Rutas y excursiones

Desde Espadañedo a los Corralones (La Carballeda)

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Espadañedo - Zamora

Los vestigios de una mina de oro romana todavía son reconocibles en una pequeña meseta donde aún quedan restos de piedras de una muralla y un asentamiento de los siglos I y II

Distancia desde Zamora: 98 km por Puebla
Longitud total del trayecto: 6 km
Tiempo aproximado: 2 horas
Dificultad: Media (sin sendas claras en un tramo)
Detalles de interés: Enclave arqueológico, asentamiento ancestral, evocación legendaria, arquitectura tradicional, monumentos religiosos, bosques frondosos

De entre los numerosos enclaves de interés arqueológico que existen en nuestra provincia, el lugar denominado los Corralones de Espadañedo es uno de los más notables, sorprendentes y atractivos. Según se ha de sospechar ya por su nombre se sitúa en el término de la hermosa población de Espadañedo, perteneciente a la comarca de La Carballeda. Por ello, hasta esa localidad vamos a dirigir en esta ocasión nuestros pasos, a sabiendas de que además de conocer esa ancestral huella de la actividad humana, habremos de gozar a la vez de un conjunto urbano excepcional y de un pintoresco entorno paisajístico.
Para llegar hasta allí debemos de utilizar la carretera que enlaza Palacios de Sanabria con La Bañeza, que es la única que pasa por el propio Espadañedo. Tomando como punto de partida  la ciudad de Zamora, las dos alternativas más apropiadas para alcanzar esa citada vía son el ramal que une Mombuey con Donado y el que a través de Lanseros empalma con Carbajales de la Encomienda.
Por cualquiera de esas opciones, el pueblo se presenta de improviso, disimulado por una densa masa forestal. Los primeros edificios que se divisan son dos inmuebles de carácter religioso. El uno es la melancólica ermita de la Soledad, dañada por una ruina irredenta. Muestra sus techumbres descompuestas, paredes musgosas y un recio pilar cincelado en granito sobre el que aún se sujeta, inestable, el tejado del pórtico. Dentro, visible por cualquiera de las ventanas limosneras o por los agujeros de la puerta quebrada, prospera una maleza densa y lacerante. A unas pocas decenas de metros de distancia aparece, gallarda, la iglesia parroquial. Exhíbese como un monumento firme y bien cuidado. De su exterior descuellan sus dos campanarios. El principal es una potente espadaña de tres vanos, engalanada con pequeños pináculos esquineros. Las escaleras de acceso a las troneras quedan trazadas como prolongación del muro. Para evitar que actuaran de barrera y obstaculizasen las habituales procesiones que se realizaban alrededor del templo, tal pared está taladrada con un gran arco, generándose encuadres sumamente pintorescos. El segundo campanario señalado se alza por detrás, apoyado en una de las esquinas del presbiterio. Cuenta con un solo ventanal del que cuelga un esquilón, mudo desde hace mucho tiempo, ya que carece de cadena para poder tocarlo. La puerta se abre en la fachada del mediodía, cobijada por un pórtico acogedor. Sobre su clave está cincelada la fecha de 1752 que ha de corresponder con la de las obras que dieron forma definitiva al edificio.
Si tenemos la dicha de poder admirar el interior, nos sorprenderá la cubierta leñosa de la capilla principal, con el almizate decorado con diversas series de rombos. El retablo mayor muéstrase como una deslumbrante estructura barroca. Posee planta quebrada y una compleja ornamentación. En sus diversos nichos se cobijan imágenes de épocas anteriores, algunas bastante antiguas. Pero bien pronto las miradas se concentran sobre la figura central de la Madre de Dios, conmovedora por su contenida expresión de dolor, pues sujeta el cuerpo inerte de Cristo en su regazo. Como simbólico acompañamiento, a su alrededor rinden homenaje seis angelillos que portan los evocadores símbolos de la pasión. Esta efigie de la Virgen concentra las devociones de las gentes del pueblo, a la que le dedican los ritos y cultos más sentidos. Otra pieza importante que forma parte del altar es el sagrario situado por debajo. Admiraremos en él una obra noble, renacentista, con el relieve del Salvador saliendo del sepulcro, cincelado sobre la portezuela y un apóstol de bulto entero a cada lado.
Satisfechos con la belleza artística tan intensa del templo, pasamos ahora a deambular por las diversas calles del casco urbano. Aunque existen barrios periféricos y casas dispersas, el núcleo central es bastante denso, con calles sinuosas, bien definidas, limitadas por sólidos inmuebles. Quedaremos sorprendidos por viviendas antiguas de notable calidad. Están construidas con mampostería pétrea muy bien tramada, colocada con suma precisión. Creemos recordar que al menos en tres casos poseen detalles ornamentales singulares. En una de las fachadas, sobre el recio cargadero de la puerta, se abre una pequeña ventana cuyo alfeizar simula estar sujeto por un par de columnitas con estrías helicoidales y capiteles que reproducen cabezas humanas sumamente graciosas. En el dintel tallaron una cruz con una bola como pedestal y una inscripción de dificultosa lectura en la que creemos descifrar el año 1789. El vetusto encalado que recubre la piedra complica un tanto la lectura. En otros dos inmuebles se hallan ventanas semejantes a la señalada, aunque más simples.
