Rutas y excursiones

Desde Coomonte al Puente de la Vizana

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Coomonte - Zamora

Distancia desde Zamora: 89 km.  Longitud total del trayecto: 7 km. Tiempo aproximado: 2 horas. Dificultad: Baja (sendas amenas)

 

Históricamente, desde la Edad Media, Coomonte fue una de las aldeas anejas a la villa de Alija del Infantado. Solo en el siglo XIX, con la creación los modernos ayuntamientos, consiguió su independencia. A su vez, con la institución de las actuales demarcaciones, la citada Alija se agregó a la provincia de León, quedando Coomonte definitivamente en la de Zamora.

    

    Hemos de pensar así que acudimos a uno de los extremos de nuestras tierras, en este caso al situado en el reborde septentrional. Para llegar desde Benavente o desde la propia capital zamorana, el itinerario más cómodo es seguir la carretera general de La Coruña y desviarnos por la izquierda en Pobladura del Valle. A partir de esta localidad continuaremos por una carreterilla secundaria que pasa primero por Maire de Castroponce. En su último tramo, desde el puente sobre el río, la calzada, en una larga recta final, está custodiada por hileras de castaños de indias. Se forma así una especie de dosel vegetal sumamente grato, un atractivo bulevar muy apropiado para el paseo, sólo obstaculizado por las molestias del tráfico.

    

    El primer edificio del pueblo con el que topamos es la solitaria ermita de San Marcos o del Santo Cristo. Es un santuario de amplias dimensiones, construido con áspera mampostería. Consta de una larga nave rectangular y cabecera cuadrada más sólida y alta. Arriba campea una espadañuela de un solo vano, de la que cuelga una pequeña campana. Si miramos a través de vano limosnero de la puerta, tras adaptar la vista a la oscuridad, nos sorprenderá su cuidado interior. Los muros aparecen minuciosamente encalados y su blancura contrasta con la parda techumbre de madera, formada por vigas sin labrar. Bien pronto la atención se concentra sobre el retablo, el cual muestra formas barrocas. Sirve de trono a la imagen titular, que representa al Salvador clavado en la cruz. Tal figura, tras ser trasladada a la parroquia, protagoniza los singulares ritos y procesiones de la Semana Santa local. Cuando se acude a buscarla es costumbre pujar en subasta por el honor de transportarla, consiguiendo ese privilegio la persona que ofrezca más dinero.

    

    El retablo mayor de la iglesia de CoomontePero no solo se venera aquí al Santo Cristo. Las gentes llegan jubilosas a finales del mes de abril para festejar a san Marcos. Ruegan al santo por el regalo de lluvias copiosas y la consecución de cosechas abundantes. Una leyenda relata que la imagen del evangelista se apareció milagrosamente flotando en las aguas del río inmediato. Tras ser divisada, la rescataron y pusieron al culto en el oratorio ya existente. Sin duda, agradecido por esa hospitalidad, el santo siempre ha escuchado las plegarias de sus devotos.

    

    Contrastando con esa idea de hallazgo prodigioso, las gentes del vecino pueblo de Arrabalde aseguran que la escultura les pertenece. Agregan que se hallaba en la ermita que se ubicaba en lo alto de la sierra de Carpurias, dentro del recinto del Castro de las Labradas. Allí acompañaba a san Cristóbal, que era el titular de la capilla. En la invasión napoleónica, alguno de los soldados arrebató la figura y al pasar por el Puente de la Vizana la arrojó al Órbigo. Las corrientes hicieron lo demás, la arrastraron y flotando llegó a Coomonte, donde quedó varada entre los cañaverales y pudieron recuperarla.

    

    El casco urbano local se asienta en la base y en las laderas de un cerro rocoso llamado La Cuesta. Está formado casi por entero por viviendas de nueva construcción, sustitutas de las tradicionales de tapial, tan precarias, de las cuales pocas son las que perduran. La localidad resulta atractiva y acogedora, distribuida en calles sinuosas que forman una malla irregular. Subida en una posición prominente, la iglesia muestra un rudo aspecto externo. Exhibe como señuelo una gruesa espadaña de tres vanos y cumbre aguda. Todo el edificio se construyó con una mampostería cuarcítica de estética difícil. Mas, al igual que en la ermita, el encanto se reserva para el interior. Hallaremos un recinto bien acondicionado, presidido por un retablo mayor de estilo rococó. Tal pieza posee estructura cóncava, muy movida, dotada de gran riqueza ornamental. En la hornacina del medio se entroniza el santo patrón, san Juan Bautista, y desde arriba del todo Dios Padre imparte su bendición universal. A modo de excelso dosel, el presbiterio está techado por una magnífica cúpula. La decoran diversas pinturas, centradas en la pechinas y en pequeños medallones internos.

    

    En el cerrado atrio circundante, un jardín que antaño hubo de aprovecharse como cementerio, se yergue una magnífica cruz de piedra, fechada en 1716. Posee brazos abalaustrados, tallados con esmero y queda apoyada en un cerco de escalones decrecientes.

    

    Entre la arquitectura civil local destacan las bodegas. Se excavaron en la base del cerro contiguo, donde forman una larga hilera. La repetición casi mimética de sus fachadas consigue generar un pintoresco conjunto.

