Rutas y excursiones

Senderos de San Mamés en Santa Eulalia de Rionegro

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Rionegro del Puente - Zamora

Distancia desde Zamora: 80 km, Longitud total del trayecto: 5 km,  Tiempo aproximado: 2 horas, Dificultad: Baja (paseo por el bosque),  Detalles de interés:
Riberas fluviales, enclave histórico, monumentos religiosos, núcleo urbano

Desde la época incierta y primitiva de su repoblación hasta tiempos relativamente recientes esta hermosa localidad de La Carballeda fue conocida con el áspero nombre de Garrapatas. Debido a ello, se producían fuertes contrastes entre tan adusto calificativo con la intensa belleza del propio pueblo y el esplendor del paisaje que le rodea. No fue extraño pues que los vecinos anhelaran secularmente el cambio de denominación, hasta lograrlo alrededor de 1960. Consiguieron imponer el apelativo de la santa titular de su parroquia, la dulce mártir emeritense que desde siempre admiró por su entereza.
Para explicar el por qué de ese antiguo topónimo cuentan una simpática leyenda. En tiempos indeterminados, sin duda lejanos, estaba una mujer limpiando unas patas, acaso de cordero, para prepararlas para la comida. Las lavaba en el río, pero en un momento de descuido la fuerza de la corriente se las arrebató. Ante el temor de perderlas pidió ayuda a un forastero que por allí pasaba. Le gritaba con insistencia diciendo “agarra las patas”, por lo que el transeúnte, socarrón divulgó ese “Agarralaspatas” como nombre del lugar, del que derivó después al Garrapatas histórico.
Ahora, al visitar el lugar vemos que su casco urbano se ubica a orillas del río Negro, con sus edificios mansamente escalonados en una suave cuesta. Hay constancia de que durante varios siglos formó parte de las pertenencias de la Orden Militar de Santiago. Aunque se conservan diversos ejemplos de la arquitectura tradicional heredada, hallamos numerosas viviendas nuevas, con las que se origina un grato ambiente de progreso y bienestar.
Entre las casas existen dos recintos religiosos. Uno es la humilde ermita de San Roque, formada por una sala rectangular a la que se le agrega un soportal ante la entrada. Al carecer de cualquier tipo de campanario, el esquilón cuelga de una de las vigas internas. En su altar se venera una imagen del santo protector frente a la peste, de la que señalan que ciertas gentes de Mombuey intentaron llevársela hasta esa localidad vecina. Mas, no lo consiguieron, la tuvieron que devolver pues al alcanzar el pago de Las Cañadicas la estatua se hizo tan pesada que fueron incapaces de continuar con ella.
La iglesia parroquial se halla en la zona baja del pueblo. Es un monumento grande y sólido, de antiguos orígenes, que ha sufrido obras y ampliaciones a lo largo de los siglos. De los tiempos primeros conserva una portada románica, formada por dos archivoltas de medio punto desprovistas de ornamentos. Por encima se marca la línea de los antiguos canecillos, todos lisos. La espadaña es un recio paredón de penetrante remate angular, taladrado por dos ventanales de los que cuelgan las campanas. Por otro lado, el interior es amplio y luminoso. Su capilla mayor está presidida por un noble retablo barroco que sirve de trono a la figura de la santa titular. Tal estructura se complementa con otros dos retablos colocados en las esquinas. En el uno se venera al Santo Cristo, hermosa escultura del Crucificado, de perfectas proporciones. El otro expone a la Virgen de la Piedad, con el cuerpo inerte de su hijo apoyado en su regazo. Con esas tres estructuras se forma un frontal muy rico y suntuoso.
En contradicción con lo que señalan los libros de Historia, los vecinos defienden con insistencia que Diego de Losada, el conocido fundador de Caracas y conquistador de Venezuela nació aquí y no en el cercano Rionegro del Puente. Señalan además que tal natalicio ocurrió en una casa bien identificada, la cual dicen que poseyó un blasón igual al que existe en el palacio de Rionegro. Concluyen además que tal caballero, antes de embarcarse hacia América, oyó una última misa en la ermita local de San Roque.
Un tercer edificio religioso se halla en el término. En este caso alejado de las casas, solitario en el medio del monte. Es el santuario de San Mamés, hacia el cual vamos a dirigir nuestros pasos, tomándolo como destino de la caminata, pretexto que hasta aquí nos trajo.
Salimos del pueblo por la carretera que se dirige hacia Peque. En contra de nuestra costumbre de evitar el asfalto, aprovechamos tal vía algo menos de un kilómetro, sabiendo que la circulación es escasa, por lo que el tramo del paseo resulta sosegado. Cruzamos el río por el puente, cuyo cauce se disimula entre la densa arboleda ribereña que allí prospera. Iniciamos a continuación un ascenso por las vertientes de la margen izquierda, pero sin llegar hasta arriba. A media cuesta arranca una buena pista hacia el oriente, apta para coches, en la que un letrero anuncia con claridad ese rumbo, hacia San Mamés, que buscamos. Nos adentramos ahora en un monte de robles, abierto de vez en cuando por claros generosos. Resulta muy cómodo el desplazarse por allí ya que el paisaje es ameno y el camino preséntase amplio y bien cuidado. Además no hay riesgo de equívocos ni extravíos, a pesar de toparnos con algún cruce, ya que en todo momento la ruta correcta es la más transitada. Avanzamos en primer lugar por una  zona llana, para ascender después en una breve cuesta, salvada por doble curva.
