Se llama Buenas noches y Buenafuente, pero da igual, es el programa de Buenafuente, de Andreu Buenafuente, que ha vuelto en estado de Buenafuente, el mismo, y distinto. Está más flaco, se ha quitado barriga, se le ha puesto cara de perroflauta, pero sigue arropándose con su gente, con la que arma un organismo vivo y animoso. No está mal estrenar un programa en gallumbos y quedarse quieto en mitad del escenario como una parábola del país, en calzoncillos, y parado, como España.
A partir de ese momento se dio vida a un guión de cuarenta y pico páginas que funcionó como las grandes obras, con altos y bajos, pero con aliento de gran espectáculo. Lo digo rápido para quitarme el peso y destacar lo bueno, la entrevista en Londres a Ewan McGregor fue un sinsentido, un parche sin cuento, un parón, y además mal entrevistado, un minutado muerto.
El resto, más que aceptable, por momentos brillante. Lo fue la reunión de tres artistas de la cocina que cantan a la vida, Arzak, Adrià, y Arguiñano. Lo fue hasta el delirio de la excelencia la garrula y certeza encarnación de Berto Romero en una estrambótica Lady Gaga forrada de pollos asados dando pollazos por el escenario cantando que olía a choto, que no se lavaba, y que era una guarra. Lo fue la diatriba de las Vicario, con una formidable Silvia Abril. Lo fue la, quizá, fallida representación de La casa de Bernarda Alba, de resultados mediocres a pesar de contar con Javivi, Carlos Areces, o Eva Hache. Andreu, decía en su monólogo, quería volver a la tele porque “me cuesta no tener programa, aunque el PP no tenía programa, y no le ha ido tan mal”. Ah, anuncian encuentro con la escritora Ana Obregón la semana que viene. Qué mala leche.





