Rutas y excursiones

Tramo de la Vía de la Plata por Villanueva de Campeán

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Villanueva de Campeán - Zamora

Tres son los pueblos situados en esta zona. Por un lado Villanueva y Casaseca, ambos apellidados de Campeán y, más al norte San Marcial. De ellos, es al primero, a Villanueva, donde vamos a acudir en esta ocasión.

El extremo occidental de la Tierra del Vino lo forma el amplio valle drenado por la rivera de Campeán. Es una franja libre, de suelos fértiles y horizontes despejados, que tiene como rebordes, por un lado la cadena de cerros que le separa de las tierras de Corrales y por el otro los espacios boscosos de las dehesas de Sestil, Llamas y Amor, que ya pertenecen a Sayago. Tres son los pueblos situados en esta zona. Por un lado Villanueva y Casaseca, ambos apellidados de Campeán y, más al norte San Marcial. De ellos, es al primero, a Villanueva, donde vamos a acudir en esta ocasión.


Esa localidad elegida preséntase como un remanso de paz, bucólicamente asentada en una zona llana. Para acceder hasta ella, la carretera tradicional llega desde Corrales, pero ahora, por pista asfaltada, se puede acudir también desde Casaseca y desde Cabañas de Sayago. Al aproximarnos por cualquiera de esas tres rutas, desde distancia media el núcleo urbano se nos muestra bien atractivo, formado por edificios de altura uniforme sobre los que asoma con valentía, a modo de atenta centinela, la esbelta espadaña de su iglesia.
Ya dentro de sus calles hallaremos diversas fachadas en las que se mantiene la arquitectura tradicional de la comarca. Una casa hay, en la calle del Señor, que posee una hermosa ventana, enmarcada por complejas molduras que se quiebran en su mitad para rodear estéticas veneras. Está cincelada en una piedra arenisca dorada que es material de obra común en toda la comarca. Otro espacio urbano muy atractivo se sitúa a orillas de la iglesia, al inicio de la calle de la Cruz, con dos inmuebles que destacan. Poseen muros en los que se combinan armónicamente los sillares pétreos, utilizados en las esquinas y rebordes de los vanos, con lienzos de un ladrillo muy rojo y de buena calidad. Uno de los edificios está timbrado con un par de escuetos blasones que parecen colocados modernamente.


Dada su proximidad, preciso es contemplar la iglesia. Apreciaremos que es obra reciente, de arquitectura muy simple. Se alzó en 1981 en sustitución de otra ruinosa anterior. La antigua, que necesitó de reparaciones a lo largo de todos los tiempos, debía de conservar algún sillar románico originario. Una portada tapiada, de archivoltas redondas, así lo parecía. Tras las obras modernas, del monumento tradicional sólo se mantuvo el campanario, muy gallardo, pero tampoco demasiado vetusto, ya que fue alzado en el siglo XIX por José Pérez, utilizando piedra de las canteras de Peñausende. La nave, de rígida planta rectangular, resulta sobria y funcional en exceso. Oportunamente, el intenso cromatismo de las modernas vidrieras consigue generar cierto ambiente espiritual. Un par de bocacalles más allá se abre la Plaza Mayor. Es una generosa explanada acondicionada en gran medida como pista deportiva, dotada de respectivas porterías. A uno de sus lados se sitúa la sede del ayuntamiento.


A modo de imperfecta diagonal, cruza por el propio pueblo la tradicional cañada de La Vizana, la cual se supone que aprovecha la mucho más antigua calzada de la Vía de la Plata. Nosotros en esta ocasión vamos a recorrer un trecho de ese ancestral itinerario. Pero sólo en una parte de la caminata, a la vuelta, ya que al partir iremos presurosos en dirección a las dolientes ruinas del inmediato Convento del Soto, que desde lo alto de un cerro atraen sobremanera por su todavía destacada monumentalidad.
Salimos así por un camino que, en dirección sureste asciende hacia los bien visibles muros del cenobio. Llegamos a él tras recorrer unos pocos centenares de metros. Veremos que los tejados han desaparecido por completo, aunque muchas de las paredes resisten aún firmes. Lo mejor conservado es la iglesia y en ella la atención queda cautivada bien pronto por su hermosa fachada. Muestra suntuosos diseños barrocos, dotados de preciosista ornamentación. Eso sí, siempre dentro de valores contenidos, dotados de una mesura que produce un intenso placer estético. Salientes cornisas dividen los espacios en dos cuerpos, seccionados a su vez en calles, debido a la existencia de pilastras, estriadas unas, o con gruesas guirnaldas vegetales las demás. Abajo, la puerta queda realzada por un marco muy quebrado. Sobre ella, además de la ventana central, ahora tapiada, existen dos espléndidas hornacinas aveneradas que aún guarecen las imágenes de santos originales, eso sí, descabezadas. Como remate álzase un frontón triangular, el cual exhibe, en el medio, un medallón con un relieve de la Inmaculada y, sobre sus vértices, pirámides muy agudas.
A la derecha del templo se alzan las muy destrozadas estancias cenobíticas, que contaron con dos plantas. Muestran diseños austeros, sólo funcionales, con ventanas rectangulares alineadas y alguna puerta. Si acedemos al interior por cualquiera de los boquetes de la tapia circundante, advertiremos que se conserva una de las alas del perdido claustro. Se forma con cuatro arcos de medio punto, apoyados en pilares de sección octogonal. Allá dentro, prospera la maleza por todos los lados, con arbolillos incluidos, cuyas raíces se hincan en escombros y derrumbes, surgiendo de la contemplación un intenso pesar.
Bien evocador resulta este destrozado convento, del que no se sabe mucho de su historia. Su fundación tuvo lugar en el año 1406 y estuvo habitado por terciarios franciscanos. Aprovecharon para asentarse una ermita ya existente, dedicada a Nuestra Señora de la Paz. Su discurrir centenario  pasó sin acontecimientos de relieve, con los frailes dedicados a la vida de oración y disciplina. En el año 1731 la iglesia entró en ruinas y hubo de rehacerse. Por ello años después Manuel Figueroa Moradais, contrató los arcos del crucero, su capilla mayor y, probablemente, la fachada. Con la Desamortización el cenobio hubo de ser abandonado. Tras la subasta consiguiente fue adquirido por fray Sebastián Delgado, antiguo morador, utilizándolo como vivienda. A su muerte lo donó al obispado de Zamora, institución que debió de venderlo de nuevo, pues llegó a nosotros en manos particulares y en doliente ruina.


