Rutas y excursiones
Visita a los talleres mineros de Pino del Oro
Pino del Oro - Zamora
Distancia desde Zamora: 41 km
Longitud total del trayecto: 10 km
Tiempo aproximado: 3 horas
Dificultad: baja (sendas marcadas con balizas)
Detalles de inter
Sin duda, uno de los itinerarios con mayor aliciente, entre los muchos que se pueden marcar en la provincia, es éste que proponemos. Además, es fácil de realizar y la información cultural que se consigue resulta clara y de singular interés. Por otro lado, no somos nosotros los que lo delimitamos, ya que está definido por el ayuntamiento local, señalizado con balizas de madera que nos permiten avanzar sin riesgo de extravíos. Cuenta su vez con rótulos y carteles que aclaran cualquier interrogante que se pueda presentar.<br /><br />
Antes de iniciar el recorrido es preciso saber que en el término de esta localidad de Pino se explotaron durante los siglos I y II de nuestra era, diversos filones de oro incrustados en masas de cuarzo. Aprovecharon también las arenas procedentes de la descomposición natural de tales depósitos. Para extraer el preciado metal, Lo primero hubieron de realizar fue zanjas y cortas para arrancar la mena del suelo. No se excavaron galerías profundas o al menos no se conservan, todo lo más covachas incipientes. Tras un primer trabajo, ya con el mineral en bloques, lo trituraron sobre los lanchones graníticos que abundan por la zona, reduciéndolo a polvo en unas características cazoletas de las que existen cientos de ellas. En ese estado, por decantación, separaban el metal fino de la ganga, utilizando bateas o en pilas apropiadas.<br /><br />
A lo largo de la ruta iremos conociendo diversos y variados vestigios de esos trabajos ancestrales, los más vistosos e importantes de los numerosos conjuntos que perduran.<br /><br />
Por cualquiera de las direcciones que lleguemos al pueblo, debemos de introducirnos en sus barrios occidentales. Buscamos por allí la Plaza de la Cruz, un grato espacio urbano presidido desde su centro por el recio signo cristiano de piedra que le da nombre. Desde una de sus bocacalles y convenientemente señalizada, parte una pista con un grueso firme de grava que forma la parte inicial del recorrido. Enseguida veremos los hitos de madera, con marcas blancas y amarillas, colocados en sitios estratégicos, que nos van a servir de guía. El primer tramo resulta común y monótono, inmersos bajo la sombra de las encinas y limitados por las paredes de las fincas. Más allá de las casas, ya en pleno campo, existe una nave ganadera, construida con ladrillo, encaramada sobre la cima de un pequeño cuesto.
Bajamos ahora al hondón recorrido por el arroyo de Valdelameda. A las orillas del cauce aparece un cartel que nos orienta sobre el lugar donde se ubican los dos primeros puntos de interés: el Llago las Mozas y el Llago los Bueyes. Para acceder hasta esos enclaves hay que remontar el valle, aguas arriba, varios cientos de metros, atravesar otra pista y subir a media ladera de un significativo cerro. El Llago los Bueyes es una corta, una excavación, de grandes dimensiones, la más extensa de todas las existentes, que se llena de agua en épocas húmedas. Se llama así porque, según afirma una leyenda, en su interior se hundió un carro y la pareja de bueyes que lo conducía. Más en alto, un poco hacia el sur, el Llago las Mozas es una perforación más pequeña pero bastante profunda, una especie de pozo alargado cuyos fondos se mantienen inundados de continuo. También en él hubo una desaparición fabulosa. Un grupo de mozas que bailaban danzas paganas alrededor, fue tragado por las aguas.<br /><br />
Debemos regresar a la pista de donde nos apartamos y por ella recorrer un largo trecho. Muy adelante, una nueva señal marca la dirección del berrueco designado como Peña de la Fuente de la Carrozal. Si deseamos conocerlo nos desviaremos del itinerario principal más de un kilómetro, con el condicionante de tener volver después. Veremos un peñón sobre el que se cree que realizaron artificialmente diversas insculturas con intenciones de reproducir la figura de un reptil. Tras observarlo, nos parece más obra espontánea de la naturaleza, pero, en verdad, sí evoca la figura de una tortuga o lagarto.<br /><br />
Después de retomar la senda principal, llegamos a una zona alta, la de Peña Latalaya. Bien puesto está su nombre, pues desde allí se dominan amplias panorámicas. Abajo queda la hondonada recorrida por el arroyo principal, conocido como de Fuentelarraya, hacia cuyas orillas dirigimos ahora nuestros pasos. El lecho acuático, si está activo, lo podemos cruzar por un largo pontón, recio y hermoso. Tras él, siguiendo las indicaciones, avanzamos ahora hacia el sur, hasta topar con el cartel de Trinchera de los Monticos. Esta nueva mina resulta fácil de localizar pues está protegida por una especie de pabellón o techumbre que asoma por encima de los árboles. La excavación fue horadada en subsuelo rocoso. Al mostrarse ahora limpia de tierra y de vegetación, toda su realidad se aprecia sin enmascaramientos. Cuenta con unos cuatro o cinco metros de profundidad, unos diez de largo y poco más de dos de ancho. <br /><br />
Al otro lado de la pradera, en frente, hacia el este, se localiza otra explotación similar, la trinchera de Peña los Caballos.<br /><br />
Avanzando por la senda trazada por el medio de los pastizales llegamos hasta uno de los lugares más peculiares, la Peña la Sierpe. Veremos, guarecidas por debajo de su masa, diversas cazoletas en las que se machacó el mineral. Otro grupo más extenso y evidente existe por detrás, en un lastrón distante unos pocos pasos. Descubriremos también agujeros redondos, bastante enigmáticos. Se supone sirvieron para fijar hipotéticos postes sobre los que cargó algún tipo de techumbre que protegiera del sol a los trabajadores. No es sólo eso lo que allí existe. La fama del conjunto se debe a una especie de canalillo artificial que se cinceló en la piedra mayor. Dicen que es la representación de una culebra que un pastor fue alimentando con leche y que alcanzó esas descomunales dimensiones. Científicamente tal marca no se sabe para qué fue realizada, aunque bien pudiera servir para que el agua de la lluvia, en vez de resbalar roca abajo, goteara directamente al suelo. Así se libraban de humedades los operarios que allí trabajaban.
