Rutas y excursiones

Bajo la sombra de los castaños de Remesal

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Palacios de Sanabria - Zamora

Cualquier enclave de la comarca sanabresa resulta ser un vergel ameno y admirable. Allí, la combinación perfecta de aguas abundantes, vegetación frondosa y altas montañas transforma  en un verdadero paraíso el lugar más común e insignificante.<

Lo recordamos porque, excepto ríos copiosos o lagos admirables, todo lo posee Remesal. Así es que deambular por los diversos parajes de su término supone un verdadero gozo para el cuerpo y, sobre todo, un poderoso sedante para el alma. Los pesares más profundos o los desasosiegos turbadores menguan de improviso o se diluyen sin esfuerzo.  


Llegar hasta allí es bien fácil. La antigua carretera general de Orense cruza a menos de cien metros de sus casas y una de las salidas de la moderna autovía queda bien a mano. Ya en el pueblo, en la misma entrada, existen amplios espacios en los que se puede aparcar el coche sin problemas.

Desde siempre fue esta una localidad bien comunicada, ya que sus calles sintieron el tránsito de La Brea tradicional, la calzada o vereda que enlazaba Benavente con Puebla de Sanabria y con Galicia. Por ese ancestral camino deambularon rebaños trashumantes vigilados por pastores y mayorales, arrieros conduciendo sus carretas, peregrinos con destino a Compostela y multitud de viajeros de cualquier casta o condición. Como parte de ese trajín, en el año 1506, pasaron por la localidad y en ella se detuvieron dos personajes bien ilustres, cuyo encuentro dejó intensa huella en el devenir posterior de España.

Procedente de Puebla, en cuyo castillo se hospedaba, y acompañado de vistoso séquito, llegó hasta aquí Felipe «el Hermoso». A su vez, desde Villafáfila, en dirección opuesta, acudió su suegro, Fernando «el Católico». El momento histórico era delicado. Acababa de morir la gran reina Isabel y, dada la pretendida incapacidad de la princesa heredera, doña Juana, enferma de locura, estaba en juego la regencia del reino de Castilla. Tanto el esposo como el padre anhelaban el Gobierno, con todo el cúmulo de poder y riquezas que conllevaba. Enfrentáronse las ambiciones y la soberbia, con lo que la reunión fue un lance tumultuoso y no se llegó a acuerdo alguno, regresando ambos personajes por donde habían venido. Al parecer el lugar de la entrevista fue una humilde ermita, que si unos dicen que desapareció, otros afirman que es la que actualmente existe en el centro de la población. Junto a esos dignatarios principales vinieron nobles poderosos y otros influyentes personajes, entre ellos el Cardenal Cisneros. El boato de comitivas tan brillantes hubo de deslumbrar a los lugareños residentes, que entre la curiosidad y el temor no debieron cejar en su asombro.

Para evocar permanentemente aquella entrevista existen dos monumentos contiguos. Uno es una fuente ornamental, con larga inscripción, colocada en el año 2006 para conmemorar el quinto centenario del evento. El otro, más ambicioso, ha sido instalado a pocos pasos hace escaso tiempo. Dispone de dos esculturas de bronce en las que se reproducen los bustos de los protagonistas principales, mirándose con recelo a prudencial distancia. Para completar del todo la remembranza hemos de acudir hasta la cercana ermita e imaginar en ella el marco de aquel trascendental episodio. Pensar en aquellas personalidades encumbradas, tan lejanas ya, en su arrogancia, sus lujos, sus voces y en todo el cortejo que les acompañaba.

Revivido mentalmente aquel notable suceso del pasado, lleno el espíritu del reflujo histórico latente, nos disponemos ya a recorrer el atractivo itinerario que tenemos previsto por el término local. Es una hermosa pero enrevesada ruta circular, en la que dejaremos al pueblo en su centro. Aclaramos su complejidad, no por dificultades considerables, sino porque en ciertos tramos carece de caminos o sendas, en otros están semiborradas, y en todos hay que orientarse más por la intuición que por detalles reconocibles y destacados. El inicio del trayecto se hace por la propia carretera que enlaza con el cercano Ferreros. Mas, abandonamos la vía asfaltada a los pocos metros, saliendo de ella por una calea o rodera que parte hacia la derecha. El punto del desvío se puede identificar por el añoso cerezo que hay en el arcén del un lado y el esbelto nogal del otro. Subimos entre huertos poblados de manzanos, invadidos en gran medida por la maleza. Más o menos en línea recta seguimos junto a una espesa alambrada o tela metálica que encierra una finca algo mayor. Cruzamos después una senda en vertical, tras la que hemos de persistir de frente, para introducirnos aún más entre la espesura de robles y castaños. La ruta que llevamos empalma más arriba con el tradicional camino de Vime, pueblo al que se llega en poco más de un kilómetro. Pero no vamos a acudir allí. Solo continuaremos un tramo más, lo suficiente para iniciar la bajada hacia su valle. Entonces, en el medio de un castañar, nos esforzaremos por descubrir, hacia la izquierda, una especie de zanja semiperdida, tal vez los restos de un canal de riego. Una vez localizada hay que cruzar campo a través hacia el oeste, por el medio de un bosque denso, aunque de fácil transito, ya que la maleza no es opresiva. Hallamos diversas fincas pobladas nuevamente de castaños y aprovechando las roderas de acceso hasta ellas terminamos saliendo, de nuevo, a la carretera, a ser posible junto a una caseta camuflada por la fronda. A ambas orillas de esa calzada principal hallamos un par de señales de prohibido adelantar. Junto a ellas arranca hacia el sur un camino, que vamos a aprovechar, con poco tránsito en nuestros días, limitado por paredes. Allí al lado, a mano izquierda, en una de las fincas hallaremos castaños admirables, de troncos enormes y copas gigantescas. Podemos acudir hasta ellos sin demasiada dificultad aprovechando los portillos derrumbados de las tapias. Retomando la pista, justo al lado, unos metros más abajo toparemos con el árbol más admirable de todos los de aquí, el designado Castaño del Curato. Posee un tronco de diámetro enorme, de casi cuatro metros, hueco, quemado y negro su corazón, del que asciende una fronda aún pujante. Si se contempla en el otoño sorprende la abundancia de fruto que aún proporciona.

