Rutas y excursiones

Al pino de Gema (Tierra del Vino)

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Gema - Zamora

Por encima de toda la fronda arbórea emerge con tremenda potencia el pino que venimos buscando. Para llegar hasta su base hemos de introducirnos entre la arboleda, aprovechando las múltiples sendas creadas por los rebaños de ovejas que pastan por al

En tiempos pasados la localidad de Gema fue el centro de una pequeña jurisdicción que a su vez integró a las contiguas poblaciones de Cuelgamures, El Piñero, Jambrina y La Mañana. Se sabe que en el año 1144 el monarca Alfonso VII donó al obispo zamorano la iglesia de San Martín de Gema y quizás toda la villa. Pero esa dependencia episcopal no fue muy duradera, pues Alfonso IX, en 1210 se hizo de nuevo con su posesión. Más tarde, ya en el siglo XVI, esta villa y su tierra pertenecieron señorialmente de los Acuña. A esa familia pasó por la cesión que realizó el contador mayor de Juan II, Alonso Pérez de Vivero, a Enrique Acuña, a cambio de Villalaba, que era de su propiedad.
Pero mucho antes de todo lo citado, ya existió vida humana en estos parajes. En ciertos cerros bien cercanos, integrados en el vecino término de Casaseca de las Chanas, se ubicó el poblado de Las Pozas. Este enclave, habitado en el periodo Calcolítico, ha sido estudiado minuciosamente y tomado como referencia para la arqueología de aquella época en la mitad septentrional de la península. Abajo, bien próximo, sobre los solares actualmente ocupados por el cementerio local y otros inmediatos, se ubicó una importante villa romana, de la cual aparecen vestigios dispersos al arar, sobre todo  fragmentos de cerámica. Estamos, por lo tanto, sobre parajes de muy larga historia.
En nuestros días hallamos un entrañable núcleo urbano, ubicado en un enclave fecundo y grato. Ocupa la parte central del valle recorrido por el arroyo Ojuelo o Aribayos, curso modesto junto al cual prosperan frondosas alamedas y son posibles algunos regadíos. Las calles locales, bastante irregulares y laberínticas, se acomodan en una suave cuesta. Al deambular por ellas descubriremos la existencia de numerosas casas tradicionales, construidas con la dorada piedra que se extrajo de canteras cercanas. Algunas poseen interesantes estructuras arquitectónicas, como porches abovedados ante la puerta, trazados con arcos carpaneles, o complejas cornisas enmarcando balcones y  ventanas. Entre los motivos estéticos que se utilizaron hallamos recuadros, florones y las efectistas ruedas de radios curvos. Una vivienda destaca sobre las demás, ya que muestra más denso ornamento, con bandas de tipo vegetal y geométrico, además de estilizaciones del sol y estrellas, todo fechado en el 1878.
De entre medio de los tejados emerge la iglesia parroquial. Es un templo sobrio, de tipo clásico, alzado de nueva planta a finales del siglo XVIII. Por su exterior destaca la espadaña, la cual hace algunas décadas hubo de rehacerse para corregir la peligrosa inclinación que mostraba. En el interior hallamos un recinto sumamente equilibrado, constituido por nave única, crucero y una capilla mayor semicircular. La techumbre de la cabecera es una escueta cúpula algo rebajada. Bajo ella, el retablo mayor muestra líneas barrocas. Está dotado de suntuosas columnas salomónicas y brillantes dorados. Cobija en su centro la figura de San Juan Bautista, titular de la parroquia. Curioso es que a los lados se exhiban un par de cruces de Santiago. Esos emblemas resultan extraños aquí, ya que no se tiene constancia de relación ni dependencia alguna con la Orden santiaguista que los utilizó como divisa.
Pieza heredada de épocas anteriores, de esta iglesia procede una preciosa  imagen de Cristo que se conserva en el Palacio Episcopal de Zamora. Llegó a nuestros tiempos mutilada, pero muestra muy puros sus rasgos románicos del siglo XII. Es por ello una de las esculturas de su estilo más antiguas y notables de entre las que se conservan en la provincia. Dada su excepcionalidad fue mostrada en la exposición zamorana de Las Edades del Hombre.
Un corto paseo por el viejo camino que antaño comunicaba con Casaseca de las Chanas y con la capital nos permite llegar hasta el vetusto puente sobre el arroyo Ojuelo. Se ha afirmado de él que es obra romana y quizás pudiera haber tenido esos orígenes dada su proximidad con los solares sobre los que se emplazó la villa de aquella época antes citada. No hay duda que estamos ante una estructura secular, pero se tienen noticias de diversos proyectos de consolidación y restauraciones completas. En nuestros  días su fábrica está bastante aterrada. Muestra exentos dos arcos, intuyéndose un tercero cegado. Los apoyos son pilas provistas de tajamares agudos, con los sillares muy removidos. Su contemplación es dificultosa dada la densa vegetación de cañaverales y juncos que crecen en el cauce.  Después de estar aquí el rato que precisemos, hemos de volver hasta el pueblo, pues el itinerario que vamos a realizar se dirige justo hacia el otro extremo del término. Partimos hacia el sur por una calle, llamada del Tejar, que arranca de cerca de la iglesia y deja a la derecha y en alto los edificios del grupo escolar. Empalmamos así de frente con un camino que sigue derecho en dirección sureste. En un primer tramo avanzamos por una zona relativamente llana, para iniciar después el ascenso hacia los cuestos que cierran el horizonte por ese lado. Ya bastante arriba dejamos a mano izquierda una finca de recreo bien cuidada. Un poco más en alto pasamos al lado de la fuente de San Gregorio. El agua, fresca y límpida, brota por un sonoro caño, remansándose a continuación en diversos abrevaderos escalonados y al final en una cuadrada pila de lavar. Tras una frondosa junquera, algo más abajo se acondicionaron otros pilones más. El manantial surge por debajo del estrato de arenisca que asoma al lado mismo, originando un fresco rincón, muy grato y apacible.