Tras el pausado recorrido por el pueblo, hemos de iniciar ya el itinerario hasta los enigmáticos Corralones citados. Salimos hacia el oriente y en un primer tramo podemos avanzar por el arcén de la carretera. Si nos resulta molesto el paseo por esa vía asfaltada tenemos la opción de utilizar una trocha trazada en paralelo a ella y que era la que se empleaba antaño para llegar hasta la ermita de Santa Marta, ubicada en el término contiguo de Faramontanos de la Sierra. En ella hemos de tener la precaución de desviarnos hacia la derecha en el primer empalme. A unos quinientos metros de las últimas casas, a orillas de la citada carretera existen un par de letreros que señalan el arranque de la pista que hemos de seguir. Esta ruta es conocida como camino de Gramedo, pues con ese vecino pueblo comunicaba. En un tramo marchamos entre campos despejados, eso sí, invadidos en nuestros días por pujantes escobas donde antaño se sembró centeno. Más adelante entramos en una zona de grata sombra, producida por hileras de robles emplazados en albas márgenes. Tras un bosquete más denso, utilizado por los rebaños de ovejas como sesteadero, volvemos a pasar a zona abierta. Salimos así a una generosa y amplia pradera de fina hierba. Al llegar de nuevo a los árboles aún se percibe una bifurcación, a pasar de quedar en nuestros días un tanto borrada. El carril de la izquierda fue antes el principal, pues era el que llegaba a Gramedo. El otro, más transitado ahora, tras un recodo, avanza recto hacia el sur por los pagos llamados de Urceo del Lomo para llegar hasta el bucólico y diminuto Dornillas.
En el ángulo agudo formado por ambas sendas se emplaza el sitio arqueológico de Los Corralones, camuflado entre la espesa masa boscosa que prospera sobre sus mismos solares. Unos estratégicos carteles anuncian su ubicación. Existen además oportunos paneles con la información precisa que ha de hacer más comprensible el yacimiento.
Difícil es captar una visión general del conjunto. La densa arboleda sólo consiente unas panorámicas fragmentadas. Eso sí, en la desnudez invernal, con los robles desprovistos de hojas, las perspectivas visuales se ensanchan notoriamente.
Más por la información recibida que por la propia  percepción sabremos que el enclave consta de una especie de mesetilla o corona central, limitada por un par de profundos fosos o surcos por cada lado que hacia abajo se funden entre sí. Todo el conjunto es el resultado de una agresiva explotación minera realizada en época romana entre los siglos I y II, abandonándose en el III debido a la fuerte crisis política y monetaria sufrida por entonces. Se obtuvo el oro contenido en las tierras sedimentarias aquí acumuladas, empleado para elaborar los áureos, piezas básicas del sistema monetario romano. Al igual que en las famosas minas bercianas de Las Médulas, la extracción se realizó arrojando trombas de agua sobre ciertas zonas para que arrancaran la tierra arrastrándola ladera abajo junto con el precioso metal. Éste se depositaba después al fondo de los canales de lavado al poseer mayor densidad. Los caudales acuáticos se traían desde la zona serrana por largas acequias para acumularlos en apropiados depósitos de regulación, soltándolos después por oportunas zanjas. Como desechos quedaban numerosos bloques roqueños o cantos que habían de retirarse a mano. Forman ahora llamativos amontonamientos, conocidos tradicionalmente como murias. No debió de ser muy rentable el yacimiento, pues resulta extraña la existencia de intensas huellas en este punto y su ausencia en los alrededores que a simple vista parecen de similar composición geológica.
La plataforma o mesetilla del medio estuvo delimitada en sus rebordes por una muralla pétrea, cuyos vestigios son en algunos tramos perfectamente reconocibles. Al parecer allí se debió de asentar el poblado donde residían los operarios que trabajaron en la explotación.
A pesar de la colocación de flechas que pretenden mostrar rutas más completas, esas señales no son fáciles de seguir, lo que obliga a deambular según aparecen elementos que interesen. A veces los desniveles o la maleza hacen complicado ese caminar. Aparte, hemos de conocer la aureola mítica del lugar. Un relato señala que allá en el medio había un agujero que debía de ser muy profundo. Cuando se arrojaba una piedra a su interior el ruido que producía era sumamente peculiar, ya que golpeaba sobre las hojas de un peral todo de oro, oculto allá abajo. Si descendemos hacia los llanos orientales llegaremos hasta el lecho del arroyo de la Reguera, o de las Llagas, que baja desde Faramontanos. Su cauce, aunque sufre fuertes estiajes, conserva agua en ciertos cadozos. Uno de ellos ha de ser el llamado Pozo de la Fervienza. Una leyenda tradicional señala que a él bajaban a lavar la colada las moras que vivían en Los Corralones, hermosas mujeres que huían despavoridas si eran descubiertas.
Después de haber pateado por todos los rincones y analizado los detalles, es preciso regresar. Para evitar la monotonía que supone volver por el mismo derrotero, tomaremos una ruta alternativa. Nos introducimos de lleno en la pradera que antes divisamos hacia el oeste. Caminar por allí supone deambular libremente por parajes espaciosos, pisando terrenos destinados a pastizales. Al lado quedan las choperas anejas al arroyo que por allí cruza y detrás el denso bosque de Las Majadas. Pronto hallamos un nuevo camino que nos llevará directos hasta el pueblo, al cual desembocamos justo en frente de la iglesia.    

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