Rutas y excursiones

Camino de las Madroñeras en Cabañas de Aliste

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Alcañices - Zamora

Distancia desde Zamora:   74 km, Longitud total del trayecto: 8 km, Tiempo aproximado: 2,5 horas, Dificultad: Alta (tramos por cortafuegos, senderos pedregosos, acusado desnivel) Detalles de interés: Núcleo urbano  pintoresco, bosque&

Un bucólico enclave, protegido por los contrafuertes meridionales de la Sierra de la Culebra, sirve de asiento al hermoso pueblo de Cabañas de Aliste. Para llegar hasta allí hay que tomar una carretera secundaria que enlaza Sarracín con Palazuelo de las Cuevas. También es posible acceder en tren, pues la línea ferroviaria entre Zamora y Puebla pasa junto a las propias casas y dispone de un práctico apeadero.
Aunque en las zonas despejadas del mediodía quedan ciertas naves ganaderas, para penetrar en el propio casco urbano hay que salvar el alto terraplén de la vía.

 

Vista aérea de Cabañas de Aliste (Vídeo: Aliste.info)

Vista aérea de Cabañas de Aliste
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Habilitaron para el paso una especie de angosto túnel inferior, con cerradas curvas para acceder a él. Dada su escasa visibilidad, tras superar esa barrera, verificamos sorpresivamente que nos encontramos ya de lleno en la propia población. Y es que sus edificios quedan constreñidos entre las cuestas circundantes y el propio talud ferroviario. Aprovechan como solares los fondos de un atractivo valle, un rincón en el que la naturaleza parece haber acumulado todas sus mejores galas. Allí, las casas, ordenadas en un puñado de pintorescas calles, forman un todo común con las arboledas, logrando una armonía perfecta. Tras un paseo sosegado, constatamos que la mayor parte de las viviendas han sido renovadas o construidas de nueva planta, lo que denota un evidente bienestar. De los inmuebles antiguos que perduran descuellan sobre todo las portaladas. Sus muros son de una áspera mampostería, formada por bloques pétreos de cuarcita, de una coloración ocre, muy cálida. En las techumbres se combinaron superficies de teja curva, sobre todo las zonas cumbreras, con otras de pizarra, reservadas para los alerones.

 


La iglesia es el único edificio religioso existente y aunque digno y cuidado, carece de interés monumental. A lo largo de la historia el templo debió de ser mezquino, pues a mediados del siglo XX lo derribaron para hacer el actual de nueva planta, inaugurado en 1946. Construyeron por entonces un recinto de líneas tradicionales, formado por una cabecera con crucero, corta nave, espadaña sobre el hastial y un pequeño alpende ante la puerta. Todos los muros están revocados con cemento, totalmente enlucidos, aunque el excesivo resplandor que tuvo la pintura se ha matizado con el tiempo. En sus altares se entronizan algunas imágenes antiguas, procedentes del oratorio anterior. Un abeto, árbol joven pero vigoroso, prospera en el angosto atrio circundante. Su pujanza vegetal compite en altura con la del propio campanario.


Por entre medio de las casas cruza el río o arroyo Espinoso. Es un pequeño cauce fluvial sumamente pintoresco. Mantiene sus corrientes gran parte del año, sombreadas por frondosos sotos ribereños. Sus caudales saltan en rápidos y cascadillas, formando rincones de un belleza simple y pura. Para salvar su lecho existen varios puentes, modernos y funcionales todos ellos. Enlazan las casas de la margen izquierda con el resto de la localidad, además de permitir el acceso a las diversas huertas, pobladas de frutales.


Decididos ya a recorrer el itinerario que tenemos proyectado, partimos por una pista de cemento que se dirige hacia el norte, hacia la sierra, paralela al lecho del río. A sus orillas se halla un potro para herrar animales. Aunque posee las formas que los viejos de piedra y madera, es obra moderna, construida de hierro, un tanto oxidada por falta de uso. Poco más allá existen dos oportunos carteles, dotados de planos y de texto informativo. Instruyen sobre las rutas marcadas por el término, con orientaciones de sumo interés. Nosotros seguiremos la del Camino de las Madroñeras, a sabiendas de que sólo lo haremos parcialmente.


Después de dejar atrás los últimos edificios del pueblo, avanzamos por suave cuesta en dirección a los montes inmediatos. Al lado, a mano derecha, topamos con una bien acondicionada área de ocio y descanso. A su servicio el cauce del río se ha cortado con una pequeña presa de hormigón, generándose un amplio estanque de aguas límpidas y rutilantes. Tras ese forzado remanso, las corrientes rebosan saltando en artificiosa cascada. Como complemento, a ambos lados, en la pradera contigua, se han colocado diversas mesas con asientos, oportunamente distribuidas. Sin duda, el conjunto es un magnífico enclave, destinado sobre todo para el asueto veraniego, donde resulta muy grato practicar el baño.  


