Rutas y excursiones

En Vegalatrave desde las Apretaduras al río (Tierra de Alba)

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Vegalatrave - Zamora

Distancia desde Zamora: 40 km, Longitud total del trayecto: 8 km, Tiempo aproximado: 2,30 horas, Dificultad: Media (amplios tramos campo a través). Detalles de interés: Parajes apartados, panorámicas pintorescas, casco

A pesar del largo tiempo transcurrido, el entorno inmediato al pueblo de Vegalatrave no se ha repuesto de la agresión ambiental provocada por el embalse del Esla. Hasta sus propias casas llega la cola más extrema del agua retenida, la que penetra por el valle del río Aliste. Por ello desaparecieron los frondosos sotos ribereños que llenaban de verdor y de frescura el paisaje. Quedó así dañado todo el enclave, forzosamente áspero y mineral. Además, al ubicarse en el final de ese depósito acuático, la sensación artificiosa de lago bucólico que se siente cuando los niveles son los máximos, aquí se produce muy pocas veces. En los demás tiempos las orillas del río se muestran como franjas áridas y pedregosas e incluso el propio lecho fluvial discurre sin gracia, como resignado, desprovisto de aliento.
Pese a daño tan tremendo, la localidad muestra aún una intensa hermosura y en su término existen parajes en los que la naturaleza resiste libre y pujante. Por esos gratos enclaves vamos a trazar el recorrido en esta ocasión.
Salimos del casco urbano hacia el oriente. Aprovechamos durante escasos centenares de metros el arcén de la carretera en dirección a Carbajales. En el cruce con el ramal hacia Ferreruela tomaremos esa segunda vía en corto tramo. Nos introducimos así en el angosto valle lateral drenado por el arroyo de las Apretaduras, corriente que vamos a utilizar como guía en un gran trecho. En un principio por los dos costados se alzan escarpados desniveles, entre los cuales apenas queda espacio para el cauce acuático y la calzada. Las laderas orientales están pobladas de viejas encinas, sin duda centenarias. Son árboles admirables, de troncos inclinados y retorcidos, con cicatrices de podas lacerantes. Tras abrirse un poco la angostura, los terrenos libres inferiores fueron aprovechados para huertas, en las que recios muros retienen la precisa tierra fértil. Prosperan sobre ellas algunos manzanos y pomposos nogales.
La hondonada se fragmenta allí en tres ramales independientes. Por el de la derecha fluye el arroyo de las Sadreras, el cual, pese a su atractivo, lo dejamos para otra ocasión. En el centro queda una depresión menor, aprovechada por la carretera que va ascendiendo hasta superar por un collado el Sierro de los Barracones. Nos desviamos así por la vaguada de la izquierda que viene a ser la principal. Para ello aprovechamos un camino que arranca justo antes del puente. Penetramos por él en unos parajes solitarios y frondosos, una sucesión de rincones sumamente placenteros. Arriba, por encima de un fuerte repecho, queda un corral antiguo, formado por recias paredes aún en buen estado. Ya en los fondos, los contornos fecundos de la hondonada se distribuyen en huertos diversos, abandonados casi todos, pero protegidos por sus respectivas cercas pétreas. Así, en espacios antes productivos prosperar arbolillos pujantes y lacerantes malezas espinosas. Por un carril que queda a la sombra de una pequeña chopera cruzamos a la zona más soleada. Tenemos que vadear el arroyo, lo cual resulta un tanto complicado en momentos de mucha escorrentía. Esa acción habremos de realizarla varias veces en todo el tramo. Pasamos enseguida junto a un chopo viejísimo, de tronco deforme y carcomido, pero todavía con vigor. Dentro de los árboles de su especie viene a ser uno de los más admirables entre todos los que recordamos.
Intermitentemente la vegetación arbórea de adensa en sotos diversos. Sobre las cuestas, si en un principio dominaban los robles, aparecen progresivamente las encinas. Tras una recurva, el valle se comprime de tal manera que adopta las formas de un cerrado barranco. Desde ambos lados los cuchillones pizarrosos asoman como picachos desafiantes. Este enclave es el más bravío de todo el recorrido. El arroyo se precipita por la angostura en rápidos y cascadillas. Por la incesante erosión de los remolinos se han formado en las rocas diversos cuencos redondos, las típicas marmitas de gigante de las lecciones de geología. Percíbese un grato espectáculo al ver deslizarse las corrientes y escuchar su rumor y chapoteo. A la vez deslumbran los reflejos del sol sobre las pozas. Para permitir un paso franco, hubieron de cortar algunos crestones de las peñas, además de construir un muro de contención y consolidar la calzada con cemento.
Es breve esa quebrada. Tras ella la depresión vuelve a abrirse, suave y bucólica. La calma y el sosiego se instalan en el paisaje y en el ánimo. Domina el silencio. Sólo lo quebranta el rumor del viento al agitar las ramas. Las fincas que ahora existen son bastante más extensas, comparadas con los huertos anteriores, todas ellas destinadas a prados que se siegan. Están cerradas por paredes de piedra, bien hechas, de las que también forman parte largas hileras de losas hincadas. Los chopos, los fresnos y los alisos siguen formando una rica masa arbórea.
