldearlo en los inviernos. Aún así aquí se celebran las fiestas locales y las misas de los entierros.  <br /><br />

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