Rutas y excursiones

La gran ciudad de la Maya en Quintanilla del Monte (Tierra de Campos)

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Quintanilla del Monte - Zamora

Distancia desde Zamora: 57 km, Longitud total del trayecto: 9 km, Tiempo, aproximado:  3 horas, Dificultad: Baja (caminos monótonos),  Detalles de interés:
Paraje legendario, panorámicas despejadas, núcleo urbano singular, monument

Nos vamos en esta ocasión al reborde oriental de la provincia, a Quintanilla del Monte, uno de los pueblos más característicos de la Tierra de Campos zamorana. Esta comarca, a pesar del dominio de paisajes sobrios y despejados, colma su grandiosa desnudez con una  intensa emotividad. En todo momento hemos de saber que su verdadero interés queda disimulado a una visión superficial y rutinaria. Por ello, buscaremos los encantos de una historia fecunda y de una enjuta belleza que esperan escondidos entre tanta aparente uniformidad.
El destino elegido, ese Quintanilla del Monte citado, es localidad situada a unos cinco kilómetros al este de Villalpando. Desde esa villa principal la carretera arranca de las proximidades de la monumental Puerta de San Andrés. Tendremos ocasión así de admirar esa antigua entrada al cerco amurallado, una de las edificaciones militares más suntuosas de todas las que existen en nuestras tierras. Después, tras haber recorrido ya más de dos kilómetros, nos sorprenderá a mano derecha un recio paredón que se yergue solitario en el medio de los sembrados. Es el único vestigio que perdura del desolado de Amaldos, aldea que quedó yerma en el siglo XVII. Tal muro formó parte del campanario de su desaparecida iglesia, consagrada al Salvador. Inquieta ahora su precario equilibrio, ya que su base se halla muy corroída, debilitada al haber arrancado piedras de ella. Amenaza que vaya a derrumbarse de un momento a otro, perdiéndose para siempre.
Dada la horizontalidad del terreno, Quintanilla se hace presente ya desde lejos. Percibiremos  una visión confusa del conjunto que se va haciendo más precisa según nos acercamos. Dos inmuebles sobresalen sobre el resto de edificios del núcleo urbano. El uno es el depósito del agua, tan esquemático y funcional que solo posee interés utilitario. Por eso, las preferencias se concentran bien rápido en el otro punto que descuella, el antiguo templo parroquial y hacia él nos dirigimos anhelantes. Al llegar a sus proximidades comprobaremos que, a pesar de su evidente grandeza, su estado actual es el de ruina. Tal realidad es una doliente herida clavada en la sensibilidad de los vecinos, los cuales añoran su riqueza y suntuosidad cuando aún se hallaba íntegro. Un incendio sucedido el 15 de mayo de 1975 provocó la pérdida de su retablo mayor, formado por valiosas pinturas y luego, un intento mal planificado de restauración causó el hundimiento de las techumbres, dejando al monumento malparado y en total abandono. Aunque las cubiertas se hallan desplomadas, los muros resisten sólidos y la espadaña mantiene la arrogancia originaria, alzada sobre la fachada del hastial. Dada la ausencia de canteras de piedra en el término, utilizaron como elementos de obra los cantos que aparecen al arar en ciertos pagos. Tramaron tan precarios materiales con pericia, utilizando gruesas llagas de mortero. Para la portada se reservó una arenisca de mejor calidad, dispuesta en un par de archivoltas apuntadas, con las que se enmarca un arco de acceso de la misma forma. Haciendo de soportes vemos parejas de columnas, rematadas por capiteles decorados con grandes y esquemáticas hojas que se doblan en las puntas. Surgió así una interesante obra gótica, posiblemente del siglo XIV, vestigio de un templo primitivo que debió de ampliarse más tarde hasta conseguir las grandes dimensiones que ahora se aprecian.
Debido al tremendo esfuerzo económico que se precisaba para reparar ese recinto de cultos ancestral, tras el derrumbe se optó por construir una iglesia nueva, ubicada a pocos pasos de la antigua. Surgió así un edificio de ladrillo de líneas modernas, bien resuelto, dotado de una pequeña torre. No hay duda que resulta cómodo y funcional, pero carece del ensueño y la prestancia de su antecesor.
En un rincón bien cercano se ubica un viejo pozo del que antaño se surtieron los vecinos para aprovisionarse de agua. A él acudían las mujeres con cántaros y con herradas, en un ir y venir presuroso que contrasta con la permanente soledad de nuestros días. Lo que ahora se ve es un perfecto brocal de piedra, formado por sillares bien encajados. Al quedar inútil y sin servicio, para evitar accidentes se ha cerrado su boca con una placa de cemento.
Desde las iglesias llegamos, tras pocos pasos, a las proximidades de la laguna de la Cárcaba, zona húmeda que se ubica al norte del casco urbano. Es un espacio cubierto de cañaverales que en origen debió de ser un meandro abandonado del arroyo de Bustillo o Ahogaborricos,  cauce fluvial, afluente del Valderaduey, que drena el término local. Existe constancia documental que allí ocurrió un hecho luctuoso durante la Guerra de la Independencia. Una moza del lugar fue violada por dos soldados del ejército napoleónico. Ante esa afrenta, el hermano de la muchacha, persiguió a los abusadores y con la ayuda de otros hombres consiguió matar a uno de ellos. Advertidos los mandos de militar asesinado, enviaron un destacamento en son de venganza. Amedrentados, los habitantes buscaron escondite donde pudieron, ocultándose muchos de ellos entre los carrizos de la laguna. Allí fueron descubiertos y atacados con sables. Murieron cuatro de ellos e hirieron muchos más.
