Rutas y excursiones

A las cumbres del Testeiro desde Murias

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Puebla de Sanabria - Zamora

Distancia desde Zamora: 122 km

Longitud total del trayecto: 8 km

3 horas

Dificultad: Alta (cuestas empinadas, tramos sin sendas)

El itinerario que vamos a recorrer en esta ocasión nos permite acceder a diversos enclaves serranos sanabreses desde los que se dominan grandiosas panorámicas.


El punto de partida, la localidad de Murias, es ya un magnífico mirador. Se emplaza en las faldas de la montaña, bastante por encima de Trefacio, núcleo que es la cabecera de su ayuntamiento. Para llegar hasta allí hay que tomar una carreterilla que sale del casco urbano de esa última población. La subida es constante, trazada casi en línea recta por el medio de un denso bosque. En las proximidades de Cerdillo hay que coger un desvío a mano izquierda, el cual con varias revueltas y bastante desnivel nos permite arribar al fin en el propio Murias.


El pueblo se acomoda en un imperfecto de rellano, cual balconada a media cuesta. Su ubicación resulta grata y apacible. Queda abierto hacia un soleado mediodía, pero siempre al amparo de las propias montañas a las que se agarra. Está formado por cuatro barrios bien definidos: Lagarejos, La Cruz, Iglesia y Espineda, alineados a un mismo nivel para formar una especie de calle única adaptada a los repliegues de la ladera. Cualquiera de sus casas viene a ser una espléndida galería, pues todas se asoman a la pendiente y dominan desde allí gran parte del valle sanabrés. Aunque muchas de esas viviendas se han renovado y existen otras de nueva construcción, se conservan aún bastantes edificios tradicionales. Están construidos con paredes piedra y techumbres de pizarra. Para esos muros emplearon bloques de naturaleza esquistosa, fáciles de escuadrar, extraídos de las proximidades. Muchos de ellos destacan por su gran longitud. En el barrio de La Cruz hallamos uno descomunal, de más de tres metros de largo. Nos dicen que lo cincelaron para colocarlo como dintel de una portalada, pero no lo situaron allí, no se atrevieron, por temor a que se les rompiera.


En ese mismo distrito se halla la tumba de un francés. Una tradición local, sin duda con muchas posibilidades de ser historia verdadera, cuenta que durante la Guerra de la Independencia el ejército napoleónico destacó aquí dos soldados. Posiblemente por los abusos cometidos sobre la población, esos militares fueron asesinados. En un intento de ocultar el hecho y evitar el castigo, uno de ellos fue enterrado en el corral de una casa, bien disimulado por debajo de una escalera. La sepultura del otro es discutida, asegurando algunos que su cadáver se metió en un hueco de la iglesia, en el acceso al campanario. Como era previsible, los jefes pronto echaron en falta a tales oficiales y acudieron con sus tropas al pueblo para dar un escarmiento. Alertados del peligro, los vecinos huyeron apresuradamente a esconderse en la sierra. Una mujer, con su hija a cuestas, no pudo correr tan deprisa y tuvo que refugiarse en un agujero por debajo de una piedra. Al pasar por allí los perseguidores la criatura lloró, por lo que ambas, madre e hija, fueron descubiertas. Temiéndose lo peor, a la madre sólo le arrancaron el collar de corales que llevaba, pero a cambio le dieron cierto dinero, dejándolas marchar sin causarles otros daños.


Si acudimos ahora hasta esa aludida iglesia, hallaremos un templo modesto pero hermoso. Sus orígenes han de ser bastante antiguos, ya que en su fachada del mediodía perdura una curiosa ventana abocinada, con un dintel en el que se recortaron dos arquillos. Esa pieza es semejante a otras de la comarca y se le puede fechar en el siglo XIV. Mas, ese recinto primero sufrió mejoras y ampliaciones en tiempos posteriores. Una inscripción nos señala que el sólido presbiterio rectangular fue construido en el año 1765, siendo cura don Cayetano Chimeno de Prada. Otro letrero, de la siguiente centuria, pero con la cifra de las decenas confusa, confirma que fue por entonces cuando se realizó la espadaña, recia y potente.


Junto al costado norte de la iglesia arranca una pequeña calle en cuesta. Ella es la que vamos a tomar como inicio de la ruta monte arriba. Enseguida dejamos atrás las casas para acceder a espacios libres ocupados sobre todo por robles y castaños. A un lado, en el breve llano de una antigua era, se han colocado dos porterías, para formar así una cancha deportiva elemental. El camino por el que avanzamos es una pista de firme irregular que asciende en fuerte desnivel. Cada ciertos tramos hallaremos semienterradas las tapas metálicas de registros que, suponemos, corresponden a la traída de aguas para el abastecimiento local. Según subimos, los árboles adultos desaparecen. En su lugar quedan retoños dispersos, los cuales pujan de entre medio de una masa compacta de brezos y carquesias. Dado el acusado declive, la senda va trazada oblicuamente. Ya bastante arriba, bordearemos una especie de cuenca o vallejada, nuevamente poblada de robles, ahora gruesos y esbeltos.


