Rutas y excursiones

Descenso al valle del Aribayos desde Casaseca de las Chanas (Tierra del Vino)

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Casaseca de las Chanas - Zamora

El recorrido ondulado y mesetario permite conocer el yacimiento arqueológico de Las Pozas y una iglesia monumental.

Distancia desde Zamora: 40 km.
Longitud total del trayecto: 7 km.
Tiempo aproximado: 2 horas
Dificultad: Baja (buenos caminos)
Detalles de interés: Paisajes amables, casco urbano interesante, monumento religioso notable, crucero, enclave arqueológico, camino histórico, puente antiguo.

Textos y fotografías: Javier Sainz

Chano o chana, en el viejo idioma leonés, viene a significar terreno llano o planicie y esa palabra define muy bien el paraje en el que se emplaza Casaseca de las Chanas. No se sabe nada cierto sobre los orígenes del pueblo, pero podemos suponer que en un tiempo remoto se construyó allí una casa, en un enclave escaso en aguas. Dado que los suelos circundantes eran fecundos y fáciles de labrar, alrededor de esa primitiva vivienda surgieron otras hasta generar la pujante localidad que existe en nuestros días. Hasta ella acudimos en esta ocasión para realizar una amena caminata por su término.

Después de considerar las diversas opciones, buscamos la llamada calle Empedrada y a través de ella salimos del casco urbano. Dentro de esta vía contemplamos una casa que representa con bastante fidelidad la arquitectura tradicional de la zona. Cuenta con una fachada de sillería, obtenida de la dorada piedra de arenisca de la comarca. Por oportunas inscripciones sabemos que su dueño fue don Félix Pérez y que se hizo a finales del siglo XIX. Tras cerrados recodos empalmamos con el camino que nos lleva hasta el cementerio. En solares integrados en este camposanto se ubicó hasta alrededor de 1975 una modesta ermita dedicada a San Pantaleón, derribada por entonces para ampliar los espacios útiles para tumbas. De ella se trasladó a la parroquia una antigua imagen de Cristo en la cruz de estilo gótico. Casi invisible entre una pujante fronda arbustiva, permanece un noble crucero de piedra que santificó el atrio del desaparecido oratorio. Resulta muy austero, con una esbelta columna dórica sobre cuadrado pedestal y el signo cristiano encima recubierto de líquenes.

En la bifurcación que aquí existe, optamos por la pista de la derecha, la cual se dirige recta hacia el mediodía. Avanzamos por terrenos despejados, divididos en geométricas parcelas. Algunas de esas propiedades cuentan con pozos y buchinas, aunque ahora se dedican mayormente al cultivo de cereales. En una de ellas resisten los arcos de hierro que fueron de perdidos invernaderos y en otra quedan los suelos de cemento de alguna caseta destruida. Si volvemos la vista hacia atrás contemplaremos la hermosísima figura del pueblo. Sobre la uniforme masa de edificios civiles, mansamente agarrados a la tierra, emerge con tremenda esbeltez la iglesia parroquial, cual si fuera un celoso guardián o atento centinela. Destaca por su cabecera poligonal, recia y poderosa, consolidada por robustos contrafuertes esquineros. Se genera así uno de los conjuntos urbanos más sorprendentes y pintorescos de la provincia. La mara- ña de tendidos eléctricos y las naves pecuarias o industriales del entorno obstaculizan una armónica contemplación pero no interrumpen ni anulan la belleza.

Caminamos en paralelo a la carretera de Fuentesaúco, cerca de ella. La pista desciende a una pequeña y recogida vaguada en la que menguan los horizontes. Perdura en esta zona una solitaria viña, vestigio del tiempo en el que prácticamente todo el término local era un extenso majuelo. Por allí, hacia la izquierda, se ha de buscar el antiguo desolado de Aribayos o Ariballos. Se sabe que quedó yermo hacia el año 1611. Tiempo después la Real Hacienda se lo vendió a don Ambrosio Mayoral, hermano de don Andrés Mayoral, arzobispo de Valencia. De ese perdido lugar toma nombre el arroyo hasta el que vamos a llegar, a su vez también denominado Ojuelo, de Bamba o de Valparaíso. Tras ascender de nuevo, en la cima de una modesta colina que se asoma ya hacia el contiguo valle, se asienta el famoso y reconocido yacimiento arqueológico calcolítico de Las Pozas. Su núcleo ocupó los espacios existentes entre el propio camino por el que venimos y la cercana carretera, sobrepasándolos a su vez. En nuestros días y en superficie apenas se notan círculos confusos de tierra algo más negra, que corresponden con los fondos de las perdidas cabañas. Forman parte de las actuales fincas, pero sólo llegan a apreciarse cuando están desprovistas de vegetación. A lo largo de dos minuciosas excavaciones, realizadas en los años 1979 y 1987, se reveló la pretérita existencia de un complejo poblado, defendido por fosos. Lo habitaron gentes de una sociedad ya evolucionada, dedicada a la agricultura. En esas catas aparecieron fragmentos de cerámica, tanto lisa como decorada, objetos de


