Rutas y excursiones

En búsqueda del río Tera desde Navianos de Valverde

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Navianos de Valverde - Zamora

Una densa red de acequias y canales irriga el fértil término que destina sus tierras al regadío y a las choperas

Una densa red de acequias y canales irriga el fértil término de Navianos de Valverde. Con ello sus espacios están aprovechados en gran medida para la agricultura de regadío, destinando cierta parte a densas y rígidas choperas. Dada esa explotación agraria, tales terrenos apenas conservan algún rasgo de su disposición natural, pues sólo una apartada y discontinua periferia mantiene algunos de los encinares originarios. No obstante, al deambular por cualquiera de los pagos locales podremos gozar de parajes amables y placenteros, verdes de continuo.

De todas las rutas posibles, elegimos una que nos va a conducir hacia las riberas del río Tera, cauce fluvial origen de tanta fecundidad. Tomamos para ello la calle que sube a la cercana ermita de la Virgen del Carmen. Ascendemos así por una breve aunque empinada cuesta, dejando atrás las últimas casas. Arriba, a la izquierda, en el centro de una cuidada pradera, se sitúa el propio santuario mariano, recinto en el que se celebran diversas romerías, de la cuales la más importante y masiva tiene lugar el tercer domingo de septiembre. Un graderío, existente frente a su cabecera, fue ideado para favorecer la colocación de los fieles. A su vez, junto al costado del norte se adosa el cementerio municipal.

Al parecer, el origen de ese centro de cultos tuvo lugar en el siglo XVIII. Se sabe que don Santiago Ferrero Prieto, cura párroco en aquellos tiempos, fundó en 1711 la cofradía carmelitana, asociación que enseguida consiguió una gran pujanza. Pocos años después hubo de construirse la citada ermita, mejorada a partir de entonces en varias ocasiones. Centrando la atención en el propio edificio, veremos que posee generosas dimensiones pero modesto empaque monumental. De su exterior, destacan los pórticos, uno protegiendo la entrada principal del oeste y el otro, formado por recios pies de granito, extendido todo a lo largo de la fachada del mediodía. Sobresaliendo por encima de los tejados, la espadaña, de un solo vano, se corona con un frontón y tres clásicas bolas. Ya en el interior, todo el interés se concentra sobre la imagen venerada. Es una magnífica escultura barroca, de considerable tamaño, un tanto peculiar. Muestra a la Reina de los Cielos caracterizada con los hábitos y escapularios propios de esa advocación. Su seña más singular y propia es que se inclina llamativamente hacia la derecha, como si lo hiciera en un gesto decidido de tender la mano a los devotos que claman y se postran a sus pies.

Aprovechando el emplazamiento dominante, desde el reborde de esta mesetilla disponemos de magníficas panorámicas sobre el pueblo y su entorno. El casco urbano reposa sin agobios en uno de los laterales del valle drenado por el río Castrón. Allí, la iglesia asoma con energía, diferenciándose además, por el azul de sus techumbres de pizarra, del dominio casi absoluto de rojos tejados, presentes en el resto de los inmuebles. Aunque duele marcharse de aquí, pues resulta sumamente placentero descansar a la sombra de los numerosos árboles que animan la campa, hemos de continuar con la marcha. Para ello proseguimos por la misma pista por donde vinimos. Atravesamos enseguida uno de los principales canales, para bajar a continuación tres sucesivas rampas, separadas entre sí por angostas planicies. Ese múltiple descenso nos deja al fin en la propia vega fluvial. Casi todas las parcelas contiguas aparecen sembradas de maíz, hallando a su vez una extensa plantación de frutales, manzanos sobre todo. A finales de la primavera, además de las habituales amapolas, en las lindes y arcenes de la pista hallamos esplendidas varas floridas de gordolobo y las umbelas esféricas de las cañalejas, tan frecuentadas por variados insectos.

