Rutas y excursiones

Trochas del Teso Santo en Luelmo (Sayago)

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Luelmo - Zamora

Distancia desde Zamora: 49 km. Longitud total del trayecto: 8 km.  Tiempo aproximado: 2 horas y media. Dificultad: Baja (tramos campo a través).

Detalles de interés: Cerro significativo, panorámicas grandiosas, monumentos religiosos, cementerio singular, arquitectura popular, fuentes y lagunas tradicionale.

 

Al viajar por la llanada sayaguesa siéntese el peso de su tiránica horizontalidad. Hay que llegar a sus bordes para descubrir una orografía quebrada, allí donde las cuestas se precipitan hacia los tremendos barrancos de Los Arribes. Por el resto de la comarca únicamente hallamos vaguadas suaves por las que discurren las riveras que recogen la escorrentía. Pero la desnudez común de la planicie queda atemperada por una notable riqueza forestal. Hacia todos los puntos cardinales las miradas quedan constreñidas por los árboles, los cuales impiden la percepción de panorámicas dilatadas. Al cruzar por cualquier camino o carretera se tiene la sensación de deambular perdidos, desamparados en una inmensa extensión boscosa carente de límites. A veces siéntese la urgencia de ascender en búsqueda de un escape visual, pero esa liberación solo es posible en los escasos cerros existentes. Pocos son esos puntos, pero siempre se percibieron como enclaves singulares. Desde antiguo debieron de utilizarlos a modo de santuarios espontáneos, cristianizados después con ermitas en sus cumbres.


Vamos nosotros en búsqueda de uno de esos lugares, el llamado Teso Santo, ubicado en el término de Luelmo. Para buscar su ruta, llegados al pueblo, hemos de acudir hasta el Barrio de las Eras, pues desde allí parte el camino que nos lleva hasta él. Salimos a los campos abiertos donde antaño se trillaba y que son los que dan nombre a ese distrito. Al momento de dejar atrás las casas nos encontramos con una bifurcación, en la que hemos de optar por el ramal de la derecha. Un poco más adelante salvaremos el lecho casi siempre seco de un regato por un puente hecho con tubos. Este cauce viene a ser la cabecera del más adelante llamado arroyo de los Molinos. Dejamos a un lado un pilón de cemento y no muy lejos una fuente, cuya laguna aneja suele estar vacía. El manantial se protege con gruesos lanchones que sombrean el pozo en el que se acumula el agua. Para permitir abrevar los ganados existen tres rudimentarias pilas, vaciadas en bloques pétreos de granito. A su lado, yace un modesto lavadero, similar a los otros depósitos aunque mejor tallado y más capaz. Todos esos cuencos debían de llenarse sacando el agua con cubos o herradas.


Nos introducimos ahora entre las fincas y las paredes que las protegen. Para no entorpecer las labores agrícolas, los árboles que por allí prosperan, mayormente robles, quedaron relegados a los bordes, formando imperfectas hileras. Entre los ejemplares que vamos dejando atrás hallamos algunos viejos y corpulentos, sin duda centenarios. En todo momento hemos de seguir el camino más transitado, el cual marca casi con estricta exactitud un trazado hacia el mediodía. En una bifurcación, que puede resultar equívoca, debemos tomar el ramal de la izquierda. Aunque desde muy atrás hemos venido subiendo, es ahora cuando la cuesta se encrespa, si bien nunca con rampas acusadas. Fue esta zona la aprovechada para viñas, pues aún permanecen algunas, un tanto asilvestradas en nuestros días.


Salimos de nuevo a espacios comunales, abiertos a orillas de un pequeño collado. A media cuesta topamos con un depósito de cemento abandonado y decrépito, que apenas asoma del suelo. Está rodeado por una alambrada, tendida para que no penetren personas ni ganados. Al amparo de esa cerca prosperan con pujanza las zarzas y los escaramujos. Casi al fin del repecho llegamos a la laguna del Geijo. Descubrimos un remanso acuático relativamente amplio, una especie de girón azul rodeado por un corto cerco de junqueras. Aunque antaño ya existió allí una pequeña charca, la balsa actual se potenció al extraer grava de esos espacios, sin duda para aprovecharla como zahorra. Testimonio de esa pretérita explotación aún se notan ciertas irregularidades en el suelo y los arañazos de las palas sobre el terreno.


Desde aquí queda cerca el Teso Santo que elegimos como meta. Aunque existe un camino que parte desde más abajo, nosotros ascendemos hasta su cima campo a través, por el borde de la parcela contigua que aún se siembra. Una vez arriba comprobamos con sorpresa el gran dominio visual que se percibe. Asomados desde una piedra oportuna o apoyados en el esquelético vértice geodésico allí plantado, nos sentimos transportados a un ventajoso mirador. Bajo nuestros pies se extiende la planicie moteada de árboles. Luelmo se ubica a media distancia, con sus casas dispersas en barrios diseminados. Hacia el oeste se divisa Monumenta, quedando Villamor de la Ladre mansamente recostado al mediodía. Un manchón oscuro turba el paisaje cerca de esa última localidad. Es un campo de placas solares que ocupa una considerable extensión. Si el día es claro, hacia el norte se alcanza a ver la sierra de la Culebra y por detrás de ella la más agreste de la Cabrera. Virando al sur, las sierras de la Peña de Francia y de Béjar asoman airosas a modo de desportillado almenaje. Hacia el poniente, el emblemático Teso Forcao es ya de tierras portuguesas. Atendiendo a detalles, un parpadeo blanco sobre el cerro frontero es la ermita de Santa Ana de Monumenta y avizorando en la lejanía, sabiendo su situación, se divisa impreciso el santuario de la Virgen de la Luz.


