Rutas y excursiones

Entre los cerros y hondonadas de Bustillo del Oro (Alfoz de Toro)

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Bustillo del Oro - Zamora

El itinerario sirve para descubrir un templo impresionante y un paisaje de llanura, amplio, que invita a la reflexión

Distancia desde Zamora: 33 km.
Longitud total del trayecto: 7 km.
Tiempo aproximado: 2 horas.
Dificultad: Baja (caminos bien trazados).
Detalles de interés: Paisajes de llanura, casco urbano notable, monumentos religiosos destacados, palomares tradicionales, laguna, pilón antiguo.

Textos y fotografías: Javier Sainz

Dentro de los confines septentrionales del Alfoz toresano, un pequeño vallejo, una minúscula depresión, proporciona al casco urbano de Bustillo del Oro un efectivo amparo. A pesar de la insignificancia orográfica de tal hondonada, al acercarnos por cualquiera de los posibles caminos las casas se nos ocultan y solo las divisamos tras superar un último repecho. Sin embargo, la existencia del pueblo se percibe desde bien lejos. La marca su monumental iglesia. Este templo, emplazado sobre solares altos, resulta visible desde largas distancias. En sus formas actuales posee un porte grandioso y una notable calidad artística. Su nave se construyó en el siglo XVI, rehaciéndose la cabecera y el crucero en el XVIII y la torre ya en el XIX. Dispuestos a percibir la intensa belleza que ofrece, acudimos presurosos hasta su puerta. A primer golpe de vista comprobamos que su exterior es funcional y sobrio, reservándose las galanuras para la intimidad. Ya dentro, nos sorprenderá la espléndida armadura leñosa que cubre la nave. Desarrolla un complejo y perfecto diseño, con formas ochavadas y tres recios tirantes apoyados en salientes zapatas. En su área central, en el llamado almizate, despliega una intrincada maraña de estrellas y entrelazos de la que cuelgan suntuosas piñas de mocárabes. Con más mesura, los dibujos se prolongan por los faldones y alcanzan el arrocabe o friso perimetral. Todo se hizo en la esplendorosa época del siglo XVI, combinando con excelsa armonía la tradición mudé- jar y las novedades renacentistas. En general y dentro de su tipo es una de las piezas más importantes de la provincia.

Tras fijar ahora las miradas en el presbiterio, la atención queda prendida en el retablo mayor. Contemplaremos de nuevo una obra admirable, también del siglo XVI, de un estilo romanista en el que impacta el porte elegante de las figuras humanas, tanto de las estatuas exentas como de las que forman parte de los diversos relieves. El conjunto en sí posee unas rígidas formas rectangulares, con siete calles, distribuidas en tres cuerpos, además de una ancha predela inferior. Dos columnas gigantes, una a cada lado, le sirven de marco. Se aprecia que la estructura originaria fue alterada al abrir en su centro el camerino donde se entroniza la imagen de la Asunción. Esa escultura, que representa a la titular, queda enaltecida por la ilusión óptica engendrada con la luz que penetra por el transparente abierto a sus espaldas.

Todo el retablo es obra de Antonio de Ribera, escultor y ensamblador asentado en Toro, relacionado, tanto estilísticamente como por enlaces familiares, con los grandes tallistas de esa ciudad, los Rueda y los Ducete, que sembraron de creaciones admirables toda la comarca. A su vez, la labor escultórica se realza con el brillo de los oros y un suave y matizado cromatismo, complementos ejecutados por doradores vallisoletanos en el año 1710.

Un elenco de altares secundarios completan la dotación artística del templo. Se adosan al crucero y paredes laterales. Todos son barrocos y descuellan por las variadas imágenes que cobijan y por una compleja ornamentación extendida por tableros y soportes.

Otro importante edificio religioso existe en el pueblo, bien es verdad que mucho más modesto en cuanto a envergadura y dimensiones que el ya contemplado. Es la ermita del Santo Cristo, situada en uno de los laterales de la Plaza Mayor. En ella se venera una impresionante escultura del Redentor clavado en la cruz, verdadero modelo de un cuerpo varonil perfecto, un tanto lacerado por el martirio. Se exhibe en un nicho encristalado, dentro de un retablo barroco realzado con hermosas columnas salomónicas cuajadas de hojarasca. Alivian su soledad las figuras de la Virgen y San Juan, pintadas sobre el tablero del fondo. Aparte, desde el ático destaca un peque- ño y emotivo cuadro de la Piedad.

A esa misma plaza se abre la sede del ayuntamiento, edificio moderno, dotado de una torrecilla angular y un largo balcón del que cuelgan las banderas. Una fuente ornamental, algún arbolillo y diversos asientos animan y rellenan los espacios libres. Una segunda plaza, con grata zona verde en el medio, existe cercana a ésta. Ambas quedan enlazadas entre sí por la calle principal, que también sirve de travesía para conectar la carretera que viene de Malva con la que se dirige a Belver de los Montes. El conjunto de casas, denso y apiñado, mantiene en gran medida la tradición heredada. En su construcción dominan el adobe y el tapial, destinándose el ladrillo para las fachadas. Las techumbres están formadas con tejas pálidas, decoloradas por el sol. En todo momento siéntese una paz campesina muy grata, suave alivio para las almas.