Fatigados por la pendiente, hemos de pararnos de vez en cuanto para recuperar el aliento. Obligado es en cada una de esas pausas contemplar el paisaje que se va engrandeciendo según subimos. Si incide el sol directamente, los pueblos inferiores vienen a presentarse como un conjunto de reflejos que reverberan entre la amplísima masa arbórea del fondo del valle. Enoja que, a pesar de la amplitud panorámica, el propio Murias, aun siendo el más cercano, quede oculto tras repechos sucesivos. Nunca gozaremos de una visión general sobre él, todo lo más lograremos divisar las cumbreras de algunos de sus tejados.


Inmersos de nuevo en espacios yermos, hallamos una larga pared que debió delimitar una extensa finca ahora abandonada. A mano izquierda, destacando como un poderoso señuelo, llama la atención un peñón blanco, solitario, como abandonado en el medio de una alfombra de brezos y helechos. Atraídos por su brillo, acudimos trabajosamente junto a él, pues no existe senda alguna. Comprobaremos que es un grueso bloque de cuarzo lechoso. Gozaremos de su excepcionalidad, pues resulta pieza única, sin duda desprendida de algún filón que se oculta. Los rayos del sol, que inciden sobre su rugosa superficie, producen fulgores que deslumbran.


Se alcanza por allí otra especie de vaguada por cuyos fondos salta rumoroso un arroyo de corrientes permanentes. Tras una suave revuelta, el repecho concluye en una especie de collado. Desde allí, desde las llamadas Peñas del Campo, damos vista al valle de San Ciprián, que queda como escondido hacia el norte. Por detrás emerge la dorsal básica de la Sierra de la Cabrera, por uno de cuyos contrafuertes venimos ascendiendo. Como poderoso baluarte, destaca el monte Faeda, de 2021 metros de altitud y más a la derecha el Vizcodillo, cien metros más elevado, uno de los techos provinciales.


Pero a pesar de la grandeza paisajística, no nos quedamos ahí. Tras una especie de breve campa el camino sigue faldeando, esta vez en dirección noroeste. Por él continuaremos el remonte hasta llegar a las proximidades de un pequeño pinar, protegido por anchos cortafuegos. Ese bosquecillo es solitario superviviente de las pretéritas repoblaciones que se realizaron en esta parte de la sierra y que fueron diezmadas por los incendios. Atraídos por su frondosidad subimos hasta él por una rodera bien marcada. Arropados por su masa forestal, sentimos con pesar la riqueza de la que gozaría la comarca si la necedad y la malicia, origen de las llamas, no hubieran devastado estos espacios. Resisten allí varios centenares de ejemplares de pino albar, quizás algún millar, gruesos, rectos, ya maderables. Prosperan con pujanza en unas superficies donde la estupidez humana eliminó toda producción en búsqueda fallida de cuatro hierbas que los matorrales ahogan al rebrotar presurosos tras cada quema.


Estamos en el pago denominado El Testeiro y desde él buscamos unas rocas algo por debajo que permiten unas panorámicas mucho más generales. Nos asomamos así desde Los Picones y la vastedad del paisaje llega a percibirse como insuperable. Toda Sanabria se presenta ante nuestra observación, con el Lago como un óvalo azul, incomparable. Podemos dedicarnos a contar los pueblos y tras cada intento nos saldrá un número diferente. Bajo nuestros pies se extiende Vigo, disperso entre los prados. Allá queda San Martín de Castañeda, con el monasterio destacando entre los demás edificios. Más lejos, en otras direcciones: Ribadelago, Pedrazales, Galende, El Puente, Trefacio, Coso, Rábano, San Justo, Puebla… En las laderas del Sierro de San Juan, las múltiples localidades del municipio de Robleda-Cervantes se engarzan unas con otras. Y luego, en lontananza, tras el embalse de Cernadilla, asoma la Sierra de la Culebra, con Peña Mira como seña inconfundible. Muy detrás se divisan las penillanuras alistanas y amplios espacios portugueses, difuminados por brumas y calimas. Hacia el oriente, tras La Requejada, se muestra el piedemonte de la gran comarca de La Carballeda y muy allá la planicie inmensa e imprecisa de la Tierra de Campos.


Conveniente es quedarnos largo rato, pero en algún momento hay que iniciar el retorno. Ya de vuelta, bajamos en un primer trecho por el mismo camino por donde llegamos. Desde las antes citadas Peñas del Campo, desde el cruce allí existente, tiramos por el ramal de frente. Algunas centenas de metros después abandonamos la pista bien marcada para seguir las roderas de las máquinas forestales. Nos precipitamos directamente cuesta abajo por unos espacios que debieron ser los de una antigua cañada ganadera. Allá por el medio topamos con la llamativa "torreciella" de Llamas del Campo. Es un pináculo creado con piedras asentadas en seco, ingeniosamente colocadas y con la suficiente solidez como para resistir los embates de borrascas y tormentas. De lejos evoca la silueta de una persona. Nos cuentan que este hito, al igual que otros similares, se construyó, y se mantiene, para ahuyentar a los lobos.


En niveles inferiores topamos con un camino que cruza transversal. Con alivio accedemos por él hacia la derecha en dirección de nuevo al pueblo. Ya cerca de las casas, en las diversas bifurcaciones que surgen, siempre tomaremos el ramal más inferior, para regresar al fin al casco urbano por el barrio de Lagarejos.

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