Rutas y excursiones

Aguas abajo de Bermillo de Alba

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Bermillo de Sayago - Zamora

Una fértil y amena depresión, situada a la derecha de la carretera de Zamora a Alcañices sirve de emplazamiento al hermoso pueblo de Bermillo. Una vez entre sus casas, las hallaremos distribuidas a ambas orillas de un modesto arroyo. Tal corriente a

Distancia desde Zamora: 38 km

Longitud total del trayecto: 7 km

Tiempo aproximado: 2 horas

Dificultad: Media (hay que saltar al cruzar el río tramos campo a través)

Detalles de interés: Conjunto urbano pintoresco, monumentos religiosos, molinos y puentes, paisaje pintoresco, bosque frondoso.

 

Una fértil y amena depresión, situada a la derecha de la carretera de Zamora a Alcañices sirve de emplazamiento al hermoso pueblo de Bermillo de Alba. Para acceder hasta él, sale desde esa vía de comunicación mayor, en dirección norte, un ramal que, en poco más de un par de kilómetros, permite llegar hasta su casco urbano.


Atraídos por su gran porte, subimos hasta las proximidades de la rotunda iglesia parroquial. Tras superar la cuesta hallaremos un templo bien capaz, formado por una larga nave y un presbiterio cuadrado con las esquinas reforzadas por poderosos contrafuertes.


Un segundo edificio religioso existió en el pueblo. Fue una modesta ermita dedicada a los santos mártires, Fabián y Sebastián. Sus ruinas aún se reconocen, pues todavía resisten gran parte de los muros y una de las ventanas que dio luz a su interior.


Tras ese deambular por las calles locales nos disponernos ya a iniciar el paseo por su término. De todas las caminatas posibles optamos por acompañar las corrientes del río aguas abajo, lo más cerca posible de su curso.

Tomamos como punto de partida esa calle principal antes citada, por la cual se accede a los espacios libres que fueron de las eras. Hemos de seguir la pista que es su prolongación, tras prescindir de todos los ramales que se desvían hacia la derecha. Pasamos así por las proximidades de un viejo pilón, alimentado por un escuálido venero que se agota en los veranos. Bien cerca descendemos hacia el curso fluvial y lo atravesamos por un funcional puente.


Siguiendo el camino remontamos ahora las cuestas inmediatas, pero solo en un corto tramo. Justo en el primer recodo hemos de desviarnos por una senda que sale hacia el oriente, marcada y definida por las paredes de las diversas fincas.

Alcanzamos pronto un enclave en el que las panorámicas se engrandecen. Tras un breve repecho asoman enérgicas las peñas designadas como Los Picones, nombre bien apropiado ya que poseen formas agudas, bastante agrestes.

A mano izquierda, en zona alta y despejada se emplaza un palomar tradicional, cuadrado, con bloques de cuarzo blanco colocados sobre el remate de los muros cortavientos, cuya función es la de actuar como reclamos.


Descendemos desde aquí hasta alcanzar los fondos de la hondonada. Los hacemos justo en el lugar donde a la cuenca principal se le une una adyacente que baja del norte.


Para atravesar el cauce del citado arroyo del Forno existe un rústico puente formado con gruesos lanchones estribados sobre rústicas pilas. Bien cerca de él hallamos otro semejante, aunque algo mayor, con el que se franquea el lecho inmediato del río. Este segundo paso es conocido como La Puente de los Carros, nombre engañoso, ya que los tradicionales vehículos que sirven para nombrarlo no podían atravesar por él, dada su angostura, y lo hacían por el vado inmediato.


Continuamos por la prolongación de la senda que hasta aquí nos trajo, la cual remonta cuesta arriba hasta pasar por encima de unas peñas cortadas a pico sobre el valle. Si nos arrimamos a sus bordes descubriremos, junto a su base, las ruinas de otra factoría harinera.

Ante la disyuntiva de decidir hacia dónde vamos a seguir, optamos por bajar por campas libres hasta el propio cauce fluvial. Preséntase allí la posibilidad de cruzarlo y la aprovechamos. Una oportuna roca sirve de pasarela natural. Ya en la margen derecha, a través de las trochas marcadas por los rebaños que por ahí pastan y deambulan, subimos a media altura para ser fieles de nuevo al curso del río.


Como punto último y extremo, nosotros topamos con otra hilera de prados limitados con las habituales cercas de piedra. Por sus orillas, esquivando la maleza, subimos cuesta arriba hasta alcanzar un camino bien marcado, el principal de acceso a las fincas de esta zona. Aprovechando esa pista, a trechos sombreada por los robles y casi en línea recta, regresamos sin mayores complicaciones al pueblo. A ambos lados vamos dejando diversas parcelas que todavía se siembran, junto a otras de baldío. Como anticipo del casco urbano, cruzamos junto a los portones de amplias naves. Ellas evidencian que, en la economía local, son básicos los recursos ganaderos. 

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