Al lado de esos espacios acuáticos quedan las campas que antaño fueron aprovechadas como eras. En una de ellas se mantiene en buen estado un chozo de tapial. Es el único conservado de los diversos que existieron. Eran chamizos utilizados para guarecerse mientras trillaban y para guardar los aperos y herramientas. Se les denomina hornos, sin duda por su forma cupular tan característica. Un poco más hacia el oriente se alza un magnífico palomar, ejemplo admirable de ese tipo de construcciones tan peculiares de la comarca. Este de aquí posee planta cuadrada, se cubre con tejadillos escalonados y dispone de cresterías ornamentales. Después de conocer los principales atractivos de la localidad, es preciso realizar un paseo sosegado por sus calles. Veremos así un núcleo urbano bien cuidado, formado por viviendas mantenidas con esmero, muchas de ellas nuevas o dignamente acondicionadas.
Llega ya el momento de realizar el itinerario que tenemos programado por el término. Iniciamos la marcha saliendo hacia el sur por la bien marcada pista que parte en esa dirección, el tradicional itinerario de Cotanes. El paisaje se abre en todas las direcciones, carente de obstáculos orográficos. Dado lo despejado del terreno siempre nos intrigó dónde estaría ese «Monte» que proporcionó apellido al lugar. Tal calificativo adoptóse para distinguir a esta Quintanilla de su sinónima «del Olmo», tan cercana. Pero al avanzar por aquí, apreciamos con sorpresa que sí perdura el bosque originario, o al menos un retazo de él. Lo descubrimos tras avanzar algo más de un kilómetro y descender a un vallejo recorrido por el arroyo del Viso. Allá, en las suaves cuestas fronteras se extiende un viejo encinar, parte sin duda del antaño extensísimo Monte el Raso. Contiguo se alza el cerro de San Marcos, de especial significado en el costumbrismo local. Antes subían hasta él en rogativa el día de la fiesta de ese santo y ahora lo hacen el llamado domingo tortillero, fin de semana anterior al domingo de ramos.
En una bifurcación optamos por la ruta de la izquierda, la más transitada. Atravesamos después el citado arroyo y en el primer empalme al que llegamos continuamos por el ramal que de allí nace, virando otra vez hacia la izquierda. Dentro ya de ese camino, lo seguimos un gran trecho. No lo abandonamos, cruzamos perpendicularmente otra transitada pista que viene directa desde el pueblo y avanzamos hacia adelante para pasar junto a una solitaria nave ganadera. Recorremos un largo zigzag, en el que hemos de descender a una pequeña vaguada para subir a continuación por la ladera de frente. Un vértice geodésico que asoma allá arriba ha de servirnos como guía y referencia. Junto a él existe un cruce, en el que tenemos que marchar, una vez más, por el ramal de la izquierda.
Bajamos de nuevo al valle del ya conocido arroyo del Viso y, esta vez a mano diestra, cerca de una especie de cantera o barranca, tomaremos un carril que se dirige hacia un cerro que se destaca en el horizonte. Alcanzamos su cima, sabiendo que sobre ella afirman que se asentó la legendaria, casi mítica, gran ciudad de la Maya. Sin duda es un viejo desolado enaltecido por la imaginación popular, pues no existen testimonios ni documentales ni arqueológicos que señalen un asentamiento humano populoso. Cuentan que fue fundado en tiempo de los celtas y engrandecido por los romanos, los cuales lo denominaron Maya Appia, Maya la Rica. Acusan a los bárbaros como sus destructores, pues se cebaron con su opulencia,  arrasando toda la urbe para no resurgir ya nunca más. Por ahí aparecieron ciertos huesos al arar, pertenecientes a la que fuera alguna de sus necrópolis. Desde este otero, conocido como el Teso Grande de la Maya, se siente con fuerza la esencia de la comarca. Estamos justo en el reborde de la provincia, tocando tierras de Santa Eufemia del Arroyo y de Cabreros del Monte, localidades ya vallisoletanas. La desnudez paisajística aparece como absoluta, sucediéndose las parcelas unas tras otras, sin obstáculos que alteren sus rígidas formas geométricas. Apreciamos a la vez la soledad del paraje y, ante la desmesura del entorno, la propia insignificancia personal. Si de verdad aquí existió un núcleo pujante nada queda que lo testimonie. El tiempo aventó la supuesta obra humana, para devolverla al suelo del que salió, hasta borrarla de la superficie.
Llega ya el momento del regreso. Retrocedemos por donde vinimos hasta el último cruce, retornando desde allí directamente al pueblo. Cuando coronamos un repecho postrero surge ante nosotros la planicie que recorre el río Valderaduey y los pueblos asentados sobre ella. Como más cercano distinguimos a Quintanilla del Monte. Por detrás, aparecen Villamayor, Quintanilla del Olmo, Prado, Villalpando… a modo de breves irregularidades dispersas por la llanada. Resta todavía un buen trecho para alcanzar el pueblo. Cerca ya de las casas, al lado del camino se abre la Laguna de la Fuente, un redondel acuático que sirvió, y aún se utiliza, como abrevadero para los rebaños. Es el retazo final de campo libre, antes de rodearnos del amparo de las casas. 

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