Subidos en la peña inmediata divisamos amplísimas panorámicas. Gema queda a los pies, amparado por las alamedas que forman una pantalla verde protectora. Por detrás se divisan Casaseca de las Chanas, Pontejos, Morales, Arcenillas, Moraleja…, innumerables parcelas de repetitivas formas geométricas y a lo lejos la vega del Duero, con Zamora como referencia y centro indiscutible. Mucho más allá, las montañas sanabresas se presentan como lejanas  y oscuras manchas de formas ondulantes.
Al final del repecho, arriba del todo, nos introducimos en una amplia rasa, sin límites ni horizontes que corten las miradas. Hallamos a un lado una viña, solitario ejemplo de las muchas que antaño se extendieron por estos pagos. Alguna otra veremos más adelante. Bajamos levemente para volver a subir después. Tras despreciar los diversos ramales que parten por ambas manos, penetramos ahora en una profunda y recóndita vaguada. Por sus fondos discurre el arroyo de Valdenillas. Es un modesto cauce acuático, sólo activo en épocas de lluvias, pero origina una apreciable cinta húmeda. En ella prosperan diversos chopos autóctonos, altos y esbeltos como cipreses. Subimos de nuevo, hasta coronar otra vez la planicie. Si nuestra visita coincide con la primavera, en los lindones y en las diversas fincas donde no utilizan herbicidas, prosperan numerosas amapolas. El espectáculo de color que generan provoca una intensísima sensación de belleza, una escena de las más hermosas que la naturaleza es capaz de presentar en nuestras tierras. Eso sí, fugaz, pues dura sólo unas pocas jornadas.
Seguimos avanzando y en los diversos empalmes siempre hemos de tomar la pista de la izquierda. Así vamos girando paulatinamente hasta orientarnos hacia el norte. Topamos al fin con una extensa masa boscosa. Ya desde lejos, por encima de toda la fronda arbórea hemos visto emerger con tremenda potencia el pino que venimos buscando. Para llegar hasta su base hemos de introducirnos entre la arboleda, aprovechando las múltiples sendas creadas por los rebaños de ovejas que pastan por allí. Dominan las encinas, muchas jóvenes pero otras destacables ya por su grosor y envergadura. Entre tanto chaparral sorprende la soledad del pino piñonero pues, además de impactar por sus gigantescas dimensiones, es ejemplar único. Ha de ser sin duda centenario y muestra una rotunda pujanza. Su tronco se alza recio y fuerte, dividiéndose arriba en poderosas ramas que sujetan una copa enorme, con forma casi perfecta de sombrilla. Parece un guardián vigilante y protector que oteara el horizonte en previsión de algún peligro y a la vez tendiera su tutela a los seres que se aprietan junto a él. Pasma su potencia vegetal, ese vigor irreductible que le hace aparecer estoico e inmutable frente a las agresiones meteorológicas. A su sombra, nosotros mismos vamos a sentir su amparo, pues el alma parece aliviarse de las tribulaciones que le atenazan.
Intriga quién pudo plantarlo o de dónde pudo venir la semilla de la que brotó. No existe próximo ningún pinar. El ubicado en las cuestas del visible cerro del Monruelo es más joven. Se nos ocurre que, al quedar estos espacios tangentes con la dehesa de Valdemimbre y estar en la dirección que podían seguir los moradores de ese latifundio para acudir a Zamora, pudieron haber sido los caballeros de la Orden de San Juan, sus dueños seculares, los que dejaran caer el piñón generador. Pero todo eso es sólo una  conjetura imposible de comprobar.
Al llegar el momento del retorno hemos de buscar de nuevo la pista que dejamos. Descendemos por ella en dirección norte, para reencontrarnos otra vez con el arroyo de Valdenillas. Desde esta parte de la ruta divisamos en todo su dominio el poderoso cerro del Viso, exento y altivo. Apreciamos su carácter de bastión orográfico. Por ello no sorprende que pudiera haber acogido la gran ciudad de Arbocala, atacada por Aníbal. Ahora son las antenas de telecomunicaciones las que campean desde su cumbre. Nosotros viramos hacia el otro lado. Pasamos la cadena de cerros por una especie de boquete que se abre junto al otero denominado La Portilla. Más adelante penetramos de nuevo en tierras despejadas desde las que vuelve a dominarse el pueblo. Orientados por él, empalmamos con el camino designado tradicionalmente como de la Chinela y lo seguimos. Un último tramo está asfaltado y aprovechándolo pasamos cerca del cementerio. La meta final es el rincón donde se halla la antigua fuente mayor. Los pilones están llenos, pero los caños ya no vierten. Por ello añoramos el murmullo de antaño, aquel chapoteo de los chorros al caer.

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