Rutas y excursiones

Bajada de El Poyo a Los Conventos

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San Vitero - Zamora

El Poyo es una pequeña localidad alistana casi insignificante por su demografía, pero plena de emoción y de hermosura. Se emplaza sobre la cumbre de un cerro batido por todos los vientos, a unos cinco kilómetros al oeste de San Vitero, su cabecera m

Al llegar, el pueblo se oculta tras la redondez de una loma. Su existencia sólo se intuye desde lejos por la enérgica esbeltez de su depósito del agua, el cual asoma y se hace visible al disponer de una altura que parece excesiva.

Hemos de llegar hasta los primeros edificios para divisar la realidad orográfica del casco urbano, con sus casas asomadas por ambos lados hacia cuestas agrestes y profundas hondonadas. Casi a la entrada, en solares bien dominantes, se sitúa la iglesia.

En ese apartado y recóndito lugar existió en el pasado un establecimiento cenobítico del cual aún quedan recuerdos y hermosas leyendas. Ahora, de sus supuestos edificios nada perdura a la vista, sólo tejones ocultos por la maleza, pero se palpa allí una espiritualidad latente que es el atractivo mayor de la caminata. Otro acicate, nunca ruin, es la belleza del paisaje, bastante quebrado, aunque sin espectacularidades que sobresalgan.


Nos alejamos de la localidad por la carretera en dirección hacia San Blas. Nada más salir de entre las casas parte un camino a mano izquierda que es el que nos va a servir de guía. A pocos pasos, en los fondos de la hondonada colindante se halla la antigua fuente local. Su depósito es un aljibe cuadrado protegido por grandes piedrones y con un par lanchas rectangulares, muy grandes, como cubierta.

 

Siguiendo valle abajo, todo a lo largo, los fondos más húmedos y fértiles están ocupados por fincas pequeñas, utilizadas algunas de ellas como huertas y destinadas a prados todas las demás.

 

Las cuestas de la derecha son terrenos de baldío, poblados de escobas y de jaras, quedando los más fértiles del otro lado divididos en pequeñas propiedades que antaño debieron de sembrarse.


Progresivamente, según avanzamos, nos vamos introduciendo en una vaguada profunda y solitaria. Las lomas que la limitan van ganando en altura respecto a los fondos  por los que caminamos. Uno de los tramos de la ladera del frente está ocupado por múltiples castaños.


Al fin llegamos a los recintos donde este arroyo al que acompañamos se entrega a otro cauce más importante. Fue allí, en las laderas de la derecha, donde se ubicó el convento que dio nombre al lugar. Ahora sólo se ven las paredes semicaídas de fincas abandonadas. Las piedras con las que están realizadas han de proceder, al menos en parte, de los edificios cenobíticos.

 

Se percibe en este lugar una serenidad absoluta, una paz que reconforta los espíritus. No extraña que fuera el enclave elegido por ignotos anacoretas que aquí buscaron su santificación. Tras cierto tiempo como eremitas, esos santos varones adoptaron la regla de San Francisco, viviendo entregados a Dios en la pobreza y en la oración. Como premio a esa entrega, la Reina de los Cielos se apareció a uno de tales religiosos. Se hizo presente en un lugar escarpado, en la cima del cerro más alto. Allí sobre una roca, denominada Peña el Santo, le dejó su imagen, que fue venerada en el cenobio inmediato con el título de Virgen de la Salud y aclamada como patrona de todo Aliste. Como testimonio de esa aparición, sobre el áspero lugar donde puso sus pies la Celestial Señora permanecía una escoba florida de continuo. Todo estuvo así hasta el siglo XVI. En esa época, don Francisco Enríquez de Almansa, primer Marqués de Alcañices, decidió prestigiar la villa cabecera de sus estados con la fundación de un convento suntuoso. Por ello, tras patrocinar la construcción del templo y las correspondientes dependencias claustrales, trasladó a ellas a los frailes que residían en el paraje en el que estamos.


Tras empaparnos del sosiego y de la quietud del enclave debemos regresar hasta el pueblo. En esta ocasión lo hacemos por ruta distinta de la que nos sirvió para llegar. Optamos por remontar el curso de ese arroyo principal citado, conocido por los vecinos como la Rivera. En unos primeros trechos utilizamos como vía las trochas del ganado, ya que no se marca una senda verdadera. Hemos de vadear varias veces el cauce, para esquivar la abundante maleza.


Al aproximarnos al pueblo el itinerario gana altura, en un ascenso continuo y acusado. En uno de los tramos prospera un bosquete mixto de robles y de encinas, con ejemplares viejos y corpulentos. Junto a él resiste una recia morera. Cualquier punto  es un buen mirador del valle que vamos dejando por debajo, el cual parece una cinta verde continua, dada la frondosidad de los sotos que crecen potenciados por la humedad del arroyo. En uno de los enclaves más hermosos se divisan los vestigios de un molino.

 

Pronto empalmamos con un camino principal que viene a ser el que antaño comunicaba con la localidad de Viñas. El pueblo se nos muestra arriba, con sus casas alineadas como si fueran parte de una balconada continua. En esos espacios de la solana existen algunos majuelos.


Tras unas revueltas últimas llegamos ya a las propias calles, con viviendas nuevas que denotan evidente bienestar. En el pueblo existe un bar donde nos servirán con toda amabilidad. Si se quiere diversificar, en el cercano San Vitero existen restaurantes famosos por la carne que cocinan, perteneciente a la acreditada Ternera Alistana.

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