Rutas y excursiones

Ascenso a La Pedrizona de Ferreras de Abajo

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Ferreras de Abajo - Zamora

Distancia desde Zamora: 58 km. Longitud total del trayecto: 8 km. Tiempo aproximado:  2.30 horas..Dificultad: Media (Cuesta empinada). Detalles de interés:
Panorámicas grandiosas, bosque frondoso.

Por unidad geográfica, incluimos este hermoso pueblo de Ferreras de Abajo en la Tierra de Tábara, a sabiendas que nunca perteneció al poderoso marquesado tabarés. Históricamente, desde tiempos muy antiguos, al menos desde el siglo XII, esta localidad fue una de las múltiples posesiones del Monasterio de Moreruela.

Los monjes cistercienses establecieron aquí una de sus características granjas, la cual se mantuvo en poder de ese cenobio hasta el año 1431. En esa fecha y junto a un lote de bienes que integraba también a varias poblaciones de La Carballeda y Aliste, Ferreras pasó a manos de los Condes de Benavente. Pagaron por todo la cantidad de 15.000 maravedíes, además de alguna otra compensación económica. Esa casa señorial lo mantuvo en sus dominios hasta la supresión de los derechos feudales del siglo xix.


Tras acceder al pueblo desde la carretera de Zamora a Mombuey avanzamos por una especie de amplia avenida que tiene anejo un grato paseo arbolado.

Intercalados entre ciertas casas, se ubican varios talleres y naves industriales que evidencia una realidad de progreso y desarrollo. Entre ellas hay una fábrica de embutidos y otra que extrae de plantas productos medicinales. Sentimos así que es esta una de las localidades más pujantes de la provincia.


Al transitar hacia el centro urbano, antes de llegar a los primeros edificios por la mano izquierda, sale un ramal o  calzada que es el que vamos a seguir. A su lado queda un generoso espacio dedicado a arboreto. Se cuidan y muestran allí diferentes plantones de vegetales de la comarca en una exposición didáctica sumamente interesante. Alcanzamos después los edificios de la moderna y amplia residencia de ancianos local, titulada de San Juan. Bien cerca de ella discurre el río Castrón, la corriente fluvial que drena todo el valle. Asomados desde las barandillas del puente que salva su cauce, gozaremos de sus límpidas corrientes, escoltadas por frondosas hileras de alisos y sauces. Al lado yace el tradicional molino del Tí Ignacio, desgraciadamente en ruinas.


Desde ese citado puente arranca la pista por la que vamos a subir hasta el monte de La Pedrizona, el cual, con cotas que alcanzan los 1055 metros, es uno de los más elevados de la zona. Hemos de saber que ese camino tiene buen firme y es apto para cualquier tipo de vehículo. Avanzamos a orillas de un robledo joven y pujante, protegido por una fuerte alambrada. Enseguida llegamos a un cruce en el que hemos de tomar el ramal de la izquierda y un poco más allá, en otro empalme, el de la derecha. Iniciamos ya el ascenso, para avanzar a través de terrenos despejados, cubiertos de brezos y algún carrasco. Por debajo se extiende un vallejo ameno, por el que discurre el regato de la Furnia de Valdesolares. Existen en él algunas tenadas ganaderas decrépitas. Junto a una de ellas quedan los muros de un antiguo corral circular, que perdió la acostumbrada corona de ramajos. Según vamos ascendiendo las vistas panorámicas se engrandecen. Dominamos ya todo el pueblo y gran parte de su entorno. Veremos así el casco urbano tendido sin agobios en los fondos de un valle abierto y generoso, custodiado por montañas cuyas faldas están cubiertas de bosque, pinos sobre todo. Tras un corto espacio de transición, donde prosperan algunos castaños, penetramos en el pinar y los horizontes se acortan hasta quedar reducidos a una densa barda de troncos y ramaje, una compacta masa vegetal que parece engullir a quien penetra dentro de ella. Impacta el silencio. Sólo se oye el crujir de las pisadas y el rumor amortiguado del viento. Otra vez que estuvimos producían inquieto sobresalto las acrobacias y carreras de las ardillas.


El recorrido es una subida continua, con repechos a veces bastante acusados. En todo momento hemos de seguir la pista más transitada, desechando algún que otro ramal. Ya muy arriba, se hacen presentes unos bravos crestones rocosos que han de ser la Peña el Cuervo señalada en los mapas. Parece que ya estuviéramos en la cima, pero la pista continúa, bien es verdad que con menos inclinación. Intercaladas entre los pinos hallamos algunas encinas y ya al fin de nuestra ruta, los robles se hacen dominantes, a pesar de su escasa envergadura.