La hondonada se vuelve a dividir. De las dos opciones que se nos presentan optamos de nuevo por la de la izquierda. Sobre un rellano a media cuesta hallamos un abrevadero, con formas de largo pilón de cemento, lleno de agua a rebosar. Caminamos por los fondos para esquivar la maraña vegetal de las laderas. Aprovechamos así los diversos carriles que ascienden valle arriba. Tras pasar por una especie de callejo constreñido entre largas paredes, llegamos a un enclave en el que hemos de virar para iniciar el retorno hacia el pueblo. A mano izquierda se presenta un vallejo menor, con poco desarrollo. Debemos de localizar un castañar situado en la umbría. Tras divisarlo nos encaminamos hacia él tras atravesar por una de las propiedades cuyas paredes están parcialmente caídas. De allí mismo arranca una pista, desbrozada recientemente, por la que se sube a la despejada rasa superior. Ya en la collada el paisaje se engrandece. Si hasta ahora todo resultaba íntimo y recogido, de repente los horizontes se alejan para abarcar grandes espacios. A media distancia avistamos la entrañable localidad de Puercas, agarrada de los contrafuertes serranos. Seguimos avanzando hacia el sur, primero arropados por una espesa masa de escobas y jaras, después entre fincas sembradas de cereales y finalmente por espacios libres dedicados a pastizales.
El carril por el que vamos desemboca en la carretera justo en frente de los edificios de una granja. Desde ahí podríamos concluir el trayecto regresando presurosos al pueblo, pero optamos por acudir hacia el curso cercano del Aliste. Atajamos campo a través, por el medio de unas parcelas sin cultivar desde hace muchos años. Tras ellas nos enfrentamos a un acusado desnivel cuesta abajo, por donde aprovechamos las sendas creadas por los rebaños para descender con cierta seguridad. El espléndido valle recorrido por el río se nos muestra en toda su magnificencia. Al fondo se otea el pueblo de Domez, el cual ya queda oculto en el momento que bajamos a través de las irregularidades de un abrupto losar. Allí al lado se extiende una pequeña viña bien cuidada.
Marchamos ahora por un buen camino trazado junto a las propias riberas fluviales. Gozamos de la sombra de hileras de alisos que clavan sus raíces en las franjas húmedas de las orillas. Aquí y allá las corrientes borbotean en rápidos diminutos o se aquietan en remansos cristalinos. El río va trazando un suave arco, constreñido en este lado contra la ladera rocosa y dejando hacia las otras márgenes terrenos más despejados. Estos parajes resultan hermosísimos, tan solitarios como los anteriores pero animados por el discurrir de las corrientes. Existe un precario puentecillo para atravesar de una ribera a la otra. Es una pintoresca pasarela de formas tradicionales, realizada con grandes piedras y consolidada con cemento. La fecha del  2008 indica obras que no han conseguido la firmeza buscada, pues un par de losas superiores ha sido arrancadas por las riadas y para pasar es preciso saltar ahora sobre los boquetes generados. A pesar de esa oportunidad de cruzar de orilla, nosotros avanzamos por el mismo camino aguas abajo. Más adelante arranca una pista hacia la izquierda, pero la desechamos. Seguiremos hasta un segundo ramal que parte más adelante. Así tendremos la oportunidad de contemplar uno de los grupos de alisos más vetustos entre todos los que conocemos. Estos árboles, de crecimiento rápido, poco apreciados, forman densos sotos ribereños, pero no suelen alcanzar tallas destacables. Aquí los hallamos con troncos muy gruesos e irregulares, dotados de amplias copas, en dimensiones que impactan.
El río desde aquí marcha en curva hacia el oeste, para después girar violento en dirección contraria. Forma así un meandro muy brusco tras el que recupera su dirección básica hacia el oriente. Nosotros aprovechamos ese camino señalado para acudir derechos al pueblo. Antes de llegar pasamos junto a un par de palomares, cuadrados, bien sobrios, los típicos de la comarca. El casco urbano surge como una densa piña de edificios dispares. Los tradicionales están creados con paredes de lajas oscuras y techumbres de pizarra. De entre ellos las casas nuevas provocan intensos contrastes. A su vez, asomando por encima de todos tejados, la espadaña de la iglesia actúa a la vez de señuelo y emblema local. Es un esbelto campanario de líneas barrocas, dotado de tres amplios ventanales, salientes cornisas y agudos pináculos esquineros. En su cuerpo bajo se abre una puerta rectangular adovelada. Todo él fue construido con una magnífica sillería de granito, posiblemente a finales del siglo XVIII. El templo al que se adosa es anterior, creado con materiales más pobres. En su interior hallaremos dos parejas de arcos ciegos de medio punto, situados en los muros laterales. Quizás sean vestigios de una obra más antigua. El presbiterio está presidido por un retablo barroco donde se entroniza la imagen del santo patrón. Interesa también la gran pila bautismal decorada con una cruz.  Alguna zona de los suelos dispone de un pavimento grandes losas de pata de gallina, traídas de Losacio y destacables por las cristalizaciones con forma de estrella que evocan las pisadas de las aves de las que toman nombre.
Como fin de ruta buscamos en la fachada de una de las casas una piedra que exhibe cincelado un rudo mascarón y diversas volutas. Destaca con su estilo ingenuo, lleno de encanto. En origen estuvo en una vieja vivienda situada en los mismos solares.    

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