Rutas y excursiones

Riberas del arroyo de la Coruja en Gallegos del Campo

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Gallegos del Río - Zamora

Los caudales del arroyo, que cesan en el verano, saltan rumorosos desde las diversas presas, oportunamente construidas para la molienda y el riego de los prados ribereños. Hileras de chopos y más anárquicos fresnos forman una apacible escolta. Los f

Distancia desde Zamora: 81 km


Longitud total del trayecto: 8 km


Tiempo aproximado: 3 horas

Dificultad: Media (cuesta empinada, sendas irregulares)

Detalles de interés: paisaje grandioso, restos arquitectónicos, monumento religioso, árboles centenarios, arquitectura tradicional, molinos

 

Bien sonoro y evocador es el nombre del pueblo, impuesto sin duda por los repobladores tras la Reconquista. La primera de sus palabras, Gallegos, evoca a aquellos ignotos pioneros que, en algún año de los siglos IX o X, abandonaron su Galicia natal para asentarse en este enclave. La otra, Campo, lo distingue de otros poblados homónimos. Manifiesta la situación del casco urbano, ubicado en uno de los rebordes de esa amplia y despejada planicie, denominada Campo de Aliste, tendida a los pies de la Sierra de la Culebra.


Al acceder por carretera a la localidad, conviene detenerse a su misma entrada para contemplar un grueso cilindro de granito colocado en las eras no hace mucho. Reproduce fielmente un miliario romano que, según un oportuno cartel, apareció en el cementerio local.


Tras aparcar el coche en cualquiera de los múltiples rincones posibles, hemos de dedicar un tiempo a deambular sin prisas por las diversas calles locales. Las veremos formadas por viviendas nuevas o muy modernizadas, de buena calidad, entre las que perduran edificios tradicionales, construidos con muros de piedra oscura y techumbres de pizarra.

En el mismo centro se alza la actual iglesia. Tenemos noticias de que se construyó a comienzos del siglo XX, pero sobre su puerta está marcada la fecha de 1763.


Tras caminar unos pocos pasos hacia el oeste accedemos a una acogedora plaza presidida por una cruz de madera. Un poco más adelante existe una bifurcación, en la cual tomamos la calle de la izquierda. Salimos por ella fuera del casco urbano, iniciando el trayecto campestre que teníamos proyectado. En un primer momento avanzamos por una pista con firme de hormigón, trazada entre huertos y pequeños prados.


Por aquí se llega al camposanto local, que ya señalamos aprovecha los solares de la antigua y desaparecida iglesia, terminando el firme de cemento ante su entrada.


A poco de reanudar la marcha, coronamos un oportuno collado. En la otra vertiente cambia por completo el paisaje. Ante nosotros se abre un hondón, un valle profundo y sinuoso. Al frente emerge el poderoso monte de La Mazada, sobre el cual se emplazó, ya indicamos, otro asentamiento castreño, muy perdido ahora, mucho más extenso y significativo que el señalado. Preséntase allí mismo una compleja encrucijada. De todos los ramales que surgen hemos de seguir siempre de frente, obviando uno muy marcado e importante hacia la izquierda y otros varios, menos descollantes, hacia las dos manos. Al momento iniciamos un largo descenso, faldeando suavemente por la cuesta.


A media bajada hay que prestar atención, pues surge hacia la izquierda un transitado camino y por él debemos desviarnos. Lo distinguimos bien, pues señálase más fuerte que el que sigue de frente.

Aunque vamos a remontar el valle en un trecho, nos desviamos primeramente aguas abajo para visitar los dos molinos más próximos que allí perduran.


Quisiéramos bajar más y más, pero ello alargaría en exceso la ruta programada. Por eso remontamos valle arriba, aprovechando el camino en primer lugar y sendas irregulares después. Un chapoteo mayor nos alerta de la represa desde donde se desviaron las corrientes hacia el caz molinero antes aludido. Siempre relaja y embelesa el contemplar la bucólica cascada que se origina.

Tras largo trecho llegamos a unos extensos prados cercados por paredes. Nos vuelve a suceder lo de antes; quisiéramos continuar hasta el final, pero debemos de volver al pueblo. Aprovechamos para ese retorno una vaguada lateral, con fondos de pradera, que asciende impetuosa. Como un momentáneo alivio, una disculpa para mitigar el resuello, descansamos junto a una redonda laguna acondicionada en medio del desnivel. Tras ella hay que continuar el remonte. Ya casi arriba, aprovechamos un pedregoso camino por el que empalmamos con otra pista más importante. A un lado, dentro de una finca cerrada, hallamos dos viejos castaños que sobresalen, por su fronda y su volumen, de entre la masa arbórea inmediata.


Llegamos por fin arriba del todo, al collado junto al cementerio por el que antes pasamos. Desde allí hasta el pueblo regresamos por el tramo por donde antes vinimos. Concluimos así una ruta variada y hermosa, en la que, como tantas veces, la obra humana y la naturaleza armonizan hasta formar un todo perfecto.    

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