Rutas y excursiones

Hacia el río desde Fontanillas de Castro (Tierra de Campos)

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San Cebrián de Castro - Zamora

Distancia desde Zamora: 29 km. Longitud total del trayecto: 7 km. Tiempo aproximado: 2,30 horas. Dificultad: Media (un tramo campo a través). Detalles de interés: Formación geológica peculiar, paisaje pintoresco, monum

En ruta tan frecuentada como es la carretera entre Zamora y Benavente, hemos de cruzar por el centro de Fontanillas de Castro. La travesía por el casco urbano es recta y suficientemente ancha, pero no deja de exigir precaución. Ello, unido a la existencia de una gasolinera y de talleres mecánicos, hacen que el pueblo sea bien conocido por los automovilistas. Sin embargo los viajeros pasan raudos y pocas gentes hay que paren a conocer con cierto detenimiento la propia localidad. Esta se ubica en la cumbre y laderas de un alcor desnudo. Preséntase un tanto desamparada, ceñida por terrenos abiertos, desprovistos de arbolado. Por esa razón las casas buscan abrigo y protección en su apiñamiento, generándose un núcleo compacto. Los edificios están construidos con tapial, además de ladrillo y bloques de cuarcita. Esos materiales proporcionan una intensa coloración rojiza, muy mimética respecto al entorno. Nada, ningún inmueble, destaca sobre los demás, pues ni tan siquiera las viviendas y naves modernas rompen la unidad del conjunto. Solo el esquelético depósito del agua se atreve a asomar en altura, pero su funcionalidad le hace pasar desapercibido. Se palpa una acusada rudeza, impresiones de desvalimiento y soledad que generan en el alma afectos de apego y de ternura. Poco a poco se hace presente una belleza profunda y auténtica, en la que todos los elementos colaboran a generar una serena armonía.
Desde los alrededores, desde cualquier bocacalle, podemos contemplar vistas panorámicas muy extensas. El entorno se muestra simple. Por todo alrededor domina una desnuda llanada, con una tiranía tan avasallante que los cerros llamados el Sierro Gordo, también aparecen aplastados, como hundidos en un lecho de arcillas que pujara por tragarlos. Bien curioso es observar esa cadena de altozanos. Forma la estribación más oriental de la Sierra de la Culebra, la cual ha perdido por aquí toda arrogancia y concluye hundiéndose en la planicie meseteña. Si acudiéramos a uno de esos altozanos comprobaríamos su naturaleza cuarcítica, de geología similar a cualquiera de los picos más altos de toda la cadena. Pena es que las futuras obras de la autovía Vía de la Plata, al cruzar por el medio, van a alterar la realidad ancestral que ahora se percibe. A su vez se divisa desde aquí un amplio trecho de la Tierra de Campos, con algunos pueblos difuminados en la lejanía. Riego del Camino, Manganeses de la Polvorosa y San Cebrián de Castro son los más cercanos.
Si ahora concentramos la atención en las propias calles locales, descubriremos algunas casas peculiares. Una hay, a orillas de la carretera, techada con un tejado a cuatro aguas, que se hace notar por su solidez y sus dimensiones. Dada esa ubicación, creímos que pudiera haber sido algún mesón o venta, pero en lo que se recuerda siempre fue el hogar de una familia algo más acomodada. Frente a la iglesia queda otro inmueble destacado. Lleva gratos motivos ornamentales por debajo el alero y en los rebordes de la puerta y las ventanas.
Al observan el propio templo, notaremos su modestia. Como reclamo posee una escueta espadaña, que apenas sobresale en altura sobre los tejados inmediatos. Cuenta con dos ventanales para las campanas y un remate en ángulo bastante romo, sobre el que carga un voluminoso nido de cigüeñas. El edificio parece sencillo y común en un primer golpe de vista. Pero tras observar con detenimiento, descubriremos que es un monumento de orígenes románicos que conserva bastantes partes de aquella lejana época. Dispuso de cabecera rectangular y nave única y solo sufrió el ensanche de una capilla, adosada al costado meridional del presbiterio. Los muros perimetrales han de ser de la etapa primera pues en ciertos tramos permanecen los canecillos que sujetaron el alero. Los vemos en la fachada del mediodía y en un tramo de la septentrional. Para ellos se buscó una piedra arenisca que permitiera la labra, tallando ciertos motivos ornamentales, como bolas y cabezas. Una puerta en arco de medio punto, ahora tapiada, aún se marca en la zona norte, que también ha de ser primitiva. La actual entrada, guarecida bajo un pórtico protector, es pieza posterior. Está formada por un arco casi plano, tramado con grandes dovelas. En su clave exhibe la cruz de Santiago, testimonio de la pertenencia, tanto de la parroquia como del pueblo entero, a la Orden de Santiago. Y es que, históricamente, este lugar fue una aldea integrada en la jurisdicción de Castrotorafe, villa en la que los caballeros santiaguistas tuvieron establecida su encomienda mayor. Cuando esa localidad cabecera se despobló disputas hubo entre Fontanillas y San Cebrián para hacerse con la capitalidad del territorio. Ganó San Cebrián por ser mayor y se llevó la Virgen del Realengo de su iglesia. Sin embargo Fontanillas se trajo el Santísimo, adquisición sin duda mucho más excelsa. Si tenemos la suerte de acceder al interior del citado templo local, veremos un recinto de culto entrañable, bien cuidado. Los muros están encalados, pero se aprecia el apuntamiento del arco de triunfo, seña de su antigüedad. Todos los retablos son barrocos, perfectamente mantenidos, rutilantes por sus dorados. En el mayor vuelve a campear la cruz de la Orden. Entronizan hermosas imágenes de diversas épocas, de los siglos XVI y XVII la mayor parte de ellas. Descuellan las de San Joaquín y Santa Ana, que fueron exhibidas en las Edades del Hombre de Zamora y la del Ángel de la guarda. También es notable la del Crucificado, perfecta representación del Salvador ya muerto. Muy expresivo resulta el cuadro de las ánimas, con una compleja escena pintada que representa a los difuntos purgantes clamando alivio a la Virgen y a un santo monje, quizás San Francisco. Desde arriba preside todo la Santísima Trinidad.