Continuando camino adelante, hay que fijarse con detenimiento para no dejar pasar el pintoresco molino ubicado en un inmediato desnivel. Señalan que a lo largo del curso fluvial existieron hasta veinticinco factorías similares, cuyas ruinas son aún reconocibles. Dada la buena conservación de este ejemplar, es él el que acapara todo el interés. Está construido con paredes muy rústicas de piedra y una cubierta de pizarra a una sola vertiente. Para evitar que el viento levante las losas de su tejado cargaron diversos morrillos sobre el alero. Las ventanas son vanos diminutos, por lo que el mayor aporte luminoso ha de penetrar por la propia puerta. A su vez el vano del cárcavo posee como dintel un tronco leñoso grueso y curvo. Al indagar sobre la estructura del rodezno vemos que es una pieza de hierro, bien sólida, que no parece muy antigua. Los caudales, para lograr la caída necesaria, llegan por un caz que faldea por la cuesta hasta llenar una pequeña aunque profunda balsa. Por todo el entorno prosperan densos helechos que disputan sus espacios vitales con los brezos. Más allá, la ladera del frente está sombreada por castaños, árboles de buen porte que también existieron al otro lado, donde uno bastante grueso se taló no hace demasiado tiempo.


Hemos de regresar hasta la transitada pista por la que vinimos, despreciando el carril que se desvía hacia las fincas inferiores. Un poco más arriba, acomodados en la base de una ladera, hallamos el grupo de corrales tradicionales denominados del Picón. De los varios que existieron, uno de ellos se ha reparado, mostrándose así en toda su integridad. Lo veremos como una gran choza redonda, con cubierta de escobas y ramajo. Al estar su puerta abierta, es posible entrar libremente en el interior. Sentiremos el rústico, pero acogedor refugio en el que se encerraban los rebaños por las noches. Por dentro, la elemental techumbre se apoya en altos pilares pétreos, dejando en el medio un redondel abierto que actuaba de respiradero. Al lado de este ejemplar completo queda otro que perdió el complemento vegetal, por lo que se aprecia, en toda desnudez, la estructura roqueña. De un tercero solo perduran la media docena de agudos puntales de pizarra sobre los que se apoyaron los troncos del tejado. Emergen libres en círculo como si delimitaran un campo iniciático. En la lustrosa superficie de una de esas lastras algún pastor mató el tiempo de las esperas grabando elementales dibujos entre los que se lee la fecha de 1944.


Siguiendo rumbo al norte, algo más arriba alcanzamos un empalme en el que hemos de tomar el ramal de la derecha. Señales orientativas, blancas y amarillas, pintadas en hitos pétreos, nos confirman que avanzamos en la dirección correcta. Estamos ya en un valle aislado y solitario, definido entre  montes cada vez más encrespados. Bien visible, de entre medio de la espesa maleza asoma una esbelta laja roqueña, único vestigio evidente de otro corral destrozado. En su soledad semeja un agudo menhir, ancestral megalito de ignoto significado. Siéntese por aquí una paz absoluta, una armonía perfecta que serena las almas. Las pedrizas de la umbría, los prados y los pinares de repoblación vienen a ser los elementos más descollantes. Llegamos de nuevo a otra encrucijada, en la que seguiremos el camino que baja hacia los fondos más húmedos. Abajo cruzaremos el cauce fluvial, pequeño arroyo por aquí, para remontar decididos hacia el collado frontero. Cuando alcanzamos su cima topamos, una vez más, con otro cruce. Dada la existencia de oportunos letreros, fácil es acertar con la dirección que lleva hacia las madroñeras. A ellas acudimos tras atravesar uno de los densos y esbeltos pinares. En la soleada cuesta del otro lado se extiende un bosque mixto, formado por una gran masa de madroños diseminados entre los no menos numerosos alcornoques. Se forma así un interesante conjunto arbóreo ya que ambas especies vegetales son escasas en la provincia, situadas en el límite extremo de su zona de distribución, al borde de su hábitat natural.


Después de contemplar los ejemplares más sobresalientes, de admirar en los madroños el lustre de las hojas, sus pequeñas flores invernales o los llamativos y comestibles frutos del otoño, abandonamos aquí el itinerario marcado con señales. Si continuáramos por él nos llevaría al pueblo de Sarracín tras un recorrido de bastantes kilómetros. Retrocedemos hasta el último cruce y desde allí avanzamos hacia el oriente, bajando por una vaguada con densos pinares a ambas manos. Entramos en la zona degradada por un gran incendio, con troncos carbonizados erguidos torvos hacia el cielo. Allí hay que seguir de frente hasta topar con una alambrada destrozada por el fuego. Esa valla marca el límite entre los términos de Cabañas y Sarracín. Junto a ella iniciamos la parte más penosa de toda la ruta. Hay que aprovechar la banda despejada de un cortafuegos para ascender al cuesto del mediodía, al llamado Alto de la Ventosa. Resulta ardua esa subida, pero desde su cima las vistas panorámicas preséntase grandiosas. Hacia el naciente los cordales montañosos de la Sierra de la Culebra se prolongan por los términos de Sarracín, Riofrío, Abejera y Sesnández, cuyos cascos urbanos se divisan o se intuyen. Por el sur se avizora en gran medida el valle del río Aliste, quedando bien señalados, entre otros, Palazuelo de las Cuevas y San Vicente de la Cabeza. Más allá se suceden sierros menores en una gradación que parece ilimitada.


Por la prolongación del cortafuegos hemos de bajar ahora hasta tocar las primeras fincas por ese lado, casi todas abandonadas en nuestros días. Desde allí por un semiborrado, pedregoso e incómodo camino regresamos al pueblo. Toda la ladera por la que ahora transitamos se quemó por el citado incendio. Diezmó los numerosos madroños que existían, los cuales rebrotan ahora con pujanza. Cerca ya del pueblo, penetramos primero en un frondoso castañar, después en los huertos ribereños y al fin entre las casas.

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