Comprobamos que estamos ya bien cerca de nuestro destino cuando divisamos un cartelón que así lo anuncia. El santuario aún no se divisa. Hay que proseguir unos pasos más para descubrirlo. Queda a la sombra, semioculto bajo árboles esbeltos en un rincón plácido y muy ameno. El edificio religioso está formado por un largo salón cuyos muros dejan ver huellas de las obras en todos los tiempos. La cabecera es algo más alta, indicando así su preeminencia. A ella le sigue una generosa nave, a cuyos pies se abren dos puertas. La meridional consta de un vano formado por un arco de medio punto limitado con gruesas dovelas. La otra, la del muro de poniente, es más simple, dotada de un dintel cortado en suave curva. Ambas entradas están protegidas por un soportal sujeto en postes de madera. Las cubiertas son todas de teja tradicional matizada por los siglos. Por una mirilla situada en el acceso occidental se divisa precariamente el interior. Lo veremos limpio y cuidado, pero desnudo. Se carece de retablo, sustituido por un pedestal donde se coloca la imagen del santo. Ésta es moderna de escayola, pero concentra cariños y devociones. Resulta frecuente encontrar ramos de flores colocados ante las cancelas, testimonio y homenaje de gentes que se acercan hasta allí para desgranar algunas oraciones. El lugar adquiere momentos plenos de emoción en la romería que se celebra a principios del mes de agosto. Entonces la concurrencia resulta masiva rompiéndose el silencio habitual con la alegre algarabía de la música y un alborozo desbordado. La abundancia de devotos se debe a la gratitud por los milagros que el santo consiente a quién acude a sus pies. Señalan que salvó a los ganados locales de una epidemia de gripe y, aparte, numerosas personas salieron indemnes de accidentes y enfermedades al invocar su ayuda.
El entorno que rodea la ermita es sumamente agradable. Los robles, ya señalamos que muy altos, abrazan y protegen el enclave, aislándolo de cualquier perturbación externa. Un ejemplar arbóreo hay que destaca por su vetustez. No resulta excesivamente grueso, pero posee el tronco hueco, nudoso y retorcido, que denota varios siglos de vida. Ventajosamente colocadas a la sombra existen una decena de mesas con sus respectivos asientos. A la orilla brota una fuente, cuyo manantial se halla recogido dentro de un depósito de cemento, del que surge el agua a través de un sonoro caño. Esa dotación lúdica permite aprovechar el lugar como un plácido merendero, grato en cualquier época del año.
Hemos de saber que este paraje es un antiguo desolado, situado a media distancia entre Santa Eulalia y Valleluengo. Aquí existió una población denominada Palazuelo, que quedó yerma hace ya varios siglos. Cuentan que una peste diezmó a sus habitantes, sobreviviendo solamente dos ancianas. Tales mujeres, desamparadas, fueron a refugiarse a Santa Eulalia, aportando así todo el término a esa localidad, con grave disgusto para los de Valleluengo, que aspiraron también a la posesión de esos terrenos.
Antes de iniciar el regreso conviene llegar hasta un depósito de agua creado a oriente para ser aprovechado en caso de incendios. Desde allí se divisan panorámicas más despejadas, abiertas hacia un vallejo inmediato parcialmente cubierto de pinos de repoblación.
Toca ahora realizar el retorno. No tomaremos la ruta de venida, pues por fortuna existe una bucólica senda que ataja en línea recta hacia el pueblo. Tal vereda resulta sumamente risueña y placentera. Se inicia a pocos pasos de alejarnos de la ermita, pues arranca de una bifurcación que sale a mano izquierda. Una vez en ella no hemos de abandonarla, careciendo de dificultad  ya que está bien marcada entre la vegetación. Pasamos bajo densa fronda, en la que aparecen algunas encinas, para avanzar después por claros tapizados con brezos y escobas e introducirnos de nuevo en la espesura. Tras descender por larga cuesta llegamos a amplias praderas que en nuestros días quedan sin provecho. A continuación penetramos en los sotos ribereños, formados sobre todo por chopos, alisos y sauces. Llegamos al fin al curso principal del río Negro, después de atravesar regueros sólo activos en momentos de crecidas. Para atravesar el cauce existe un puente peatonal de cemento, que es el sustituto de otro tradicional de troncos mucho más precario. Cruzan por debajo corrientes raudas y cristalinas, reverberando las aguas con los rayos del sol que se cuelan entre los árboles. Se producen aquí estampas fluviales de una intensa hermosura, con la certeza, o apariencia, de que todo resulta natural e incontaminado, un gozo inconmensurable para el alma.
Ya en la margen de la derecha se abren amplias campas, presididas por el escenario utilizado por la orquesta en las fiestas locales. Más allá surge el pueblo en sus primeras casas. Si siguiéramos en dirección de la corriente, tras corto tramo llegaríamos al Molino de Abajo, el único molino bien conservado, de los varios que existieron antaño. Es un edificio modesto, muy rústico, pero que origina encuadres de una espléndida belleza. Éste punto o la propia localidad sirven de magnífica meta para esta ocasión.

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