Conocido ya lo más notable del pueblo, nos disponemos a realizar el trayecto previsto por su término. Salimos del casco urbano hacia el oeste por la llamada calle del Río, con la que limita la propia iglesia. Antes de partir hemos de fijarnos que en el propio edificio religioso, en su muro del norte, todo el alero está ocupado por una pintoresca sucesión de nidos de aviones, realizados con barro. En la primavera revolotean y faenan una multitud de pájaros de esa especie, provocando una bulliciosa algarabía.
A poco de alejarnos, ya en el campo libre, iniciamos un leve descenso. A mano derecha existe una finca limitada en gran parte de su contorno por una cerca creada con lajas pizarrosas clavadas en vertical. Esa valla resulta muy curiosa e insólita aquí, al ser única en el contorno. Más adelante quedan otras propiedades, con precarias tenadas para almacenar paja y un escueto pinar de árboles ya adultos.
Avanzamos siempre en línea recta, ahora ya por parajes desnudos, divididos en fincas amplias y despejadas. Una de las lomas lleva el sonoro nombre de Teso del Rey, pero resulta insignificante respecto a su altura. Se presenta un primer cruce y más allá otro similar. En ambos hemos de continuar de frente. En el segundo, la pista trasversal es la importante Cañada de la Vizana, ruta ganadera antaño muy frecuentada por los rebaños trashumantes en su doble trajín anual entre las dehesas extremeñas y las montañas de León. En nuestros días es un camino más, pero todavía conserva una anchura mayor, parcialmente respetada en las labores de la concentración parcelaria. En esas encrucijadas existen mojones pétreos que indican su inclusión en el camino de Santiago de la Vía de la Plata, desviado modernamente hacia el pueblo por que el tradicional queda anegado en un trecho por el embalse de Ricobayo. Abajo a la derecha divisamos un grupo de chalets, construidos a orillas del citado embalse. Y es que por aquí ya comenzamos a dominar el lecho del gran río Esla. Si los depósitos embalsados son los máximos, hallaremos una mansa superficie acuática. Si por el contrario están bajos, lo cual suele ser lo más frecuente, el cauce del río aparece desnudo, entre orillas deforestadas. Hacia él nos dirigimos de nuevo en línea recta, obviando los ramales señalados.
Accedemos ahora a un espacio arbolado, un pago conocido con el nombre de Ladilla. El camino tuerce ahora hacia el sur para evitar precipitarse por las fuertes cuestas que caen hacia las riberas fluviales. Cruzan por encima dos líneas eléctricas de alta tensión, con sus esbeltas torretas metálicas. Se ha desbrozado el terreno por debajo de ellas, con lo cual podemos descender sin problemas hasta las orillas del lecho acuático. Cualquiera de las peñas que por allí asoman podemos utilizarla como ventajoso mirador. Todo resulta más grandioso y auténtico si el embalse está bajo. Entonces el río suena al agitarse en lecho rocoso e irregular, saltando espumosas sus corrientes. Pero no es ello lo que más impresiona. Justo en frente, en laderas ya pertenecientes a Perilla de Castro, queda ante nuestra vista un espectacular anticlinal, un pliegue de la corteza terrestre en la que los estratos se inclinan sin romperse en pendientes divergentes. A la izquierda aparece otro menor y entre medio se intuye el oportuno sinclinal sepultado en el terreno. Quizás no exista ningún otro lugar en nuestra provincia en la que se divisen con tanta perfección esas formaciones geológicas.
De vuelta a la pista, seguiremos por ella hasta virar casi por entero hacia el oriente. Tal calzada termina a las puertas de una pequeña finca de recreo. Justo desde allí gozaremos de una interesante panorámica sobre las vecinas ruinas de Castrotorafe. Su castillo y gran parte de las murallas se nos muestran por el lateral menos conocido. Abajo, si el embalse no las cubre, quedan las pilas, desviadas y rotas, del que fuera estratégico puente, derrumbado allá en el siglo XVII. Todo el conjunto posee un formidable empaque evocador y monumental.
Desde este punto pudiéramos regresar por la ruta por la que acudimos. Pero aunque ahora haya que romper campo a través y en ciertos tramos sea dificultoso el paso, preferimos seguir adelante. Nos dirigimos hacia las proximidades de la famosa villa yerma. Casi a sus pies, a través de una vaguada conseguimos empalmar con la ya señalada Cañada de la Vizana. Por ella enlazamos con el cruce por donde pasamos al venir, para retornar sin problemas al pueblo por un sector de la pista que antes ya habíamos hollado.

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