Siguiendo camino adelante llegamos a una campa en la que se halla el Llago Mesero, redondo y con agua. En las pedrizas de la izquierda queda el Sepulcro del Moro, angosta perforación donde la fantasía popular afirma que fue enterrado un musulmán con todas sus tesoros. La codicia hizo que desde antiguo acudieran ciertas gentes para intentar apropiarse de las riquezas del supuesto difunto. Si avanzamos más adelante por el camino, en su mismo lecho hallaremos otro enclave con cazoletas.<br /><br />
Hemos de desandar la ruta hasta volver a converger con el arroyo de Fuentelarraya, pero no debemos cruzarlo. Hay que virar hacia la derecha para tomar una trocha que enfila en dirección al pueblo. Abajo divisamos la superficie azul de un pequeño pero atractivo embalse, en el cual se refugia la vida acuática en lo más duro de la aridez estival. Camuflada entre las encinas se halla la trinchera de La Ribera, explotación típica de dimensiones medias, poblada parcialmente por la maleza. No muy lejos, algo más adelante, el sondeo, también llamado de La Ribera, preséntase más pequeño, poco más que el ensanchamiento de una grieta. Resulta ser uno de los más interesantes porque en él se perciben las huellas de los cinceles con los que se cortó y rompió la roca, una especie de canalillos paralelos bien apreciables.<br /><br />
El camino, en el trecho por el que avanzamos ahora, pasa por la umbría de enormes peñas, sombreado además por numerosos árboles. A la izquierda, acomodado sobre unos bolones graníticos se halla un molino bien conservado. En tiempos lluviosos, cuando la rivera recoge abundante escorrentía, las aguas caen en sonoras cascadillas, originándose rincones de una hermosura intensa y salvaje. A la otra mano, aparte de un pilón abrevadero de cemento, queda un corral mucho más vetusto, sin uso desde hace tiempo. Lo forman altas paredes, recias y sólidas, con las que librar a las ovejas del ataque de perros y lobos. Pocos pasos más allá salvamos el lecho acuático del arroyo por un ancho puente, por el que fue posible el tránsito con carros. Su plataforma, en amplia curva, está constituida por losas irregulares que encajan con admirable precisión. En la cuestecilla frontera hallamos la corta y el taller de Carretas. Lo forman diversos grupos de cazoletas, de los cuales uno de ellos es muy extenso. Al lado queda la mina, poco apreciable. <br /><br />
En todos los casos hemos contado con la ayuda de cartelones bien realizados, con una información precisa y sabiamente dosificada. Este último de Carretas indica en una fotografía el cerro del Picón. Es un altozano de cumbre aguda, bien a la vista, situado al suroeste de la localidad actual. Sobre él estuvo asentado el poblado donde residieron aquellas gentes que trabajaban en las explotaciones que hemos visitado. De ese paraje se han recuperado diversas estelas sepulcrales, decoradas con ruedas solares. <br /><br />
Hemos de saber que sólo hemos conocido unas pocas de las explotaciones antiguas localizadas, pues se han contabilizado hasta 52 diferentes. Eso sí bien representativas.<br /><br />
Pese a la satisfacción de lo contemplado, precisamos que no se abarca con ello todo el atractivo local. Viene a la mente el recuerdo del que fuera el Sombrero de Roldán, famosa piedra oscilante que fue derribada por los mozos hace más de un siglo. Realidad actual bien espléndida es el famoso Puente de Requejo o Puente de Pino, admirable obra de ingeniería construida entre los años 1902 y 1906, e inaugurada en el 1914. Está creada enteramente con hierro, siguiendo diseños del ingeniero José Eugenio Ribera. Muestra una admirable estructura, aparentemente frágil, que salva el cauce del Duero con un solo arco, apoyado en piedrones de ambas orillas. Está tendida en uno de los parajes más espectaculares de Los Arribes.<br /><br />
Aguas abajo, en un rincón bravío, a media cuesta entre el río y las rocas superiores, se emplazan las ruinas de la ermita de San Esteban, santuario de orígenes románicos. En sus cercanías estuvo el embarcadero donde fondeaban las barcas para comunicar Sayago con Alba y Aliste. Tales naves en algunos momentos pertenecieron al Conde de Peñaflor.<br /><br />
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