Rutas y excursiones

Más allá de la ermita de Santa Olaya en Gamones

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Gamones - Zamora

Varias e interesantes son la rutas que pueden seguirse por las tierras de este hermoso pueblo de Gamones.

Distancia desde Zamora: 46 km


Longitud total del trayecto: 5 km

Tiempo aproximado:  1 hora 30 minutos

Dificultad: baja (un tramo campo a través por una pradera)

Detalles de interés: arquitectura tradicional, monumentos religiosos, vistas panorámicas, sotos frondosos, árboles destacados, fuentes antiguas.

 

Una de las más pintorescas rutas en Gamones es la marcada junto a las orillas del arroyo de Retuerta, que es el principal curso acuático local. Rivera abajo, se suceden, unos tras otros, diversos molinos y un par de puentes, ejemplos casi perfectos de la arquitectura tradicional de la comarca. Mas, para gozar de toda su hermosura conviene esperar a las épocas lluviosas, inviernos húmedos y tempranas primaveras. Es, por entonces, cuando las aguas se deslizan presurosas, saltando por las distintas presas o remansándose enigmáticas en los oscuros cadozos. Además, los sotos y pastizales inmediatos, tan grises y quietos de común, adquieren tras las lluvias una singular pujanza, un vigor y una especie de algazara inigualables.


En espera de esos tiempos propicios, nos decidimos ahora por otro de los itinerarios posibles, en este caso muy diferente, pero en ningún momento desprovisto de interés. Hollaremos así los caminos que ascienden a las zonas altas del término, teniendo como atractivo principal la visita a la preciosa ermita de Santa Eulalia, llamada de Santa Olaya en el común decir de la localidad.
Buscamos como punto de partida el propio atrio de la iglesia, que viene a ser el enclave más céntrico de la localidad. Existe allí una pequeña zona ajardinada, presidida por un crucero de granito. A nuestros tiempos esta obra llegó rota, habiéndose reparado no hace mucho. En la restauración han colocado un signo cristiano nuevo sobre el pedestal primitivo anterior. Esa basa antigua muestra ciertos detalles ornamentales de interés, dibujos geométricos sencillos pero efectivos. Concentrando ahora la atención en el templo inmediato, contemplaremos un edificio de planta extensa, pero de escasa altura. De su estructura exterior destaca el campanario, espadaña modesta, de tres ventanales, cuya superficie libre se ha ampliado lateralmente para acondicionarla como trinquete o juego de pelota, con formas muy comunes en Sayago. El camerino abalconado de la fachada oriental es la otra pieza que destaca. Dispone de tres grandes ventanales y una peculiar cubierta prismática, todo realizado con piedra bien cincelada. Deteniéndonos ahora ante la portada, la hallamos al resguardo de un pórtico acogedor. Se forma con dovelas enormes que originan un sólido arco de medio punto. Por encima de la clave existe un pequeño y elemental nicho cerrado con fuerte reja. En él se cobija una venerable imagen de la Virgen, bastante dañada por el paso del tiempo y la acción de la intemperie. Es talla de formas románicas, realizada posiblemente en el siglo XIII. Muestra a la Reina de los Cielos sedente, sujetando con orgullo a su divino Hijo, apoyado sobre su rodilla izquierda. La policromía originaria ha desaparecido y también se han perdido las manos, acaso mutiladas  para poder agregar vestidos de tela, tan en boga hasta hace escasos años. A pesar de esos y otros deterioros, resulta ser una pieza notable y emotiva, que precisa y merece su restauración. En la parte baja, a ambos lados de la citada entrada, existen recios poyos de piedra, asientos elementales que hacen más llevaderas las esperas ante los cultos.


Iniciamos ya el recorrido. Los primeros pasos sirven para cruzar la carretera inmediata y dejar a un lado el remozado edificio municipal. En un huerto contiguo veremos un pequeño grupo de arizónicas, árboles extraños a la flora local, pero que han arraigado con inusitada pujanza, destacando ahora por su esbeltez. Seguimos desde allí por la denominada calle de la Iglesia. Tras un recodo surgen hacia la izquierda dos ramales sucesivos. Es por el segundo por donde hemos de continuar, a pesar de presentarse como travesía secundaria y carecer de firme de cemento. Trazaremos una amplia curva entre huertos diminutos, poblados de árboles diversos entre los que descuellan unos pocos frutales.

Llegamos enseguida a un nuevo barrio, uno más de los varios que forman el tan disperso casco urbano local. Resisten por allí ciertas viviendas tradicionales, en las que destacan, sobre todo, las portaladas de acceso a los corrales. Grabada sobre uno de los enormes dinteles, leemos la fecha de 1905, junto al nombre de su dueño o promotor, escrito con letra imperfecta y desigual. Seguimos de frente tras atravesar otra de las calles cementadas. La evidente insignificancia de la pista se alivia pronto, en un empalme, donde torna a ser vía más transitada. Estamos ya fuera de la población, en el medio de un espacio de fincas, las típicas cortinas limitadas por paredes, dentro de las cuales prosperan viejas encinas que impiden cualquier perspectiva paisajística en un corto trecho.

Muchos de estos árboles, de troncos retorcidos y copas enormes han de ser ya centenarios.


