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Camino de Castrotorafe desde San Cebrián de Castro

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San Cebrián de Castro - Zamora

La vida humana debió comenzar allí en tiempos muy remotos: las excavaciones arqueológicas demuestran que ya estaba poblado en el Paleolítico

La Ruta

Distancia desde Zamora: 27 km  

Longitud total del trayecto: 9 km

Tiempo aproximado: 23 horas

Dificultad: Baja (camino monótono)

Detalles de interés: desolado histórico, ruinas monumentales, castillo y murallas, paisaje singular, casco urbano notable, monumentos religiosos, blasones

Por esta vez hollaremos con nuestros pasos los solares yermos de Castrotorafe. Visitaremos así uno de los lugares históricos más impactantes de la provincia de Zamora, del cual sólo perduran melancólicas ruinas dispersas sobre un desamparado y solitario alcor.

La vida humana, ahora ausente, debió de comenzar allí en tiempos muy antiguos. Por excavaciones realizadas se ha comprobado que el enclave ya estuvo habitado en la nebulosa época del Paleolítico. Después tuvo una ocupación castreña sobre la cual, se especula, los romanos establecieron la mansión de Vicus Acuarium, al servicio de la Vía de la Plata.

Pero fue en la Edad Media, tras la reconquista de estas tierras, cuando el enclave vivió momentos de esplendor. Se piensa que Alfonso III pudo repoblar el lugar y crear sus primeras defensas, pero no hay referencias claras sobre ello. Debió instalarse allí una modesta aldea que, en el año 1129, Alfonso VII potenció su importancia con la concesión de los primeros fueros. Otras cartas forales seguirían después. Fue este monarca quien organizó su extenso alfoz y ordenó la construcción de un recio sistema defensivo. El concejo así formado englobó, además de la villa cabecera, otras siete localidades ubicadas a ambos lados del río Esla. Tras una crisis en la que el mismo rey decretó el desmantelamiento de las murallas, su hijo Fernando II apoyó decisivamente la población, pues ordenó levantar de nuevo la cerca y construir el recio castillo. La plaza fuerte así surgida pasó en 1176 a manos de la recién fundada Orden de Santiago, que estableció aquí la sede de su encomienda mayor. Con Alfonso IX favorecióse aún más la magnitud estratégica del lugar, el cual contó con un importante puente, paso principal en las comunicaciones con las tierras occidentales del reino.

En los comienzos del gobierno de Fernando III el Santo, en los tratados para la toma de posesión de la corona de León, este monarca recuperó la villa para entregársela a sus hermanas Sancha y Dulce. Años después, durante los revueltos reinados sucesivos, el fortificado bastión fue lugar de refugio y ofensiva de gentes de uno y otro bando. Los últimos hechos de armas importantes que se dieron ante sus muros transcurrieron en los momentos de la Guerra de Sucesión entre Juana la Beltraneja e Isabel la Católica. El rey Alfonso de Portugal, adalid de la primera, consiguió tomar la villa, pero no logró expugnar la fortaleza.

A partir de entonces comenzó la decadencia y fue tan acusada que el lugar llegó a despoblarse definitivamente. Se ignora el por qué de ese abandono. Se achaca a las pestes y al emponzoñamiento de las aguas del río por la maceración del lino en su curso superior. Quizás uno de los principales motivos fuera el derrumbamiento del puente que en 1787 estaba inutilizado y nunca llegó a restaurarse. Al fin, la capitalidad de la jurisdicción se trasladó a San Cebrián de Castro, antigua aldea que heredó todos los honores de la villa yerma. Quedó así Castrotorafe desierta del todo, desportillados sus muros y aprovechadas las piedras como cantera para construcciones en los pueblos contiguos. La última y emotiva residente que allí quedó fue la venerada imagen de la Virgen del Realengo, la cual recibió culto en el viejo templo parroquial, transformado en ermita. Pero también llegó la ruina a ese recinto religioso y la figura mariana encontró cobijo en San Cebrián, acomodándola con todos los honores en el nicho más notable del retablo mayor de su iglesia.

Obligado es entonces que, para visitar y conocer la zona, habremos de acudir en primer lugar a su centro actual, el ya varias veces nombrado San Cebrián de Castro. Hallaremos una localidad grande, tendida mansamente en una apacible y acogedora hondonada. Sus calles preséntase amplias y rectas, urbanizadas con esmero, a las que se asoman viviendas bien construidas, varias realzadas con blasones. Formando parte de la amplia plaza mayor, la iglesia posee una fachada sobria pero monumental, timbrada por la cruz santiaguista y con un alto remate con frontón curvo. Por detrás asoma la recia torre, aligerada con dos pisos de ventanales. En las formas que ahora vemos el templo se construyó en el siglo XIX, contando con un desahogado interior, en el que el retablo principal muéstrase como la pieza artística más valiosa. Es obra renacentista, en la que descuellan los cinco grandes relieves sobre la vida de Santiago. En su centro se venera la preciosa figura de la Virgen del Realengo, ya citada, talla probable del siglo XIII. Muestra a la Reina de los Cielos sedente, con su hijo sobre la rodilla izquierda. En su honor se celebra una emotiva fiesta el lunes de pentecostés, con procesión en la que se lleva la imagen hasta la salida del pueblo y enfilando hacia el camino de Castro, como emotivo gesto de recuerdo hacia el lugar donde antaño tuvo su santuario.