Tras el cúmulo de sensaciones experimentadas, diversas y complementarias entre sí, los ánimos están dispuestos para captar otras nuevas en el paseo elegido por el término local. Hemos de aclarar que se siembran todos los pagos locales y ningún retazo conserva sus formas naturales primitivas. La presión humana, unida a la fertilidad del terreno, hizo que se aprovecharan para el cultivo de cereales la totalidad de las superficies disponibles. Por ello se carece de cualquier tipo de monte y tampoco existen sotos ribereños. Dados esos caracteres nos vamos a enfrentar a una ascética desnudez, privados de cualquier vergel o floresta. El suelo, el cielo y nuestros propios pensamientos van a ser las únicas realidades. Partimos del casco urbano por la calle que sale por detrás de la ermita del Cristo. Esa rúa empalma con el camino de Pinilla, itinerario así llamado porque conectó con la vecina localidad de Pinilla de Toro. Como despedida topamos a la derecha con una voluminosa nave, alzándose a la otra mano un cerro redondo totalmente arado. En sus laderas, dentro de una pequeña parcela, resisten escuálidos arbolillos que van a ser unos de los pocos que vamos a contemplar en todo el recorrido. Junto al arcén apreciamos un cascajal, un montón de cantos redondos de cuarzo, utilizados antaño para empedrar las eras o para cimientos de nuevos edificios. Tras avanzar escasos centenares de metros, alcanzamos un primer cruce. Bien cerca se emplaza un restaurado palomar. Posee formas circulares, con muros lisos desprovistos de cualquier elemento superfluo. Sólo la puerta altera su uniformidad. Es de los de patio interior, por lo que los tejados se esconden hacia adentro. A pesar de tan escueta sencillez, su figura origina un tremendo efecto estético, acaparando necesariamente la atención.

Reanudamos la caminata, enfrentándonos a una larga cuesta arriba que nos lleva a coronar el llamado Teso de la Villa, cerro de 737 metros de altitud. Su cima queda un poco hacia el sur, marcada por un rotundo vértice geodésico, accesible solamente cuando la finca dentro de la que se halla aparece en barbecho o rastrojera. Tras superar tal repecho nos espera ahora el consiguiente descenso. A poco de iniciar el declive topamos con una segunda encrucijada en la que hemos de seguir de frente. Abajo, por los fondos, cual una línea uniforme, se marca el insignificante reguero de Catoco o Caloco. Nada más pasarlo otra vez toca subir una rampa larga y monótona por la que se accede al conocido Teso del Jarro, altozano similar al anterior y también arado por entero. Antes de coronarlo, a mano derecha, encontramos una minúscula junquera. Su existencia delata cierta humedad somera, quizás algún pequeño manantial captado ahora por un pozo moderno forrado con aros de hormigón. A su vez, por las lindes del camino, en primavera, además de las habituales amapolas hallamos otras flores menos comunes. Ciertamente hermosas resultan las de lino azul, grandes y delicadas.

Más allá se abre una nueva vaguada, drenada por el regato del Juncal. Sin embargo nosotros solo la vemos de arriba, ya que en el empalme allí existente, el tercero desde que salimos del pueblo, nos desviamos hacia la izquierda. Por breves metros penetramos en el término vecino de Abezames, retornando enseguida al propio de Bustillo. Al lado quedan los cerros de Mompodre, paraje sobre el que se asentó una ancestral población, vaccea posiblemente. Avanzamos decididos hacia el norte, en un recorrido de un kilómetro largo, para virar después por el llamado camino de Vezdemarbán. Por esa pista iniciamos el regreso hacia Bustillo. Ya en ella, a su orilla, se extiende un pradillo triangular, de suelos húmedos sin duda, brevemente sombreado con algunos arbustos y arbolillos. Apartados, pero bien visibles, resisten solitarios tres chopos. Más allá queda el paraje donde ha de brotar la llamada fuente de la Vega. La ruta es ahora acusadamente plana y monótona, por lo cual cualquier motivo que emerge del suelo adquiere intenso protagonismo. Dentro de una de las parcelas, pero cerca de su borde, se alza una caseta con una lozana higuera junto a sus muros. A larga distancia se divisa una nave pecuaria. Después, sorprende la presencia de una laguna a orillas del propio camino, una poza larga y estrecha, aparentemente profunda, rodeada de una banda de cañaverales. Los azules reflejos de sus aguas provocan insólitos contrastes con el ocre del entono y la fronda verde de un vetusto y sufrido chopo, al que, como venturosa esperanza le acompañan algunos tímidos rebrotes. Cavilando sobre los orígenes de tal depósito acuático, concluimos que hubieron de ser artificiales. Acaso fuera un barrero ahondado sucesivamente al extraer arcilla destinada a fabricar adobes y tapial. Cabe también suponer un hoyo excavado para acumular la escorrentía invernal y ser utilizado como abrevadero. La existencia de un viejo pilón, ahora seco, ubicado en la finca contigua, parece señalar este destino. Lo construyeron con largos sillares de caliza, sin duda traídos de lejos, consolidando a su vez los suelos con un cerco de cantos para evitar se formara excesivo barrizal. Pocos pasos más allá se ubica un minúsculo pinar formado por plantones muy jóvenes aún y tras él dos palomares redondos de muros corroídos por las lluvias. Otro par de ellos, en este caso cuadrados, de los cuales el uno yace en ruinas, se alzan a media distancia, hacia el norte, recortados sobre el horizonte.

Estamos ya cerca del pueblo, pues la iglesia delata su proximidad. Ese templo asoma potente tras el combo de una loma, quedando ocultos todos los demás edificios. Aparece así un encuadre paisajístico impactante a pesar de su simpleza. Solo falta coronar la propia cuesta para divisar por completo la localidad.

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