    

    Conocidos ya los principales atractivos del casco urbano, nos disponemos a iniciar el recorrido que nos llevará hasta el famoso puente de la Vizana. Partiremos en primer lugar hacia la ya conocida ermita del Santo Cristo. Desde ella, atravesaremos por un puente el contiguo canal de hormigón y el caño del Pozo, quizás antiguo brazo abandonado del río. Pasamos directamente a la vega, encontrándonos enseguida con una bifurcación en la que hemos de tomar el ramal de la izquierda. Avanzamos ya por el medio de tierras fértiles hasta llegar a las inmediatas choperas. Siguiendo siempre de frente bordearemos una de ellas para alcanzar el curso activo del Órbigo. Junto a sus riberas, en sentido contrario al de la corriente, accederemos a la base de un modesto cerro rocoso de cumbre plana. Si ascendemos hasta su cima, descubriremos numerosos fragmentos de cerámica dispersos por el suelo. En algún retazo de sus solares parecen haberse realizado excavaciones arqueológicas, pero el terreno ha sido invadido de nuevo por la hierba. Sobre este enclave, que sin duda estuvo habitado en el pasado, pudo situarse uno de esos conventos que dicen existieron en las proximidades. El lugar resulta estratégico, ya que se halla contiguo al río y rodeado de espacios fecundos, pero a salvo de las frecuentes inundaciones que suelen anegar la planicie inferior.

    

    Continuamos por la rodera aneja a las márgenes fluviales. El cauce está escoltado por sotos formados sobre todo por alisos, chopos y sauces. En gran trecho las aguas se muestran profundas, oscuras y quietas, permitiendo reflejos especulares. Atravesamos un arroyo por otro oportuno puente. Aquí o poco más adelante ha de acabar el término de Coomonte para empezar las tierras de León, a las que pasamos. El río hace ahora de límite entre ambas provincias. Dejamos atrás un cuadrado cerrado por muros de hormigón. A su orilla se vierten los desagües de Alija, cuyo efecto negativo es disimulado por la densa masa vegetal.

    

    Tras caminar a la sombra de vigorosas choperas, avistamos al fin el famoso Puente de la Vizana. Antes de llegar hasta él, nos detenemos en la presa que sirve para regular y derivar las corrientes fluviales hacia uno de los principales canales del riego. Es una barrera sólida, creada básicamente con gruesas piedras calzadas entre sí a modo de cuñas. Las aguas que rebosan saltan rumorosas, produciendo un delicioso murmullo. A su vez motean el cauce con chispeantes y efímeras espumas. A un lado queda una finca cerrada con setos de coníferas, pantalla verde que protege espacios recogidos muy aptos para el descanso veraniego.

    

    Río ÓrbigoCentrando ahora la atención en el propio puente, hemos de saber que este paso tuvo notable importancia en épocas pasadas. Sus orígenes probablemente fueron romanos, pues se sospecha que por él atravesó la calzada que desde Astorga se bifurcaba después en un ramal hacia Zaragoza y otro hacia Mérida. Más tarde fue aprovechado para la importante Cañada Real que de él tomó nombre, itinerario ganadero entre las montañas de León y las dehesas de Extremadura. También sirvió al camino de postas entre Madrid y Galicia. Por ello sufrió arreglos y reformas durante toda su historia, quedando constancia de obras en los siglos XII, XVI y XVII. No extraña que durante la Guerra de la Independencia se dieran aquí destacados hechos de armas. Un letrero oportuno nos informa que en julio de 1808 el general inglés Joaquin Blake y Joyes estableció su cuartel general en Alija. Con ello el puente fue un punto estratégico decisivo, organizándose una línea de resistencia ante el avance del ejército francés. Pocas semanas después, Napoleón en persona llegó hasta este enclave para dirigir las operaciones bélicas. Los ingleses, incapaces de soportar el ataque, inician en diciembre la retirada, liderados por el general sir Jhon Moore. Para obstaculizar lo más posible la persecución, cañonearon el puente, derribando el arco central e incendiaron Alija. Pese a todo el avance francés fue arrollador, conquistando la dañada Alija e instalando en ella su puesto de mando. Napoleón regresó desde aquí a Francia, dejando el poder al Mariscal Ney.

    

    Más de un siglo estuvo interrumpido el paso, desviándose el tránsito por Cebrones y provocando la decadencia de la comarca. Se restauró entre los años 1917 y 1918. A la orilla permanece en pie la antigua venta que atendió a los transeúntes. Ahora, para proteger el monumento se ha construido un puente nuevo a la orilla, aguas arriba. Hemos de saber que las tierras zamoranas, las propias del término de Coomonte, llegan hasta las mismas pilas, pero la obra en sí es toda ella leonesa. Está formada por cuatro arcos de medio punto, de los cuales el central fue rehecho con hormigón. Se siente el peso y la emoción de la historia. La evocación de aquellos hechos bélicos surge nítida y queda una especie de turbación, coraje y añoranza.

    

    Llega el momento del retorno. Volvemos por la misma senda hasta que en un primer empalme nos desviamos hacia la derecha para no repetir el itinerario. Por la orilla de un canal y rodeados de las fecundas parcelas de la vega, regresamos al punto de partida. El camino cruza en su fin entre las viejas huertas limitadas por tapias de barro y piedra.


 

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