hueso, puntas de flecha líticas, herramientas de cobre… que testimonian su ocupación durante un largo periodo que abarca desde el 3400 hasta el 2300 antes de Cristo. La trascendencia de las investigaciones realizadas es esencial para el conocimiento de la Prehistoria de nuestras tierras. Por ello, este paraje se ha tomado como modelo y referencia para el estudio comparativo de yacimientos semejantes en la Meseta del Duero. Ante la incógnita de por qué a este lugar se le llama Las Pozas, nos señalan que en la ladera, antaño, existían unos minúsculos manantiales, cuyos aportes se recogían en ciertas balsas, aprovechadas para el riego. Iniciamos ahora el descenso hacia la vaguada recorrida por el arroyo de Aribayos. Desde arriba gozamos de hermosas panorámicas. El valle se muestra más húmedo y verde que los cerros inmediatos, con extensos prados ocupados parcialmente por choperas. Más allá asoman los tejados de Gema, pueblo inmediato, al que pertenecen gran parte de esos pagos inferiores. El camino por el que hemos llegado empalma abajo con otro transversal en el punto donde se marcan las lindes de entre términos. Nosotros viramos hacia la izquierda, por una ruta que aunque ya pertenece a Gema, las lindes con Casaseca van por su arcén septentrional. Tras avanzar por ahí unos escasos trescientos metros, llegamos al cruce con la vieja calzada que se dirigía a Zamora. Hacia el norte ya no es practicable, inutilizada con la concentración parcelaria. Aún así todavía se aprecia parcialmente, pues pasaba por una profunda trinchera generada por la erosión secular.

Se fue formando por el incesante tránsito de carros y bestias, aliado con las lluvias que fueron desgastando el terreno. No en vano a este tramo se le denominó el Camino Hondo. Pero hacia el otro lado, hacia el valle, la senda se mantiene. Nos desviamos por ella para conocer el ancestral puente con el que salva el curso del arroyo. Tradicionalmente se ha venido afirmando que es obra romana, aunque queda constancia de reparaciones profundas en diversas épocas. Ahora veremos un paso formado por cinco arcos de los cuales el central tiene mayor luz. Como apoyos dispone de pilas protegidas con tajamares enfrentados a las corrientes y contrafuertes hacia el otro lado. Todo se halla en nuestros días muy aterrado, habiéndose beneficiado recientemente de una necesaria restauración, quizás excesiva, pues ha borrado en parte su aspecto secular. Regresamos de nuevo al camino anterior y seguimos por él hacia el noreste. Existe a media cuesta una densa alameda de la que baja un regatillo, seña de la existencia de un manantial que hace posible la frondosidad arbórea. Llegamos a un complejo cruce que a su vez coincide con el punto de convergencia de los términos de Moraleja, Gema y Casaseca. Allí, al lado quedan los muros de tapial, casi abatidos, del llamado Corral de Leocadia, un encerradero de ganados abandonado hace mucho tiempo. Nosotros subimos junto a él, retornando a la planicie superior.

Ya arriba, bordeamos un pequeño y joven pinar y al fin vamos a dar a una más transitada pista. Con el pueblo como guía, aunque todavía lejano, nos desviamos, en sucesivos empalmes, a la izquierda primero, después a la derecha, más tarde al frente y finalmente de nuevo a la izquierda, para volver al cementerio y desde él al casco urbano. Estimulados por la monumentalidad de la iglesia, admirada en toda su magnitud desde distintos puntos del itinerario, acudimos ahora a conocerla con detalle. Aunque las calles que la rodean poseen generosos espacios, desde cerca las panorámicas siempre son parciales. Apreciaremos muros altos y austeros, reforzados por estribos poderosos, que conforman un edificio de considerables dimensiones. Destacan sobre todo las dos portadas, similares entre sí, pero más rica y decorada la meridional. Ambas constan de vano con arco de medio punto y una hornacina superior, a los que se agregan parejas de columnas, frontón superior, medallones con cabezas y otros diversos ornamentos, típicos del siglo XVI. Al acceder al interior el ánimo queda en suspenso. La grandeza entrevista se convierte en osadía. Hallamos tres amplias naves, separadas entre sí por tandas de valientes arcos carpaneles, dos a cada lado, apoyados en nobles columnas estriadas. Tales elementos de soporte no cortan los espacios, originándose un recinto unitario de notable prestancia estética. Las techumbres son leñosas, excepto las del baptisterio y sobrecoro, de crucería estrellada y la de la capilla mayor, ahora rasa, pero que poseyó bóveda que desmontaron por amenaza de derrumbe. El retablo principal es una admirable estructura renacentista, obra del escultor Juan Ruiz de Zumeta. Consta de tres cuerpos, con cinco calles y ático superior. En ellas se cobijan complejos relieves y esculturas exentas, ideados en un estilo romanista solemne y gesticulante. Los cuatro retablos laterales, barrocos, son también muy hermosos. Destacan por lo osado de su dise- ño y por la abigarrada ornamentación que rellena sus elementos. Además de lo señalado, es preciso destacar dos crucificados góticos. Uno procede de la citada ermita de San Pantaleón, colocado ahora junto a la pila bautismal. El otro recibe culto en la llamada capilla de San Ildefonso, pero estuvo en el ático del retablo mayor. Se subió allá al bajar al originario, al cual se le llamó del Amparo y se le dedicó el altar del evangelio. En las últimas restauraciones todo se ha dispuesto como lo proyectaron en un principio.

De nuevo en la calle, conviene llegar ahora a la Plaza Mayor. Es un espacio grato y ameno, de amplias dimensiones, dotado de jardines. Allí se sitúa el ayuntamiento, edificio moderno bien diseñado. También se ubica una casa con un mirador acristalado de madera. A la salida hacia Zamora construyeron en el 2005 una especie de museo abierto, el que se exhiben la gran viga de un lagar, un carro, un trillo y otros diversos utillajes.

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