Rutas y excursiones

Desde Villalobos a la ermita de Velilla

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Villalobos - Zamora

La ruta que proponemos en esta ocasión es corta en kilómetros, pero larga, muy larga, en emociones. El propio punto de partida, Villalobos, encierra múltiples atractivos, devenidos de las brumas de la Historia. Luego, el fin, la meta, es un viejo de

Distancia desde Zamora: 60 km


Longitud total del trayecto: 6 km

Tiempo aproximado: 2 horas

Dificultad: Baja (buenos caminos)

Detalles de interés: monumentos religiosos, paraje histórico, conjunto urbano notable, paisaje despejado, blasones hidalgos

 

La ruta que proponemos en esta ocasión es corta en kilómetros, pero larga, muy larga, en emociones. El propio punto de partida, Villalobos, encierra múltiples atractivos, devenidos de las brumas de la Historia. Luego, el fin, la meta, es un viejo despoblado del que se conserva, en hermosa soledad, el que fuera su templo parroquial, trocado en santuario mariano de noble evocación.


El pueblo, está situado en plena Tierra de Campos, y aunque participa de las características generales de esta amplia comarca, posee matices propios que le diferencian y realzan. Se ubica en un vallejo ameno y resguardado, de fondos húmedos, por los cuales se desliza un modesto arroyo. La fecundidad de los suelos permite la existencia de frondosas alamedas, con las que el paisaje se dulcifica, escapando así de la desolación circundante. Varias son las carreteras por las que podemos acceder. Por todas ellas llegamos a un núcleo urbano bien cuidado, constituido por viviendas de buena planta en las que se aprecia un evidente bienestar.


La iglesia actual está consagrada a San Pedro. Es un edificio austero y grande, presidido por una potente torre cuadrada y con una cabecera que a su vez sobresale por encima de los amplios tejados de las naves.


Partiendo hacia el mediodía desde las proximidades de la iglesia, llegamos hasta la plazuela que se abre por delante del Convento de la Asunción. Allí hallaremos el principal monumento local, en el que se compendia en gran medida el esplendor y la pretérita grandeza del pueblo. Es este cenobio un amplísimo conjunto edificado, al que una minuciosa y bien dirigida restauración ha devuelto la prestancia originaria que fue menguando con el paso de los tiempos.

Desde la contigua plaza del ayuntamiento iniciamos el itinerario hacia el sur que nos llevará a la ermita de Velilla. Avanzamos por un amplio camino, polvoriento pero con buen firme. A mano diestra discurre el arroyo, llamado del Valle, poblado de cañas, quedando al otro flanco un cerro alargado sobre el que se alzan varios palomares, ruinosos casi todos, vecinos de algunos ascéticos almendros. A poco de salir de entre las casas, a orillas de la pista aparece la Piedra Redonda. Es un bloque cilíndrico, bastante erosionado, de poco más de medio metro de altura y que importa sobre todo por su enigma. Dicen que a su alrededor giraban las procesiones que venían de la antigua iglesia de San Félix, no muy lejana.

En una primera bifurcación optamos por el ramal de la izquierda y en otra más adelante por el de la derecha. Enfilamos ya directos hacia el santuario citado, el cual destaca por su volumen sobre el ovalado cerro en el que se ubica. Al ascender hasta sus muros nuestro campo de visión se engrandece. Desde arriba se otean, en amplio trecho, los despejados parajes circundantes. A lo lejos reconocemos el pueblo de Cerecinos de Campos, con la bulliciosa autovía que junto a él cruza. Hacia las demás direcciones las fincas sembradas de cereales, o tal vez en barbecho y rastrojeras, se suceden unas tras otras, con sus lindes geométricas bien definidas.


Atendiendo a la información de un cartel allí colocado, sabremos que el oratorio tiene sus orígenes en los lejanos siglos IX o X. A lo largo de los tiempos sufrió sucesivas reconstrucciones, de las cuales alguna debió de ser provocada por desastrosos incendios. Ahora contemplamos un edificio recio, de planta rectangular y muros reforzados por sólidos contrafuertes.


Tras la estancia en el lugar todo lo larga que deseemos, después de calmados desasosiegos e inquietudes por la profunda paz que allí se siente, llega el momento del regreso. Para no repetir del todo la ruta de venida, por entre las divisorias de las fincas inmediatas vamos a acudir hasta otro camino que pasa muy cerca hacia el oriente. Por él, por zona alta, podremos examinar con ventaja nuevos detalles sobre la planicie inferior, hasta descender al fin y empalmar a media distancia con la pista por la que acudimos.           

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