Algo más abajo llegaremos junto a las casas más extremas del pueblo por este lado, la mayor parte de ellas abandonadas. En la primera, nos sorprenderá el ingenuo encanto de los motivos ornamentales creados con el mortero que parcialmente alisa la fachada. En una especie de friso o imposta diseñáronse florones y gallos enfrentados. Cruces y nuevas rosetas engalanan los sillares que limitan las ventanas. Pero es dentro del balcón donde aparecen las figuras más curiosas. Aprovecharon piedras apropiadas, que se dejaron sin revocar, para formar la silueta de cabras, perdices, arbustos, platos…, dibujos elementales de un encanto singular. Apena el visible estado de abandono del edificio, ya que es uno de los más atractivos de la arquitectura tradicional de la comarca. Tras acceder a la primera calle cementada, nos dirigimos hacia el oeste para llegar a la última vivienda por ese lado. Detrás hallamos una fuente, con grandes lastras como cubierta, y más allá un húmedo y amplio terreno de pastos, ahora bravío. Descendemos por él todo a lo largo, sorteando con dificultad los frondosos hierbajos, los cuales prosperan intactos al haber desaparecido el ganado que antes los pacía. Al final, tras un largo trecho, el espacio libre se cierra con una pared, tras la que se suceden diversas fincas. Orientados por la hondonada hay que atravesar esas propiedades, abandonadas y baldías. Por todos los lados pujan las arboledas, con fresnos y sauces en los humedales y un espeso e intrincado bosque de robles hacia el oeste.

Al fin desembocamos en un camino principal, en La Brea antes citada. Virando hacia la izquierda retornamos por ella hasta el casco urbano, invisible hasta que llegamos a las primeras casas. Es este un tramo placentero, escoltado otra vez por castaños y sobre todo por robles de considerable envergadura. Al desembocar en una encrucijada, buscamos a la izquierda la plaza de Pedro Valderrábano, en la que se halla la casa en la que nació ese notable científico. Una placa en su fachada así lo evoca. De una de las esquinas arranca la larga pista cementada que, entre huertos con manzanos, comunica con la solitaria iglesia parroquial, y hasta ella vamos a acudir. A media distancia encontramos una de las principales fuentes locales. Su manantial se protege con una recia estructura pétrea, de planta cuadrada y techumbre a doble vertiente. En su frente se lee la fecha de 1921 que ha coincidir con la de la reforma que dio lugar a la obra que contemplamos. Llegados ya a las proximidades del templo, lo vemos asentado en el medio de una amplia campa, rodeado de un anillo de árboles frondosos. Cercados por la naturaleza, contemplamos sin obstáculos disonantes un monumento sencillo pero hermoso. Consta de un gran presbiterio cuadrado unido a una nave más baja y angosta. En la fachada del mediodía se adosan la sacristía y un esbelto pórtico limitado por dos estancias auxiliares. Presidiéndolo todo, sobre el hastial se eleva una esbelta torre, construida en el año 1824. Posee planta cuadrada, con cuatro grandes ventanales para las campanas y un gallardo coronamiento constituido por tambor octogonal y aguda cúpula. Si miramos con detenimiento la flecha de la veleta veremos que sobre ella cabalga un jinete que por su gorro parece ser un soldado francés, un gabacho de los ejércitos invasores que pocos años antes habían causado múltiples tropelías por estas tierras. Quizás por ello reprodujeron su figura aquí, para hacerlo virar, como burla y venganza, hacia el viento que más inclemente.
De regreso, otra vez entre los diversos edificios locales, deambulando entre ellos, comprobaremos que, junto a algunos nuevos y otros  antiguos bien reparados, yacen muchos en ruinas. Apena esa decrepitud, pues el pueblo es sumamente hermoso, un lugar realmente apetecible tanto para el descanso veraniego como para residir en él de continuo.

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