Rutas y excursiones

Hacia la rivera de la Mora desde Gáname (Sayago)

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Bermillo de Sayago - Zamora

Las ruinas de viejos molinos afloran en el camino que transcurre entre puentes y un paisaje que abre la vista

Distancia desde Zamora: 32 km.
Longitud total del trayecto: 7 km.
Tiempo aproximado: 2,30 h.
Dificultad: Baja (sin senda a través de praderas)
Detalles de interés: Paisajes abiertos, rivera pintoresca, puentes tradicionales, ruinas de molinos, crucero, casco urbano notable, monumento religioso.


Textos y fotografías: Javier Sainz

El paisaje que divisamos al viajar por las carreteras que cruzan el término de Gáname resulta llano y monó- tono. Sin embargo esa impresión inicial de planicie, aunque cierta, sólo es parcial, pues existen enclaves dotados de una orografía accidentada en los que la naturaleza se muestra multiforme y pintoresca. Uno de esos rincones, acaso el más espléndido, es el vallejo por el que discurre la rivera de la Mora, el curso acuático local más importante. Hacia él dirigimos nuestros pasos, dejando para más tarde un recorrido pausado por el propio pueblo.

Salimos del casco urbano por la carretera que se dirige hacia Abelón. A las afueras, a mano izquierda, queda el cementerio, con su pequeña ermita aneja. Justo al otro lado arranca un camino, bien marcado entre las paredes de las cortinas, por donde vamos a continuar. En el breve espacio libre allí existente se yergue un sencillo pero hermoso crucero que actúa de espiritual y nostálgica despedida. Todo él está trabajado en duro granito, con el que se creó la habitual serie de escalones, doble pedestal cúbico y un escueto signo cristiano cuya figura campea airosa y firme sobre el entorno. A pesar de su sobriedad hubo impulsos para ciertas galanuras ornamentales. Cincelaron así, los dibujos de un cuadrado, un rombo y un redondel, metidos dentro unos de otros, repetidos en todas las caras del podio mayor.

Después de avanzar un trecho, en la primera bifurcación a la que llegamos torcemos por el ramal de la izquierda. Tras una corta y suave bajada se extiende ante nosotros la pradera drenada por el llamado regato de Valdesapos. A finales del invierno y a lo largo de la primavera corre por allí un hilillo de agua límpida que genera una cinta de verdor. A su vez colmata ciertos remansos en los que se reflejan las peñas circundantes. Al ser toda la zona terreno comunal, caminamos libremente, sin cercas ni alambradas que compliquen nuestra marcha. Nos dirigimos hacia el norte hasta alcanzar el paraje en el que el lecho que nos sirve como guía desemboca en la más importante rivera de la Mora. Los caudales que aporta este nuevo cauce son bastante más copiosos, recogidos de una amplia cuenca que abarca gran parte de las tierras del vecino pueblo de Fresnadillo. Giramos ahora hacia el oriente para seguir la dirección de las aguas. Los espacios de pradera se abren mucho más, asomando pintorescos berruecos graníticos redondeados por la erosión. Los suelos que pisamos poseen escaso desnivel, formándose cerrados meandros, oscuros cadozos y pozas aisladas. Por allí se sitúa el puente del Pilo, apoyado en uno de sus extremos sobre un sólido lastrón. Es una rústica pasarela de media docena de vanos, trazada en leve curva y con una plataforma formada por lanchones irregulares que obligan a fijarnos en todo momento donde ponemos los pies. A pesar de su rudeza resulta ser una obra magnífica, un buen ejemplo del trabajo realizado por los propios vecinos para su uso comunal. Hacia el norte, bien a la vista, sorprende una singular piedra caballera, un bolón granítico subido sobre otro bloque inferior, en un equilibrio aparentemente inestable.

Medio kilómetro más adelante llegamos al puente de los Hornos, denominado así por el pago inmediato en el que nos dicen que existieron ese tipo de estructuras, cuya función desconocemos. Posee mayor longitud que el otro, aunque menos envergadura, y se prolonga en sus extremos con hileras de pontones. Debido a sus limitaciones, pues su uso sólo es posible para peatones, pocas decenas de metros más abajo tendieron otro paso mucho más capaz, apto para el tránsito con carros y el cruce de los rebaños. Dado que fue mandado construir por un sacerdote conocido como Cañete, se le llama el puente del Cura. Ese religioso dejó un vivo recuerdo entre las gentes del pueblo. Por sus formas tal pasarela repite los caracteres tradicionales, pero dispone de mayor capacidad de desagüe a pesar de contar con sólo dos ojos. A modo de pretil colocaron, además de otras piedras, un bloque alargado en el que cincelaron tres cuencos redondos, posiblemente una pesebrera traída de algún establo.

Tras avanzar unos pocos pasos más, el terreno se accidenta sorpresivamente. Gruesas peñas aparentan formar un imponente parapeto, pero la rivera buscó salida a través de ellas ensanchando fisuras primitivas. Si trepamos a la cumbre del roquedo gozaremos de panorámicas generales. Tanto el paraje en su conjunto, como cada una de sus partes por separado, ofrecen estampas sorprendentes. En el costado oriental se origina un pronunciado escalón por el que las aguas caen formando sucesivas cascadas. Esos saltos, aunque poseen poca caída cada uno, entre todos constituyen un conjunto bravío y atrayente. Si nuestra visita coincide con momentos de intensa escorrentía el espectáculo natural resulta admirable. A la realidad mineral del enclave se le agrega una evidente frondosidad arbórea. Agarrados a las grietas inferiores hallamos algunos fresnos, dejando para las encinas las laderas más secas. Si mantenemos cierto sigilo, es posible divisar algún galá- pago tomando el sol junto a las pozas. Aprovechando las ventajas que ofrecía el desnivel, asentados en las rocas construyeron un par de molinos, cuyas ruinas todavía se reconocen. Gran esfuerzo hubieron de realizar los operarios que realizaron el caz, ya que en gran parte está tallado en el cantil. A orillas de los muros de uno de esos molinos, como si hubieran sido posados caprichosamente, encontramos tres bolones graníticos aislados ante los que el ánimo se detiene. Parece que fueran fichas de un juego de gigantes colocadas a tresbolillo.