Cuando la espesura vegetal se aclara aparece ante nosotros una cuesta, sobre cuya cumbre se muestra, altiva, la ermita de Santa Olaya. Cercenando el desnivel, a modo de graderío desmesurado, se van sucediendo pequeñas viñas, escalonadas unas tras otras. Las paredes con las que se protegen vienen simular peldaños sucesivos, en los que la fronda de los pámpanos evoca el esplendor de una mullida alfombra verde . El camino asciende oblicuo hacia el venerable santuario. Antes de llegar a su puerta, en el espacio libre circundante, se alza un atractivo crucero. Está formado por una basa ruda e imperfecta sobre la que se yergue una  más elaborada cruz, con los brazos acanalados cincelados con esmero.


El edificio religioso, a pesar de su modestia, exhibe una armonía absoluta, tanto en sus forma como en la adaptación al entorno en el que se ubica. Ante la entrada se abre un íntimo soportal, con rústicos asientos adosados a los muros. Así, orientado hacia el tibio sol del atardecer, el recinto viene a ser la meta de paseos relajantes o el refugio de los pastores que cuidan sus rebaños por la zona. La puerta dispone de un arco de medio punto, creado con sillares bien cincelados, al igual que el muro en el que se abre, en vivo contraste con la mampostería más elemental de todo lo demás. Por encima del tejadillo de ese portal, la fachada luce un minucioso enjalbegado, con el cual el monumento se hace visible desde bien lejos. Como remate, la espadaña posee un vano del que cuelga la campana y otro arco menor donde se ha recolocado una estatua pétrea de la santa, que en principio debió de hallarse en un pequeño nicho inferior, el mismo ocupado ahora por un brillante bloque de cuarzo. Esa escultura, antigua, dañada por la intemperie, está tallada en piedra más clara y fina. Ha perdido la mano derecha, pero con la otra sujeta un libro abierto. Cornisas bien escuadradas, pirámides esquineras y una delgada cruz de hierro completan y engalanan la estructura. Arriba del todo, en la piedra cumbrera, se aprecia una especie de óvalo, con signos que no somos capaces de descifrar debido al desgaste y la gruesa capa de líquenes que los recubre. Pudieran señalar la fecha de su construcción o algún acrónimo religioso. Dando la vuelta al edificio, apreciaremos una noble tosquedad y también sus considerables dimensiones. Todo se hizo con una cantería de piezas irregulares, reservando los bloques más gruesos, parcialmente escuadrados, para los contrafuertes y las esquinas. Las dos pequeñas ventanas existentes han de proporcionar una escasa iluminación interna. En una piedra de la fachada septentrional está marcado el año 1674. Ha de señalar el momento de la fundación, o al menos el de la obra que contemplamos, pues sus formas se ajustan al estilo de esa época. Aquí se veneró secularmente a la santa mártir  de Mérida, aquella jovenzuela cuya valentía ante el suplicio admiró a las gentes de todos los tiempos. Su fiesta es el 10 de diciembre, pero en ese día ya no se sube hasta aquí. Se acude en las rogativas de San Marcos, el 25 de abril, puesto que desde los alrededores es posible bendecir todos los campos del término, dado el extenso dominio visual que se permite. En esa fecha el pueblo tenía el privilegio de celebrar una feria.
Continuamos nuestro trayecto por el camino que se prolonga a oriente de la ermita. Avanzamos entre las cercas de nuevas viñas, apreciando el paisaje circundante. A mano izquierda quedan los extensos espacios del valle de la Estercada y tras él el pueblo de Torregamones. A lo lejos, hacia occidente, se divisan amplios territorios de Portugal, con el Teso Forcao como referencia inconfundible. Cuando finalizan las paredes accedemos a espacios libres que se suelen sembrar de centeno en años alternos. Torcemos por el ramal de la derecha, para volver a virar un poco más abajo hacia la otra mano. Seguimos ahora un largo trecho por el medio del monte, para desembocar más adelante en una holgada pradera. Podríamos continuar más y más en esa dirección, hasta llegar al Teso de la Cabeza y alcanzar la raya con Moralina, pero decidimos iniciar la vuelta desandando un gran trecho a través de esa dilatada zona de pastizales.
Abajo, hallamos una modesta laguna alimentada por los sobrantes de una fuente inmediata. El manantial, de aguas blanquecinas que dejan de fluir en los veranos, se protege con gruesos y redondeados piedrones. A su alrededor prospera un cerco discontinuo de junqueras. En una de las fincas adyacentes hallamos un rebaño de borricos autóctonos, animales de noble planta, bien cuidados, pertenecientes a alguna ganadería local.


Aprovechamos desde aquí un ancho camino, y tras cruzar un arroyuelo por una sólida alcantarilla creada con grandes lastras, accedemos a los bordes de una frondosa alameda. Beneficiados por la humedad, prosperan por allí chopos, álamos y fresnos, y algo más adelante un corto grupo de robles, pujantes y esbeltos. A la otra mano siguen numerosas encinas, viejas y gruesas, de inmutable recidumbre. Cuando alcanzamos espacios más despejados sentimos ya la cercanía del pueblo. El camino se bifurca varias veces pero, ante la incertidumbre, no tenemos por qué dudar. Cualquier ramal que elijamos acude hacia el casco urbano, eso sí a barrios diferentes. Una vez entre las casas hemos de buscar la calle que lleve hacia la carretera o hacia la iglesia. En esa ruta quizás topemos con la Fuente Vieja. Su depósito queda protegido por piedras muy desgastadas, que ponen en evidencia la venerable antigüedad que ya anuncia su nombre.

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