Sobre un agreste roquedo asoma el cilindro de cemento del vértice geodésico allí existente. Estamos ya en lo alto de La Pedrizona a donde nos propusimos llegar. No es una cumbre desolada, ya que encontramos allí diversas construcciones que la humanizan. La estructura más antigua es una amplia caseta observatorio, al servicio de los guardas forestales, dotada de las imprescindibles antenas de comunicación. Recientemente han alzado dos obras más. La una es una pequeña cabaña de madera, dentro de la cual se guarecen unos potentes catalejos que se pueden utilizar libremente. El propósito de esa instalación es el de permitir localizar y observar desde lejos a la fauna comarcal, sobre todo a los ciervos en su espectacular berrea. La segunda pieza señalada es una especie de pérgola o merendero, dotado de un asiento corrido, para hacer más gratas las esperas.
Las vistas panorámicas que se dominan desde aquí son realmente grandiosas. Bien es verdad que el propio pueblo de Ferreras de Abajo se oculta tras un contrafuerte montano, pero a cambio quedan bien visibles el de Arriba y la vecina localidad de Litos. Además, las perspectivas se abren sobre gran parte de La Carballeda, toda la vega del Tera, el valle de Valverde y un generoso retazo de la llanada de Tábara. Más allá, lejanas y difusas, se controlan grandes extensiones de la Tierra de Campos y de los páramos leoneses. Con precisión, en días claros contaríamos hasta treinta poblaciones, las cuales pasan de cincuenta cuando la observación es nocturna y son los grupos de luces los que se contabilizan. Como lejana referencia dicen que es posible reconocer la ciudad de Astorga. La línea del horizonte la trazan, por el noroeste las montañas de la Sierra de Cabrera y el Teleno, divisándose, hacia el norte más lejano, las cumbres de la Cordillera Cantábrica, sobre todo si están nevadas. Al oriente, se aprecia con claridad como la propia Sierra de la Culebra y su estribación la de las Cavernas, se hunden en la llanada meseteña, la cual se difumina imprecisa e ilimitada. Solo por el sur se acortan las miradas. Alineaciones paralelas a la que estamos, a la vez que ocultan los recónditos valles que cobijan, impiden ver más allá por ese costado. Es con todo uno de los miradores más espectaculares de la provincia.


Si nos hemos fijado en los suelos de la pista de acceso, veremos que para alguno de los tramos agregaron como firme negros residuos ferrosos, extraídos de los diversos escoriales que se localizan por las laderas contiguas. Sirven de testimonio de la actividad siderúrgica que existió en toda la zona. Esa labor, no conocida con detalle, se debió de mantener desde periodo castreño hasta, al menos, el fin de la Edad Media. El propio pueblo y su vecino Ferreras de Arriba ya atestiguan ese quehacer en sus propios nombres.


De vuelta en el casco urbano, comprobaremos que apenas quedan inmuebles tradicionales, alguna portalada y poco más. Las viviendas han sido renovadas en su casi totalidad. Por ello sus calles están formadas por casas recientes, de buena calidad, que denotan un nivel de vida desahogado. Moderna y digna es también la sede del ayuntamiento, la cual preside una pequeña pero cuidadosamente planificada Plaza Mayor.


Pese a que ya vimos que la historia arranca de antiguo y fue fecunda, tampoco se conservan los edificios religiosos primitivos. La iglesia originaria se ubicó sola hacia el norte, sobre los terrenos que ahora ocupa el cementerio. Dado su apartamiento se abandonó, terminando por ser derribada. Como los toques y señales para anunciar los cultos no se oían en gran parte de las calles, construyeron entre las casas, en la zona más dominante, una sencilla espadaña, de la que colgaron las campanas. Pero la nueva sede parroquial no se construyó allí. Fue alzada más al sur, en un enclave que se asoma hacia las huertas. Surgió un templo amplio y esbelto, de líneas modernas. Como materiales de construcción recogieron por toda la provincia los sillares de las casillas de camineros abandonadas. Con ellos crearon la sobria y amplia fachada. Pero no se alzó la habitual torre, por lo que se da aquí la inusual iglesia sin torre y torre sin iglesia. Una lápida junto a la puerta señala, entre otros datos, el nombre del sacerdote promotor, don Miguel Morán Fernández y el año de 1981 que fue el de su consagración.
Si deambulamos por las diversas calles daremos al fin con una amplia plaza donde se ubica la ermita del Santo Cristo. En sus orígenes fue un humilladero que se fue engrandeciendo hasta llegar a las considerables dimensiones que posee en nuestros días. Dispone de una recia torre rectangular en su fachada de poniente y un interior de tres naves. Dentro se da culto a una imagen del Crucificado a la cual profesan intensa devoción.


Existió otro recinto religioso, muy peculiar en este caso. Era un modesto pero completo oratorio emplazado a las afueras, dentro de una finca privada. Fue construido, con sus propias manos, por el dueño de esa propiedad, un labrador que iba empleando las piedras que el arado levantaba al sembrar, hasta completar con ellas el santuario. Pena es que el fruto de su trabajo y entrega no fuera mantenido por sus descendientes, los cuales lo dejaron derrumbar.


Buscando otros motivos de interés, preciso es reseñar los palomares que se alzaron a las afueras. De ellos solo uno se mantiene en buen estado. Es redondo, con tejado de losas a una sola vertiente sobre el que se colocaron brillantes bloques de cuarzo blanco que actúan como reclamos. En tiempos pasados existieron numerosos corrales circulares, similares al que vimos a subir a La Pedrizona. Ahora los mejor conservados son dos que se hallan en el pago de El Bullín, hacia el oeste de las casas. Por ese mismo lado se sitúa El Zofreral, extensa mata de alcornoques, ubicada en la zona de solana, la más cálida del valle. Otro paraje peculiar es la Peña de Valdinares, donde dicen se halla un horno que construyeron los moros y una galería bajo tierra que comunicaba con el lejano castro de Abejera.

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