En la contigua ladera de la sombría prospera una mata de árboles singulares cuya especie no sabemos distinguir con precisión. Posiblemente sean perales bravíos, de hojas lustrosas y redondeadas. Satisfecha la curiosidad visual, elevada el alma por la grandeza panorámica, hemos de saber que el nombre del cerro proviene de la existencia sobre él de una ermita dedicada a los santos Gregorio y Sebastián, derribada hace mucho tiempo, siglos ya.
Descendemos desde allí por el oeste, para penetrar en un valle despejado que se abre hacia ese lateral. Después de caminar largo trecho por zona desnuda, sorteando los cardos que han arraigado en espacios que se sembraron periódicamente, llegamos al borde de una laguna ya entrevista desde arriba. Es un amplio cuenco artificial que ha de recibir las aguas de la fuente de la Devesa, situada un poco por encima. Este manantial, al igual que el otro que anteriormente conocimos, consta de un pozo cuadrado forrado de piedra y cubierto con sólidos lastrones. También aquí se colocaron alrededor diversas pilas, nueve contamos ahora, para distribuir por ellas las raciones de agua a los rebaños. Las hallamos bastante separadas, con intenciones de que no se apelotonen las reses, sobre todo las ovejas, cuando acuden, ciegas por la sed, en los tórridos atardeceres veraniegos. En los días comunes, al aproximarse sorprende un intenso chapoteo. Lo producen las numerosas ranas que allí viven al saltar presurosas dentro de la fuente tras notar nuestra presencia.


Cruza por mitad de la pradera un camino tradicional que fue el enlace directo con el cercano Villamor. Aprovechando su presencia por él retornamos al pueblo. Antes de llegar a las primeras casas dejamos atrás un espacio erizado de rocas. Quizás alguna de ellas sea la Peña del Querque señalada en los mapas. Se nota la acción humana en tal pedriza, pues ciertos cortes y roturas testifican su aprovechamiento como cantera. Más adelante, para salvar el ya conocido arroyo de los Molinos existe un puente tradicional, con tres ojos adintelados. Tras él penetramos de nuevo en el casco urbano. Los hacemos por la calle Portillas de Abajo. Allí nos sorprende una casa de nueva construcción noblemente realizada en piedra. Está destinada a establecimiento hostelero rural, el cual, por su aspecto, ha de ser magnífico. En los edificios que forman este barrio hallamos detalles arquitectónicos interesantes. Una de las viviendas posee un vano, que fue puerta, decorado en sus jambas y en el dintel con rehundidos y estrías bien cincelados. Casi en frente, en una pared ahora en ruinas, veremos los sillares descolocados de otra estructura gemela. Un poco más allá, sobre una de las tenadas se acondicionó un modesto palomar. Al otro lado, de la irregular superficie de una vieja pared asoman diversas piedras, dispuestas para sujetar el sinuoso y retorcido tallo de una parra, ahora desaparecida.


En un rincón junto a la carretera de Monumenta se emplaza la Fuente Concejo. Es una recia construcción tramada con sillarones graníticos desiguales pero bien tallados. Posee una bóveda de medio cañón muy sólida, reforzada en su exterior con un tejado a doble vertiente. Tres gruesos pináculos por encima de su boca agregan cierta gentileza. De sus orígenes, se ha afirmado que procede de época romana, aunque posiblemente sea muy posterior.  


Siguiendo por la cinta asfaltada llegamos hasta las proximidades de la iglesia. En la plaza que se abre por delante de su campanario se alza un hermoso crucero, un tanto arrinconado ahora, con el pedestal decorado con rosetas y ruedas solares. Otro casi gemelo está colocado entre los arbustos frente a la puerta del templo. Centrando ahora la atención sobre el recinto religioso, atrae sobremanera la espadaña, recia y esbelta al mismo tiempo, enriquecida con hermosas espirales y con el pináculo de la cúspide bien elaborado, repuesto después de haber sido abatido por un vendaval. Los orígenes de este templo son muy antiguos, ya que al observar los muros apreciamos ciertos retazos románicos, coronados por unos pocos canecillos. En el interior aún resisten grandes arcos fajones, apuntados, sobre los que carga la techumbre leñosa. Como principal riqueza, el retablo mayor es una magnífica pieza barroca.


Otro monumento religioso existe en el pueblo. Se halla en la zona baja, antes del Barrio de las Eras. Es la ermita de Santa Catalina a la que se le adosa el cementerio local. El oratorio descuella por sus grandes dimensiones, creado, o al menos ampliado, en el siglo XVIII ya que sobre la clave de la puerta se lee una inscripción que señala que la obra se hizo siendo cura don Pedro Gavilán en el año 1732 o 1739. Muy notable es la tapia que cierra el camposanto anejo. Aparte de su cuidado aparejo, con grandes puntales pétreos, en el coronamiento se colocaron diversos pináculos, un crucero y la pareja de famosas estatuas de mujeres dolientes denominadas Las Lloronas. Es con todo ello uno de los cementerios más notables y singulares de todos los existentes en la provincia. Pena es que para las necesidades actuales resulte demasiado angosto. 

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