La vaguada a partir de aquí resulta más profunda y fragosa, con riscos enhiestos accidentando las laderas. Bien pronto llegamos a los confines del término. Una recta pared, construida con mas esmero de lo habitual, marca con precisión la raya con la dehesa de La Albañeza, gran latifundio perteneciente al término de Abelón. Antes, pero bien cerca de esa linde, divisamos una tenada ganadera sobre las cuestas septentrionales y en el lecho de la rivera un último puente, el del Madero. Para éste aprovecharon un oportuno angosto, apoyando sobre dos pertinentes rocas naturales un largo y sólido lastrón.

El curso acuático penetra en la gran finca, para unirse, lejos, con la rivera de Sogo y desaguar al fin en el río Duero en la espectacular cascada del Cadozo de los Humos, situada frente al pueblo de Villaseco. Nosotros iniciamos el regreso. Mas no lo hacemos directamente, pues descubrimos que, tras breve loma, baja un nuevo arroyo y hacia él acudimos. En los mapas lo llaman de Peña Lavar, el cual converge bien cerca con la citada rivera de la Mora. A su vez, las gentes locales lo designan como la Riverina y, a pesar del diminutivo, resulta ser curso acuá- tico bastante caudaloso, tanto, que nos dicen que también se aprovechó para accionar algún molino. La hondonada por la que discurre resulta grata y amena, pero no podemos seguirla en todo su recorrido. Un corto tramo queda cortado por varias fincas que ocupan terrenos de ambas márgenes. Al estar cerradas por una combinación de paredes y alambradas, interesa rodearlas por la derecha, aprovechando un oportuno camino. Más arriba los espacios vuelven a ser comunales y es fácil retornar hasta ellos. Descubriremos por allí otro puente más, una elemental pasarela cuyas pilas son pedruscos irregulares posados sobre las rocas que asoman del propio suelo. Debido a que sólo puede ser utilizado por las personas, bien cerca tendieron otro más ancho, que permite el paso de los ganados y quizás también con carros. Su plataforma dispone de sucesivos tríos de bloques pétreos bien encajados. El pueblo ya queda cerca, al alcance de la vista, por lo que llegar hasta él sólo es un corto paseo. Allá, hacia el sur, recortando su figura entre las copas de las encinas, divisamos un palomar cilíndrico, que a primer golpe de vista evoca la figura de una bélica atalaya. Tras penetrar en el casco urbano comprobamos que está formado por barrios dispersos. Entre medio se intercalan pequeñas y numerosas cortinas, cerradas con las típicas paredes. La arquitectura tradicional resiste sobre todo en las características portaladas, pues las viviendas antiguas han sufrido casi todas una profunda modernización. En conjunto dominan las casas de nueva hechura, de notable calidad, que armonizan sin demasiadas estridencias con la tradición heredada. A las afueras se hacen presentes grandes naves ganaderas.

La Plaza es el núcleo de la localidad. A ella se abren los edificios más significativos. De todos, la iglesia es sin duda el más notable. En sus formas actuales fue construida hacia el año 1796. Así lo señala una inscripción cincelada en su portada septentrional. Crearon un recinto formado por un poderoso presbiterio cuadrado, amplia nave y gallarda espadaña erguida sobre la fachada de occidente. Aprovecharon ciertas partes del templo anterior. La más evidente es la puerta del mediodía, formada por un arco de medio punto decorado con bolas y florones, motivos característicos de las postrimerías del gótico. Los espacios internos resultan holgados y acogedores. Sobre el presbiterio se tiende una airosa cúpula, dotada de una inscripción en la que se lee que fue construida siendo alcalde Antonio Carrascal. El retablo mayor, presidido por la imagen titular de San Miguel, muestra líneas barrocas. Del mismo estilo, pero con ornamentación más abigarrada, es uno de los laterales, ocupado por un hermoso Cristo en la cruz tallado en el siglo XVI. Existe otra escultura del Crucificado aún más valiosa, doscientos años más antigua, de fina ejecución a pesar de ciertas desproporciones anatómicas.

Contigua a la iglesia encontramos una vivienda que debió de ser la rectoral primitiva. Sobre una de sus ventanas, aparte de las llaves de San Pedro, exhibe la fecha de 1766. Al frente, en el edificio antaño sede del ayuntamiento, una lápida contiene un emotivo homenaje rendido a un maestro en el año 1989, centenario de su nacimiento. Noble recuerdo hubo de dejar ese docente para honrarle tres décadas después de cesar en su puesto. Como final, cerrando otro de los laterales de la Plaza se alza una magnífica casa cuya fachada está ocupada por una galería encristalada de madera, cuyo aspecto le da un evocador aire norteño. La aprovecharon como exteriores para el rodaje de la película «Sombras de una batalla».

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