Por uno de los laterales del casco urbano discurre el arroyo de Valdeladio, el cual únicamente posee caudales en inviernos de lluvias copiosas. Junto a él se hallan hermosos enclaves, como el formado por la laguna del Choplo, en la que se reflejan los árboles que prosperan a sus orillas. Sumamente pintoresco es el viejo puente de piedra, creado con rustica mampostería de cuarcitas irregulares. Posee cinco arcos de medio punto, de tamaño decreciente, lo que condiciona una plataforma en doble rampa. Enlaza el núcleo principal de la localidad con el Arrabal situado junto a la margen derecha. Difícil es averiguar a simple vista la cronología, pero en todo caso muestra unas formas ancestrales y evocadoras, muy atractivas.

Iniciamos ya la caminata hasta el ancestral desolado de Castrotorafe, viejo corazón y capital de la jurisdicción. Para ello utilizamos el camino llamado de Castro, que antaño fue muy transitado. Al salir del pueblo pasamos el arroyo por otro puente, en este caso funcional y de cemento. Iniciamos ahora una suave cuesta, dejando a ambas manos pequeñas casetas que vienen a ser los últimos edificios de todo el trayecto. Penetramos en terrenos desnudos, desarbolados, que permiten una generosa amplitud visual. La pista es recta y bien compactada, embutida en un tramo dentro de una modesta trinchera, con matas de juncos en las cunetas. Al finalizar el repecho sigue una fuerte bajada. Pero desde allá arriba ya se divisan a lo lejos los muñones de las fortificaciones de Castrotorafe y a su derecha la silueta activa de los edificios y naves de Fontanillas. Al bajar a la contigua hondonada quedamos ascéticamente inmersos entre el terreno. Avanzamos estimulados por la visión anterior, carentes de otros motivos que amortigüen las ansias. Pasamos un primer cruce, y tras largo trecho otro segundo. Desde éste último, hacia la derecha parte el ramal hacia Fontanillas, ya bastante cercano. Atravesamos al fin la concurrida carretera de Zamora a Benavente. Corto es el sector que queda para nuestra meta, pero antes de llegar hay que disfrutar con calma del conjunto.

El viejo desolado se ubicó en una especie de mota de cumbre plana y laderas cortas pero empinadas. Quedó reforzado todo su contorno con una imponente muralla de mampostería. Resisten en pie lienzos parciales, entre brechas que acumulan en su base los escombros de sus derrumbes y todavía se aprecian algunos torreones auxiliares. A la sombra de estos muros pasa la vieja cañada ganadera de la Vizana, quizás trazada sobre la muy anterior Vía de la Plata. Un moderno miliario de granito señala con claridad su lecho. Al lado se abre la cuenca de una laguna, casi siempre seca, pero que sirvió antaño como abrevadero de los rebaños que por aquí trashumaban.

Penetramos en los espacios del propio yermo por el boquete donde se alzó la que fuera su puerta y acceso principal. Del arco que existió no quedan ningún vestigio, pero a su lado se yergue un descarnado muñón que hubo de constituir el núcleo de un cubo defensivo. Los solares antaño ocupados por las casas se distribuyen en diversas fincas que esporádicamente aún se siembran. Se aprecian numerosos fragmentos de cerámica y el cascajo disperso de las destruidas paredes. En el centro permanecen diversos retazos de lo que fue la iglesia. Robusto y poderoso aún se eleva el paredón sobre el que se apoyó el campanario, cortado a la altura de las troneras. Al lado se marca el retazo de un arco que debió de pertenecer al pórtico. Dejamos atrás un monumento conmemorativo, colocado hace escaso tiempo.
Afectados por la grandeza y desolación del paraje avanzamos hacia el noroeste, siguiendo la rodera que hacia allá cruza. Al fin, en el extremo, descubrimos las ruinas del que fuera imponente castillo, las cuales se han beneficiado de pequeñas labores de restauración. Ante esos vestigios sentimos el pesar del estado actual e imaginamos la suntuosidad del pasado. En sus salas se cobijaron aquellos freires santiaguistas, a la vez monjes y guerreros, cuyos maestres dirigieron desde aquí sus extensos dominios. También habitaron en sus estancias las que imaginamos delicadas infantas doña Sancha y doña Dulce, herederas del reino de su padre Alfonso IX. Con ellas vino a tratar, a cumplir y a agasajar su medio hermano Fernando III el Santo. Evocamos a la vez el desfile de los ejércitos y el golpear de las armaduras en los hechos bélicos sucedidos por los alrededores. Y ante aquél esplendor del pasado atribula la devastación del presente, el abandono, los despojos y una tremenda soledad.

Desde una peña contigua divisamos el inmediato curso del Esla, embalsado por la presa de Ricobayo. Si los niveles están altos sólo veremos una mansa superficie acuática. Por el contrario, en épocas de estiaje queda al descubierto el cauce natural del río, desnudo y mineral, desprovisto de la vegetación ribereña originaria. Cruza encajado entre cuestas bravas y agrestes, a modo de un gran foso protector por este lado. Junto a cuchillones rocosos naturales por los que se precipitan las corrientes, reconoceremos los destrozados vestigios del histórico puente. Quedan unas pocas pilas socavadas por las avenidas junto a otras arrumbadas del todo. A su vez permanecen los tajamares de viejas aceñas.

Tras deambular por todo el contorno, buscando los encuadres y las vistas generales más significativas, llega el momento del regreso. Ante complejas alternativas por otros caminos, al fin optamos por retornar por la misma pista por la que vinimos.

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