Rutas y excursiones

El Monte del Real en San Pedro de Ceque

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San Pedro de Ceque - Zamora

El término de San Pedro de Ceque es uno de los más extensos de la provincia de Zamora. Engloba fecundos espacios de cultivo, quedando además amplísimas zonas de pastos y una masa forestal muy importante.

Distancia desde Zamora: 75 km

Longitud total del trayecto: 12 km

Tiempo aproximado: 3 horas

Dificultad: Baja (caminos bien marcados)

Detalles de interés: Árboles milenarios, laguna, paisaje forestal, monumentos religiosos, fuente antigua.

 

El casco urbano de San Pedro de Ceque se ubica hacia el oriente, en posición un tanto excéntrica, rodeado de las tierras más fértiles.


El núcleo edificado actual preséntase amplio y bien cuidado. Las casas han sido rehechas en su gran mayoría, apreciándose un aire de bienestar y de progreso. En el centro se sitúa una espaciosa Plaza Mayor, presidida por una artística farola. A ella se abre la modesta ermita de la Vera Cruz, rehecha por entero de nueva planta. No muy lejos se alza la iglesia, que es el monumento local más importante. Sus orígenes han de ser románicos, ya que a los lados de la puerta lateral del mediodía se hallan incrustados un par de canecillos de aquella primera obra.


Atractiva es la vieja fuente, ubicada en un rincón ya lindante con las huertas. En nuestros días se halla abandonada, seca casi de continuo. Ha perdido el manantial, captado posiblemente por algún sondeo moderno, pero conserva íntegra su obra de fábrica. Consta de un pozo cuadrado techado por una sólida bóveda de medio cañón. Su cubierta externa posee doble vertiente, impermeabilizada por grandes lanchones pétreos, bruñidos por soles e intemperies. Dadas sus formas parece obra medieval, acaso creada en tiempos de la repoblación.


Existe un tercer edificio religioso, la ermita de la Virgen de las Nieves. Es un santuario situado a las afueras, en un paraje ameno y despejado. Se accede por la carretera que comunica con Junquera. El recinto dispone de rústicas paredes de piedra, con huellas de diversas reformas y ampliaciones, y parece tener muchos siglos de existencia.


Salimos del casco urbano hacia el oeste por la carretera que enlaza con Junquera de Tera, esa misma que señalamos en la ermita de Las Nieves. Mas por esa vía asfaltada solo avanzaremos escasos cientos de metros. Nos apartamos de ella aprovechando el primer camino que sale a mano derecha.

Marchamos en primer lugar por parajes despejados, dejando a los lados diversas naves, fincas sembradas y algunas viñas. La pista es ancha y recta, con firme áspero de piedras que se pueden esquivar por los arcenes.

Tras algo más de un kilómetro aparece un nuevo grupo de tenadas ganaderas de ladrillo, junto a las ruinas de otras tradicionales de tapial. Una bifurcación inmediata puede despistar, pues el ramal correcto es el de la izquierda, el menos transitado.


Nos adentramos ya entre la espesura arbórea, contenida siempre dentro de una moderada exuberancia. No hallaremos una frondosidad opresora. Abundan ahora los robles, llegando a dominar por completo en ciertos espacios. Tras un leve descenso penetramos en una recóndita hondonada.

Debemos de atender a mano derecha, pues hacia ese costado, a poco más de un centenar de metros y un tanto disimulada, se extiende una amplia laguna que es uno de los principales atractivos de la ruta.


Después de admirar ese enclave el tiempo que precisemos, hemos de regresar a la senda antes abandonada y continuar por ella hacia adelante. Dejamos atrás el vallejo y tras coronar un repecho volvemos a descender a otra vaguada similar, más amplia que la anterior. Fluye por allí el regato del Ramajal, en el que se forman pozas transparentes en las épocas de escorrentía. Tras atravesarlo por un puente elemental de tubos de hormigón se puede acudir al llamado merendero de Pernacio. Se ubica aguas abajo, en una amena pradera y posee diversas parrillas, además de una modesta fuente.


De vuelta a la ruta principal, sólo queda una pequeña cuesta para entrar en el enclave de Las Majadas, que es el paraje al que pretendíamos acudir. Un último cartel nos informa que es allí donde se hallan los árboles milenarios. A poco que miremos, diseminados entre rebrotes más jóvenes, descubriremos vetustas encinas de troncos nudosos y deformes.


Tras el siempre tiempo corto de asombros y descubrimiento, el retorno conviene hacerlo por el mismo camino de llegada, para evitar extravíos e indecisiones. En nuestra sensibilidad llevaremos grabada una impresión profunda y emocionante, que sin duda ha de perdurar.

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