Continuamos ya con el recorrido. Seguimos adelante por la misma pista que hasta aquí nos trajo. Pronto sale un ramal hacia la derecha que si lo utilizáramos acortaría un tanto el itinerario. Pero optamos por seguir de frente, atravesando entre fincas extensas y uniformes. Nos acercamos al Teso Esculca o de la Culca, cerro de cumbre dominante, poblada de árboles, el más elevado de la zona. Mas no subimos por él, sólo  pasamos cerca de su base. En todo momento hemos de obviar las desviaciones que parten hacia la izquierda. Llegamos así a los confines del término local, los cuales se aprecian con claridad porque la pista concluye en ellos y más allá no se ha realizado la concentración parcelaria. Aprovechamos ahora un viejo y semiperdido carril, en su ramal hacia el oeste. Es éste el tramo más ingrato, pues incluso en algún sector los arados han hollado su lecho. Descendemos así hasta el final de la cuesta. Abajo empalmamos con la supuesta Vía de la Plata, que por aquí se presenta como una humilde vereda. Ese ancestral itinerario fue construido en época romana, para enlazar Mérida con Astorga. Luego, desde la Edad Media, fue reaprovechado como cañada ganadera, la conocida como de La Vizana. El paisaje se anima por estos pagos. Hemos de virar a la derecha para iniciar el retorno hacia el pueblo. Dejamos a la espalda una cinta de árboles, chopos sobre todo, que prosperan junto al cauce de un pequeño arroyo. A los lados existen viejas viñas, de cepas gruesas y retorcidas, muy apreciadas. Estos espacios pertenecen a Corrales, y bien cerca se extiende el término de Cabañas de Sayago. Un gran trecho constituyó la antigua dehesa de Bermillico, parcelada en nuestros días, pero que conserva parte de su cobertura arbórea originaria. Dejamos atrás una pequeña trinchera y más allá volvemos a introducirnos en tierras de Villanueva. Una visible marra de cemento nos lo señala con claridad y poco después insiste confirmarlo un grueso miliario de granito, colocado modernamente, el primero de los tres que hallaremos hasta llegar al casco del pueblo. Los parajes que nos envuelven resultan bien amenos, animados con el verdor de los viñedos, alguno de ellos nuevo, dotado incluso de un observatorio meteorológico.


Tras ascender a un cerro la vistas panorámicas se engrandecen. Se alza allí el segundo miliario, similar al anterior. A distancia media se contempla una panorámica general del convento del Soto y de su entorno. Atrás, ya lejos, se hace presente la localidad de Casaseca de Campeán. Bien a la vista queda Villanueva, al fin de un largo pero poco acusado descenso. Tras dejar a un lado el encinar y un pinar pequeño aún joven, llegamos ya al límite del pueblo. Como bienvenida, al otro lado de la carretera se yergue el tercer miliario de los señalados, enriquecido en este caso con el bordón y la calabaza de los peregrinos, realizados de metal. Al lado mismo, unos carteles anuncian los atractivos básicos del núcleo urbano y del término que le rodea. Las tapias inmediatas encierran el cementerio local, remanso de silencio, sombreado por esbeltos cipreses. Penetramos ya entre las casas y comprobamos que la vieja calzada forma una travesía casi recta, que antaño hubo de ser la calle principal del lugar. En ella se sitúa el bien acondicionado albergue para peregrinos. Y es que estas trochas son cada vez más transitadas por caminantes del sur que o bien se dirigen por aquí hacia Compostela o rememoran el paso de viajeros ancestrales. No hay que olvidar que por aquí ascendieron los terribles ejércitos musulmanes para saquear tierras cristianas y bajaron después las huestes de los reyes de León en su afán de completar la Reconquista.


Tras haber cruzado junto a tanta viña hemos de saber que existen dos modernas e importantes bodegas industriales. Se ubican a las afueras, y para ellas se han construido funcionales y amplias naves, dotadas de todas las complejas y asépticas instalaciones convenientes hoy en día. En ellas se produce un excelente vino, cuya calidad es cada vez más apreciada. Se mantiene así la tradición vinatera que arranca de muy antiguo, bien reflejada en el nombre de la comarca.

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