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'Verano de una familia de Tokio': desde Japón con ternura y humor

Pone sobre la mesa los problemas del clan de los Hirata y subraya el enfrentamiento que ello entraña
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Mantiene firme las constantes de la primera entrega, 'Maravillosa familia de Tokio' (2016), y es la lógica consecuencia del impresionante éxito de público que tuvo en Japón, donde batió récords de taquilla. La clave fue que supo conectar de lleno con el espectador en base a una fórmula de comedia familiar ingeniosa y divertida, sin que ello frustrase el deseo de hacer una película ligada a la realidad cotidiana nipona.

Un logro que hay que atribuir de modo casi exclusivo a un cineasta como Yoji Yamada, un veterano que debutó en 1964, que sigue en plena actividad y que ha demostrado que, además de soberbios dramas históricos ('La casa del tejado rojo', 'The hidden Blade', 'El ocaso del samurái' y 'El catador de venenos'), puede elaborar comedias aparentemente intrascendentes que, sin embargo, se convierten en verdaderas joyas sobre la sociedad japonesa.

La respuesta popular fue de tal calibre que, apenas cuatro meses después de que la primera parte llegase a los cines, Yamada ya tenía el visto bueno para iniciar la segunda. Y pocas veces se hacía con tanta fidelidad al original, reuniendo a los mismos actores y manteniendo el mismo espíritu. El esquema consiste en poner sobre la mesa los problemas más comunes del clan de los Hirata, subrayando el enfrentamiento que ello entraña.

Lo interesante es que se reúne a miembros de tres generaciones que ofrecen una visión más completa y jugosa del asunto. Así, una cuestión como la conveniencia de que el patriarca, Shuzo, renuncie a su carnet de conducir, tras sufrir varias y sucesivas abolladuras en su coche, motiva una crisis que pone de manifiesto la tozudez del abuelo y su determinación de que nadie pondrá en duda su autoridad.

Otro filón que saca a relucir y que no deja de asombrar a la familia es el de la decisión inusitada de Shoju de no acompañar a su esposa Tomiko a los países nórdicos para contemplar las auroras boreales, rompiendo así una tradición sin excepciones de viajar siempre juntos. Y finalmente, aunque ésta sea la menos inspirada, el reencuentro de Shozu con un antiguo compañero de estudios que sufrirá un inesperado percance de proporciones notables. Asuntos, en suma, de aquí y ahora en Japón, que se revisten de encanto y de un contagioso sentido del humor.

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