En el tramo ya superado hemos dejado atrás cruces y empalmes diversos, pero en todos ellos marchamos de frente. Mas, el camino que llevamos concluye en otro transversal, designado como de la Barca, el cual enlazaba el vecino pueblo de Aguilar con la antigua embarcación que existía en Mózar, sustituida por el transitado puente actual. Allá hemos de elegir el ramal de la derecha. Estamos ya próximos al río, pero su lecho queda oculto por detrás de los sotos fluviales. Esa masa forestal está formada por chopos y alisos fundamentalmente, pero a ellos se le añaden sauces, fresnos, saúcos e incluso algunas encinas. El sotobosque también se muestra pujante, con junqueras, zarzas, escaramujos y ásperos hierbajos. Por ello llegar hasta el borde de las aguas resulta tarea laboriosa, pues hay que abrirse paso entre la maleza, a menudo lacerante. Dada la espesura vegetal, una visión completa del cauce es casi imposible. El río pasa por aquí sereno y poderoso. Apenas se aprecia el flujo de sus corrientes, cual si todo fuera un manso y silencioso piélago. Asoman grupos flotantes de plantas acuáticas, entre las que destacan los nenúfares, con sus llamativas flores blancas. Domina la calma, pero flota en el aire cierta inquietud, como si sintiéramos la amenaza de peligros imprevistos. Avanzando aguas abajo alcanzamos los solares que antaño formaron parte de una gravera. Tal explotación dejó de aprovecharse hace varios años, pero aún perduran muros de hormigón de las tolvas y restos de otros edificios, además de montones de escombros. Aunque la naturaleza ya ha iniciado su obstinado proceso de recuperación, todavía se perciben bien evidentes las heridas ocasionadas. Prosperan al lado extensas choperas, caracterizadas por mostrar los troncos altos y rectos, todos iguales, tiránicamente alineados. Hemos de saber que, más hacia el sur, a orillas de una vieja curva de la carretera, ahora rectificada, resiste el llamado chopo del Quiñón. Este árbol es, dentro de los de su especie, uno de los más grandiosos y admirables entre todos los que conocemos. No llegamos nosotros hasta su base, pues para evitar el tener que transitar esquivando el tráfico, nos desviamos hacia la derecha por la primera pista que topamos. Contigua a ella quedan tres casetas dispersas, que también yacen en ruinas. Cruzamos ahora por la mejor zona de la vega. Llegamos hasta el empalme con la carretera, pero justo allí volvemos a desviarnos para deambular con sosiego entre los sembrados más fecundos. Vamos a trazar una especie de doble zigzag. Al fin seguimos por una senda a media cuesta que va a dar al canal principal de la zona. Proyectaron para esa vía acuática un llamativo plano inclinado por donde las corrientes se precipitan desbocadas, además de batirse en un par de caí- das libres. A pesar de su artificialidad, el flujo impetuoso de las aguas produce pintorescas estampas, con continuos y variados destellos. Se genera así una especie de vértigo que a la vez embelesa y obsesiona. Con la innata tenacidad que les caracteriza, los sauces y los juncos se asoman al lecho, bebiendo de las gotas que salpican, en un intento por colonizar la sólida caja de hormigón que forma el cauce.

Debido a la carencia de un oportuno puente, nos vemos obligados a bajar hasta el ramal de la carretera, justo a la entrada del propio pueblo. Bien a la vista quedan dos enormes naves o almacenes. Dentro ya del casco urbano, comprobaremos que prácticamente todas las viviendas han sido profundamente reformadas o construidas de nueva planta. Se aprecia así una modernidad positiva y un bienestar evidente. La llamada calle del Medio actúa de eje principal. En esa travesía se sitúa la casa consistorial, abierta a un ensanchamiento que hace las veces de plaza mayor. Es un edificio de nueva hechura, noble y bien resuelto. Dispone de un profundo portal en su planta baja y amplios balcones en la alta, exhibiendo por encima el habitual reloj público. Sobre la cumbre del tejado emerge un pintoresco castillete de hierro forjado del que cuelga una pequeña campana. Justo de frente se alza la iglesia, templo recio y austero, de altos muros, que ya divisamos en las panorá- micas contempladas desde el entorno de la ermita. Sobre su fachada de poniente se eleva el campanario, espadaña de tres vanos con las escaleras cobijadas dentro de una especie de torrecilla cilíndrica. Posee dos portadas. La septentrional dotada de un original arco doblado, enmarcado por pilastras lisas sobre las que se marca una clásica imposta. Mucho más atractiva es la otra entrada, la del mediodía. Lo es ya el propio alpende bajo el que se cobija, dotado de esbeltas columnas jónicas, apoyadas en robusto podio y con salientes volutas en sus capiteles. Como techumbre dispone de una armadura octogonal sumamente pintoresca, cuyos travesa- ños leñosos se animan con sogueados. El propio vano de la puerta está formado por dovelas largas y estrechas en las que se juega con dos colores. Se alternan así piezas obtenidas de una piedra rojiza con otras entre grisáceas y amarillentas.

Al acceder al interior apreciaremos una sobria y solemne monumentalidad. La estructura es muy simple, pues dispone de una sola nave con crucero y cabecera rectangular. Los muros preséntanse lisos, dotados de amplias ventanas que permiten una eficaz iluminación. A su vez las bóvedas son de aristas, excepto la cúpula tendida a modo de dosel en la intersección del crucero. Solamente las pilastras y los arcos fajones muestran la piedra a la vista, quedando lo demás enjalbegado. Sin embargo lo que más llama la atención es el desamparo artístico. No existen retablos y las imá- genes son escasas. Pero no fue así en el pasado. Históricamente contó con un hermoso retablo mayor renacentista que actualmente se conserva en el Museo de los Caminos de Astorga, en el salón del Trono del Palacio de Gaudí, bien es verdad que cuando nosotros lo admiramos se mostraba partido en dos mitades. Está formado por espléndidas escenas pintadas, atribuidas a Berruguete, aunque probablemente de la escuela toresana. También emigraron allá diversas esculturas, entre ellas una de Santiago, muy antigua, que procedía de una ermita que existió en Malucanes. Aliviando parcialmente tamaña desnudez, sobre el altar se muestra un hermoso y estilizado Calvario, colgado directamente del muro. Lo forman las tres habituales efigies, talladas en madera: Cristo en la cruz, su madre y el discí- pulo amado. Fueron diseñadas en un estilo moderno y expresivo, que no rompe ni distorsiona en exceso con la figuración tradicional. Su autor fue el famoso escultor José Luis Alonso Coomonte, que nos dejó aquí.

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