Una marea de colores llegó el sábado a Madrid procedente de todo el país. Era algo más que un puñado de excursionistas con banderas de protesta. De verde, la educación. De blanco, la sanidad. De naranja, los trabajos sociales. De negro, trabajadores públicos de diferentes sectores. Y así hasta completar el arcoíris de la frustración, el descontento y el enfado, miles y miles de enfadados contra la política de Mariano Rajoy, que parece no encontrar el momento de ponerle freno a su enloquecida escabechina contra todo lo que huela a público, justo lo que algún día tendremos que agradecerle, según palabras de Cospedal tiradas como gargajos al gentío.
Pero resulta que en el mismo Telediario, en el sumario iba una perla que chirriaba de cojones. Marcos López leyó los titulares y se oyeron las quejas de los manifestantes. La situación afecta a millones de personas. Hay quien apenas llega a fin de mes, quien no puede ni mediar la nevera, es decir, que la cosa está muy, muy enferma. Pero en el mismo sumario, la casualidad quiso que se vieran imágenes del mundo en que vive Leticia Ortiz, su marido Felipe de Borbón y sus pequeños soles, dos crías monísimas, rubias, sonrientes, despreocupadas, dos nenas que no tienen que llevar fiambrera al cole ni ser atendidas con miedo en los hospitales por si les pasan la factura, en fin, chorradas demagógicas que no vienen al caso porque de lo que se trataba era de celebrar el 40 cumpleaños de señora tan principal. Una serie de fotografías de la maestra Cristina García Rodero recoge esa vida afortunada. Se les ve en el jardín bajo frondosos árboles, descalzos en el cómodo sofá, con la mirada muy serena, sin crispaciones, como el que sabe que en su mundo feliz el futuro no les agobia.





